La culpa es del campo

Por Mariano Grondona

Los pagos de Areco acaban de padecer dos episodios fulminantes. El primero fue la lluvia más copiosa de la que se tenga memoria. El segundo, igualmente rápido, casi instantáneo, fue la reacción del Gobierno al echarle la culpa a los productores rurales por la tragedia. Quien lanzó de inmediato esta acusación fue el gobernador Scioli.

La idea original, ¿habrá sido de él? Cabe la duda no sólo porque Scioli no acostumbra a embestir frontalmente al campo -ni a nadie- sino también porque él mismo se ocupó de acompañar casi enseguida sus dichos iniciales con otros más moderados. Atacar duramente y cuanto antes a quienes considera sus enemigos, ¿no es acaso la marca de fábrica de Néstor Kirchner? ¿Habrá sido él entonces quien le ordenó a Scioli culpar a los productores por la presunta construcción de los canales clandestinos que, en su opinión, habrían precipitado a la ciudad de Areco y a los campos vecinos en una de las inundaciones más vertiginosas que hayamos conocido? Al proferir esta acusación, ¿no habrá sido el propio Kirchner quien hablaba por boca de Scioli?

Las agresiones contra aquellos a quienes considera sus enemigos, ya sean el campo o los militares, la "derecha" o Clarín, no son en Kirchner, por otra parte, sólo los signos recurrentes de un carácter irascible sino que expresan, además, cierta concepción de la política. ¿Cómo podríamos describirla? ¿Diciendo quizá que, desde el ángulo de mira de quien se ve a sí mismo como un mesías, todos los que se le oponen adquieren inevitablemente el rasgo ominoso de "destituyentes", de conspiradores contra el bien común? Si ésta es la concepción que ha invadido su mente, no podría asombrarnos que, a la menor dificultad que encuentre en su atribulado camino, Kirchner dispare automáticamente los dardos de su encono.

Para cualquier mente objetiva, el súbito drama de Areco manifiesta un proceso complejo al que habrían concurrido varios factores: primero, la ingobernable Naturaleza; segundo, la larga inacción de las autoridades por no haber limpiado preventivamente el río Areco de los innumerables troncos, ramas y desperdicios que desde hace rato perturban su curso; tercero, que el gran río Paraná, a su vez colmado, ya no acepta que afluentes menores como los ríos Areco y Arrecifes viertan en él sus aguas y, cuarto, quizás, la irresponsabilidad de algunos productores que habrían construido hace unos años, por su cuenta, canales no autorizados. Pero lo que más importa en este caso es estudiar seriamente la situación para configurar un plan integral en auxilio de los afectados, para que el desastre no se repita. Lo más seguro en este caso habría sido estudiar antes de dictaminar lo que pasó y lo que aún podría pasar, sin atribuir de entrada culpas científicamente apresuradas y políticamente sospechadas. Seguir esta línea de acción, pausada y racional, no se ajusta empero a la monótona obsesión del ex presidente.

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