Culio César.

Culio César.
ECUADOR 1 - BRASIL 1: Brasil se salvó del papelón gracias a su enorme arquero, al que sólo pudieron vencer en el último minuto y con un bombazo. Ecuador lo asfixió en la altura de Quito y no le ganó porque no lo supo definir.
Es lo que pasa cuando se subestima a un grande como Brasil. Y eso hizo Ecuador. Lo ninguneó de antemano y sufrió las consecuencias. Claro, herido en lo más profundo, el equipo de Dunga se mofó de los 2.850 metros de altura, jugó en Quito como si fuera en una playa de Río de Janeiro, tiqui tiqui por aquí, folha seca por allá, cambios de frente al pie, ¿quién dijo que la pelota no dobla? En pocas palabras, el Scratch hizo sentir esas cinco estrellas que relucen en la casaca amarilla. ¿Ah, qué? ¿Los de amarillo no eran los brasileños?

Esto, tranquilamente, le pudo haber ocurrido a un transeúnte que paseaba por la calle Florida hasta que se frenó ante una vidriera de una casa de electrodomésticos. Había fútbol en un televisor, sabía que jugaba Brasil y veía pero no oía cómo los de azul ni siquiera pasaban la mitad de cancha. El arquero de dicho equipo se revolcaba por todos lados, los defensores no levantaba los pies del suelo, los volantes no se daban dos pases seguidos, ni que hablar de los delanteros, y lo peor: la actitud. Brasil, la selección azulada, por si hacía falta aclararlo, jugó a eso. Fue a rascar el punto y punto. Sin vergüenza aunque al borde del ridículo.

Ecuador no llegó al descanso dos o tres goles arriba porque Benítez generó tantas situaciones como las que desperdició y, sobre todo, porque el Scratch tiene un arquero que es una maravilla. No por nada JP Carrizo asegura que el del Inter es, por lejos, el mejor del mundo en su puesto. Y si Maradona habla de Mascherano y diez más, Dunga debería decir sin miedo que su selección es Julio César y diez más. Hasta en el gol del agónico empate tapó una bola imposible (¿hace falta decir a quién?) y, pobre pibe, nadie lo ayudó en el rebote.

Dunga también podría enterarse de lo que pasa arriba con la Selección de Diego. Si brilla el 10 del Barcelona, pueden ocurrir cosas como ante Venezuela. Y, está claro, ese 10 ya no es Ronaldinho. Por eso, sin Kaká (lesionado), Brasil se sometió al ritmo cansino del gaúcho y con su sola exclusión el Penta cambió la marcha. Baptista, en la primera que tocó, abrió para Robinho, que lo único que hizo bien fue devolvérsela a la Bestia. El 1-0 arribó porque, esta vez, la diferencia de categoría estuvo en los arcos: Cevallos metió la que iba a afuera.

Brasil estará en Sudáfrica, aunque así sufrirá más de lo que indica su historia. Porque Brasil juega contra su historia. Brasil juega como un equipo chico.

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