Cuestiones pendientes

Por Natalio R. Botana

Al despuntar este año en los corrillos políticos se habla constantemente de lo que vendrá en materia electoral: del pos- kirchnerismo, de las candidaturas probables incluidas las de presidente, en fin, del estado deliberativo que se advierte en el peronismo y en el mapa de las oposiciones. Impresiona (me comentaba hace pocos días un observador extranjero) que este debate sobrevenga cuando el Gobierno recién ha doblado el codo de los primeros trece meses correspondientes a un período constitucional de cuatro años.

Desde luego que aquí están en juego los comicios para renovar la mitad de los diputados nacionales y el tercio del Senado. Las provincias participarán en la compulsa de manera escalonada, en diferentes fechas que culminarán en el mes de octubre. Pero el problema es más complejo porque señala, en primer lugar, un prematuro agotamiento de la administración que arrancó en 2003 y alude, en segundo término, a la incompetencia, tanto en el Gobierno como en la sociedad civil, para encarar los temas de fondo de nuestra política.

Sobre esto sólo hay tratamientos de sorpresa, confiscaciones de ahorros y reformas fiscales que parecen obedecer a las urgencias derivadas de la crisis internacional. Si bien este clima se esparce por todo el planeta, las cuestiones pendientes siguen marcando a fuego nuestra agenda. Más aún cuando las oposiciones se sienten más a gusto planeando elecciones que formulando alternativas de gobierno.

En la Argentina se le sigue prestando más atención a la democracia electoral que a la institucional. Ni hablar de las metas del Bicentenario, que deberían sintetizarse en la idea de poner a punto una democracia de ciudadanos y en los sentimientos capaces de restablecer la confianza. Los dos -idea y sentimientos- están inscriptos en el repertorio fundacional de las repúblicas: la "falta de confianza", de que hablaba hace 228 años Alexander Hamilton, entendida como uno de los peligros mayores que acechan a las repúblicas.

El rumbo más claro, por ahora, es el que van trazando los apetitos concurrentes a la lucha por el poder. Estas tempestades las sembró el Gobierno en el curso de este largo quinquenio. La voluntad de "construir poder" sobre cualquier otro objetivo ha generado el efecto contrario al carecer, en situaciones menos propicias, como la actual, de instituciones capaces de sobrevivir a las contingencias. Es como si el poder se desmoronase sin agarraderos que impidan esta declinación.

¿Significa acaso este crepúsculo que el régimen político corre el riesgo inminente de girar en el vacío? No hay respuestas definitivas al respecto por la sencilla razón de que en el justicialismo han comenzado a explorar otra transformación. Sin este talante para cambiar de discurso, escenografía y vestuario no se entiende del todo el argumento que, desde ya seis décadas, viene protagonizando el peronismo.

Es un argumento que tiene la peculiaridad de oscilar de babor a estribor (y viceversa) cuando estalla un conflicto de proporciones. El peronismo se volcó al menemismo en el período de las hiperinflaciones. El peronismo se volcó al kirchnerismo en el momento en se apagaba con estrépito la estabilidad de la moneda convertible. Ahora, si los indicios se confirman, parecería que el peronismo se movería hacia otro punto, de la mano de una gama de pretendientes.

El conflicto que enmarca estos desplazamientos es el que enfrentó a Kirchner con el sector agropecuario. Es, por tanto, un conflicto que toca de lleno a la base productiva más dinámica del país y genera nuevos realineamientos. Los justicialistas que confrontan con Kirchner se situaron en la vereda de enfrente del Gobierno en el conflicto del campo. Estas actitudes podrían tal vez impulsar el desarrollo de regímenes políticos provinciales más maduros que el régimen nacional.

Supongamos que Carlos Reutemann insiste con sus pretensiones presidenciales y enfrenta en las legislativas de este año a Hermes Binner. En la provincia de Santa Fe tomaría cuerpo de esta suerte un sistema bipartidista, con apoyo en coaliciones, estructurado en torno a un justicialismo de tinte más conservador y a una oferta, en funciones de gobierno, con aires socialdemócratas. No es otro el esquema de las democracias modernas, con el complicado aditamento de que, mientras en los Estados Unidos, Europa, Chile, Brasil y Uruguay esa competencia tiene alcance nacional, en la Argentina se circunscribe a una provincia.

Exageramos para acentuar este aspecto del análisis. En verdad, esta distribución de fuerzas podría prolongarse en otras provincias, pero la gran ausente en esta reconfiguración es la provincia de Buenos Aires. Lo es por partida doble. Mientras en el resto de las provincias los liderazgos nacen de su seno, la megalópolis que circunda a la Capital Federal y las ciudades y pueblos bonaerenses están gobernados en los últimos años por una suerte de liderazgos prestados por el gobierno nacional, provenientes de otros distritos. Los casos de Cristina Kirchner, cuando ganó la elección para el Senado en 2005, y de Daniel Scioli, actual gobernador, están a la vista (ignoramos aún qué decisión adoptará el ex presidente Néstor Kirchner).

Por otra parte, mientras en distritos del tipo de Santa Fe, Córdoba y Mendoza está en marcha el diseño de un sistema competitivo, en la provincia de Buenos Aires prevalece aún la hipótesis hegemónica derivada del dominio que los intendentes justicialistas ejercen, salvo excepciones, en el Gran Buenos Aires. Es posible que esta hipótesis se revierta debido al descontento que impera en las zonas productivas de carácter agropecuario. A esta posibilidad para nada desdeñable se suma la emergencia de otros liderazgos en provincias sometidas al rigor del régimen fiscal de retenciones a las exportaciones.

Este último punto merece un atento seguimiento, porque esos liderazgos, viejos y nuevos, deberían actuar frente a la opinión pública como renovadores de un debate constructivo, hoy ausente. Lo que se insinúa en Santa Fe podría prefigurar ese escenario y reproducirse en otras provincias, incluida la Ciudad de Buenos Aires, que ya tiene armado un sistema de partidos con un kirchnerismo marginal.

Todavía los dados no se han echado, pero cometería un error quien actuara bajo el supuesto de que la derrota del Gobierno es inevitable. Las cosas son mucho más fluidas, pues se trata de constituir, a partir de las experiencias provinciales, un sistema de partidos de carácter nacional.

Estos vínculos recíprocos de conflicto y consenso entre organizaciones permanentes con propuestas definidas aún no existe en nuestro país. Por esta razón, en un vacío semejante, suelen terciar los aventureros.

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