Cuidado con la picadura.

Por Silvio Santamarina.

Kirchner no es el único político que rompe códigos, pero sí es el que ha llegado más lejos. La tensión entre modelo y democracia.

Una plaga recorre la Argentina: el cinismo exitista o, como le dicen en el fútbol, el "resultadismo". Todo vale, con tal de arañar un puntito. Incluso esconder la pelota. Pero no se culpe a Néstor Kirchner, porque él no ha hecho más que llevar al extremo esa cultura del vale todo, poniéndole potencia turbo a la viveza criolla que contamina las prácticas políticas. También la oposición viene manipulando normas y mandatos electorales con el objetivo de pararse mejor en las encuestas y de aprovechar la ocasión electoral, como si las instituciones hubiesen sido desbordadas por la lógica del rating "minuto a minuto". Hoy ya no se habla de plataformas electorales, y casi no hay temas de campaña. Ahora se trata de administrar con buen "timing" la oferta electoral, que no es otra cosa que oferta de caras famosas con los rasgos oportunos para cada escenario. Por eso las listas de candidatos se cierran a último momento: no porque se estén negociando incansablemente los lugares, sino porque se van probando elencos al calor de las encuestas, y comparando performances con los otros "partidos" (por darles un nombre tradicional, hasta que la legislación electoral sea totalmente desbordada por la nueva dinámica democrática).

Kirchner entendió claramente esta crisis de representación, a la que le debe su ingreso a la Casa Rosada. Fascinado como el personaje de Keanu Reeves al vislumbrar el código oculto de la Matrix, Néstor se dedicó a romper sistemáticamente el pacto republicano, esa ficción necesaria para mantener el diálogo –y el respeto– entre representantes y representados de cualquier país. Si Alfonsín es hoy recordado por sus candorosos recitados del texto de la Constitución Nacional, Kirchner se destaca en la opinión pública por su desprecio burlón a los protocolos institucionales, que sus intelectuales a sueldo traducen como "hipocresía burguesa". El presidente real de la Argentina actúa hoy en la democracia como lo hacía el Rucucu de Olmedo en la televisión: da vuelta la cámara para mostrarle al público los decorados destartalados, los extras famélicos, los asistentes sosteniendo cartulinas con la letra para actores desmemoriados... en fin, la miseria material y moral de "Costa Pobre". A partir de ese gesto, el kirchnerismo habilita un discurso sofista que le permite relativizar cualquier crítica a su desprolijidad institucional, amparándose en la chantada colectiva. Y con la razón cínica de su lado, cualquier trampa a las reglas de juego es justificable a plena luz del día. Ni Carlos Menem se animó a tanto pragmatismo en defensa del "modelo".

El estilo K de sobrevolar la realidad como si fuera un "relato" infinitamente maleable puso de moda los conceptos de "percepción" y "sensación". Así, un crimen impune que deriva en protesta vecinal es automáticamente despolitizado por un ministro que explica que la inseguridad es una sensación alimentada por la prensa. La búsqueda de responsables por la irrupción a gran escala del dengue queda neutralizada por la discusión de la ministra de Salud con los que la perciben como una "epidemia". Es decir que ahora una preocupación ciudadana debe, antes de ser seriamente considerada por las autoridades pertinentes, demostrar que surge de un problema real y no de una "percepción" exagerada por los medios de comunicación. Otra barrera burocrática entre la sociedad y sus dirigentes políticos, tan triste y peligrosa como los muros contra la inseguridad. De hecho, existe el Programa de Auditoría Ciudadana (PAC) de la Subsecretaría de Desarrollo Institucional y Fortalecimiento de la Democracia del gobierno nacional, que está analizando una encuesta en medio centenar de municipios para buscar la diferencia entre las percepciones ciudadanas y la evidencia empírica de la calidad de las políticas públicas. Es decir que este malentendido entre votantes y votados ya se convirtió en un caso de estudio académico financiado por el Estado.

Por ejemplo, en Tartagal, muchas víctimas del desastre se preguntan cuándo llegará la ayuda que prometió Cristina en medio del barro. El gobernador Urtubey dice que, al igual que con el dengue, por su parte está haciendo todo lo posible, mientras se distancia paso a paso del oficialismo nacional. No es casual que el peronismo disidente esté planeando un gran escenario de lanzamiento de campaña precisamente en Salta, donde la distancia entre la realidad local y la "realidad" de Olivos crece a un ritmo epidémico.

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