La culpa es de Agulla

Por Pablo Alabarces.

El tema crucial de estas semanas es la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o, mejor aún, la hojarasca montada en su derredor.

Que Martín Caparrós publique sus contratapas los viernes y yo los lunes siempre me expone al riesgo de que me anticipe; porque solemos tener más coincidencias que disidencias, lo que nos lleva –a veces, tampoco es tan sistemático como para preocuparse– a que nos interesen cosas similares, cuando algún tema se presenta como excluyente o como muy sugestivo. En realidad, sospecho que el tema crucial de estas semanas es la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o, mejor aún, la hojarasca montada en su derredor. Los debates siguen, como todo en los últimos años argentinos, mediocres y encrespados, vacíos y sobreactuados: el editorial de Clarín el día que se envió el proyecto, las declaraciones llanamente golpistas de Daniel Vila, las renuencias del oficialismo a aceptar siquiera una sugerencia. (Si yo fuera kirchnerista, armaría una autoridad de aplicación sobreactuadamente independiente y hasta opositora: no sé, lo nombraría a Aguinis, que ya es jubilado del Estado. Pero estas gestualidades, básicamente democráticas, no se le ocurren a ninguno de nuestros políticos). Lo cierto es que me falta estudio de la ley como para poder opinar: prometo volver sobre ella en quince días.

Entonces, venía paladeando una columna maradonológica desde el sábado contra Brasil, reforzada por la catástrofe en Asunción. Martín se anticipa, pero con otro alcance: porque se da cuenta, con sutileza, de que las reverberaciones de los partidos permiten discutir los avatares de la patria –sin exagerar, claro, porque esa relación del fútbol con el nacionalismo es, a esta altura de la suaré, pura burbuja mediática y publicitaria. Entonces, me deja un resquicio donde zambullirme, donde proponer esta columna. Para mí, la culpa no la tienen Maradona, ni Verón, ni Messi, ni Heinze: aunque Maradona sea un inútil, Verón un irresponsable, Messi un pecho frío y Heinze un patotero.

Para mí, la culpa la tiene Ramiro Agulla, que en el primero de sus célebres anuncios futboleros y mundialistas para la cerveza Quilmes, en 1998, afirmó que "el fútbol no se piensa: se siente". Podría seguir en esta dirección: pensar cabuleramente que, desde que Quilmes es el patrocinador oficial, el fútbol argentino no registra más que fracasos. Pero no: lo que me importa es ese repertorio de lo pasional vuelto último horizonte del pensamiento. Algo de todo esto dije en la primera de mis columnas para Crítica de la Argentina, en marzo de 2008: la pasión se ha transformado en un discurso fenomenal que explica –o dice que explica– todo. Todo debe explicarse por la garra, el coraje, "tener lo que hay que tener", "poner lo que hay que poner": los "huevos" –y miren que yo no me asusto por nada, soy un puteador sistemático; pero soy de una época en que nombrar los genitales era muy grosero, un síntoma ineludible de mala educación–. Entonces, le ponemos "aguante" a lo que fuere y conseguimos objetivos: salvarnos del descenso o derogar la resolución 125.

Ese discurso se ha vuelto absolutamente hegemónico: permea la vida cotidiana, la política, el fútbol –lugar privilegiado de este despliegue–, la publicidad. En estas semanas ha aparecido un comercial de Coca-Cola minuciosamente deleznable: una chica llora frente a un film romántico, mientras la voz en off de un crítico lo destruye. El saldo, previsible, es el eslogan "Necesitamos menos críticos. Disfrutá la vida". Y eso es más de lo mismo. No estoy negando la relevancia de las emociones y de las pasiones: en esa columna de hace más de un año recordaba la facilidad con la que me pongo a llorar frente a ciertas películas o ciertas situaciones afectivas. Pero lo que irrita y preocupa es hasta qué punto eso desplaza por completo la racionalidad, el pensamiento, la reflexión, al arcón de los trastos viejos.

Maradona es, justamente, el técnico perfecto para esta etapa pasional: es apenas un motivador con historia –una historia descomunal e inolvidable–, cuya mayor innovación táctica son videos con imágenes de chicos pobres con hambre –urgente: hay que sumar a los chicos ricos con tristeza–. Si los rumores son ciertos –que lo más emocionante fue el papá de Maxi Rodríguez conmovido en el video–, ya podríamos coincidir en que, además de demasiado sentimentales, esos videos son ineficaces: los jugadores se deprimen y salen a jugar amargados por la situación social y acongojados por su falta de conciencia. Entonces, aunque técnico perfecto para esta etapa afectiva, los resultados también son los esperables y a nadie debieran sorprenderlo.

Lo que nos queda son algunas pobres esperanzas. La primera, que este fracaso contribuya a sacar a Maradona de escena, para que podamos volver a disfrutar de su memoria. La segunda, que si la Argentina queda fuera del Mundial, como es probable que ocurra, no tengamos el aluvión insoportable de publicidades pasionales y desgarradoras que nos enseñen "lo grosso que es ser argentino". La tercera, que la caída se lleve puesto a Grondona. Si ver un Mundial hinchando por Ghana es el precio que se debe pagar, yo estoy dispuesto y feliz.

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