Cuestión de temperamento

Por Beatriz Sarlo

Kirchner llegó a la presidencia después de haber sido el candidato menos probable; por él se decidió Duhalde sólo cuando falló Reutemann y las encuestas lo alejaban a De la Sota. El 25 de mayo de 2003, Kirchner asumió con un gran discurso ante el Congreso. Releerlo da vértigo, porque no se adivinan ni el tono agresivo, ni la compadrada, ni la insustancialidad intelectual que caracterizaron más tarde su oratoria.

El discurso de 2003 es una pieza de inspiración socialdemócrata moderada, de capitalismo nacional, desarrollo del mercado interno y apertura al mundo, donde varias veces se llama al diálogo con "adversarios que discuten y disienten cooperando". Alfonsín, el único ex presidente que lo escuchó en el recinto del Congreso, seguramente aprobó tanto la condena a las "jugadas mágicas y salvadoras" como el propósito de reconciliar política, instituciones, gobierno y sociedad.

Kirchner trazó entonces un programa de "cambio responsable, calidad institucional, fortalecimiento de las instituciones con apego a la Constitución y a la ley, y fuerte lucha contra la impunidad y la corrupción". Entre las cuestiones que prometió resolver mencionó una nueva ley de coparticipación federal que permitiera el diseño de un nuevo modelo de país. Las prioridades de la política exterior serían, en ese orden, Mercosur y una relación "seria, amplia y madura con los Estados Unidos".

En un final emocionante, Kirchner recordó su pertenencia a "una generación diezmada" cuyos valores no iba a abandonar en las puertas de la Casa de Gobierno; se confesó también portador de "verdades relativas", en cuyo nombre no pediría cheques en blanco. Y terminaba reivindicando una genealogía: "Les vengo a proponer que recordemos los sueños de nuestros patriotas fundadores y de nuestros abuelos inmigrantes y pioneros. De nuestra generación, que puso todo y dejó todo pensando en un país de iguales". Un sueño no realizado.

También, un sueño traicionado. ¿Kirchner leyó ese discurso ante el Congreso sin creer en él? Sería un error acusarlo de que las ideas expuestas fueran simplemente una coartada hipócrita para ocultar propósitos inconfesables. Esa versión simplificadora de la política es básicamente ciega frente a los cambios y tiene la perspectiva inmovilista de que "la gente es así desde que nació". A Kirchner, muchas de las ideas sobre disenso y diálogo, cooperación entre adversarios y buena calidad institucional no lo habían desvelado mientras fue gobernador de Santa Cruz y rigió con potestades concentradísimas. Sin embargo, los giros de la historia lo habían llevado de una provincia remota a la presidencia de la República y allí podía abrirse otro capítulo.

La vida le daba una oportunidad impensada, o sólo imaginada en un futuro más lejano. Por eso, el discurso se atenía a principios y valores que no rigieron en la etapa patagónica, pero que podían convertirlo en un gran presidente, sobre la base de lo que ya habían logrado en el año y medio anterior Duhalde y su ministro Roberto Lavagna. A lo hecho por Duhalde, Kirchner venía a agregarle lo que la izquierda y los sectores democráticos reclamaban: justicia en vez de impunidad para el terrorismo de Estado, renovación de la Corte Suprema, independencia del poder judicial, instituciones. De haber respetado las ideas expuestas en ese discurso de 2003, Kirchner no sería hoy un derrotado cuyo ocaso es cuestión de tiempo, aunque, antes de que su astro desaparezca, pueda insistir y dañar.

Meses después de aquel discurso, el difícil equilibrio ya se había roto. Kirchner no sólo creyó que él debía hacer una intervención fundamental en el campo de los derechos humanos, sino que se propuso convencer (y convencerse) de que recorría ese camino desde los años ochenta. Se inventó una historia que en Santa Cruz nadie recuerda. Esta creación imaginaria le daría la legitimidad para presentarse como un par entre los luchadores. El toque excesivo es que, además, descalificó lo hecho en los años 80, como si las leyes de impunidad promulgadas por Alfonsín hubieran ocultado el gran escenario de horror abierto por el juicio a las juntas militares.

Por eso Kirchner fue tan injusto y agraviante el 24 de marzo de 2004, en la ESMA, cuando dijo: "Vengo a pedir perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia tantas atrocidades". La frase pasaba por alto que, durante largas semanas, esas atrocidades fueron expuestas frente a un tribunal federal durante el juicio a las Juntas en el invierno de 1985, bajo condiciones políticas y militares dificilísimas. Olvidaba la Conadep y el Nunca más . Kirchner falsificó para compensar su ausencia de la escena de los derechos humanos durante los años 80 y 90. Para presentarse como fundador, olvidó los principios de pluralismo y cooperación expuestos en su discurso de 2003. A los adversarios, ni justicia.

El pedido de disculpas en nombre del Estado a las víctimas y sus familiares se aplica más bien a Kirchner, que, mientras fue gobernador de Santa Cruz, no tuvo gran historial en la conmemoración pública de los desaparecidos ni se lo recuerda obsesionado por la impunidad de los crímenes de la dictadura. En lugar de "Estado nacional" debió decir "provincia de Santa Cruz" y habría estado más cerca de la verdad.

La recuperación del predio de la ESMA se convirtió así en una divisoria de aguas. Kirchner quería amasar poder político y territorial por fuera del PJ, pensaba que tendría tiempo para construir la transversalidad y que la historia corría a su lado y con su ritmo. Por eso se presentó como fundacional frente a un auditorio básicamente constituido por las organizaciones de derechos humanos y por sólo tres gobernadores: Sergio Acevedo, de Santa Cruz (a quien dos años después Kirchner expulsó de la gobernación); Carlos Rovira, de Misiones, y Julio Cobos, de Mendoza. Otros, como Felipe Solá y De la Sota, no asistieron porque antes habían sido cuestionados por Hebe de Bonafini. Kirchner tuvo su momento de gloria moral en la ESMA: lo rodeaban pocos políticos, lo aplaudían las agrupaciones piqueteras y lo adoptaban como hermano e hijo los organismos de derechos humanos.

En abril de 2005, medio año antes de las elecciones de renovación parlamentaria, cuando todavía Kirchner no había roto definitivamente con Duhalde y seguía negociando una lista en la provincia de Buenos Aires, en un acto se entregaron cinco títulos de propiedad de viviendas en San Nicolás, dos de ellos a militantes encuadrados por Luis D´Elía. En el palco, el entonces gobernador Felipe Solá hacía cuentas sobre cómo se armaría la boleta peronista compartiendo escenario y mutuas desconfianzas con José Díaz Bancalari y el ministro De Vido.

Dentro de ese cuadro, que hoy parece sepultado en otra era, Kirchner afirmó: "Algunos no quieren que digamos que el Gobierno se plebiscita en octubre, pero la verdad es que si la gente dice que sí, vamos para adelante con todo. Si no, otra será la historia". Página 12 comentó de este modo la noticia: "A sólo seis meses de las elecciones, Kirchner quiere dejar en claro que más allá de los candidatos y las peleas distritales, el que compite es el gobierno nacional. Y por eso recalcó que el resultado de las elecciones será un «plebiscito» de su gestión." La democracia pluralista e institucional del discurso de 2003 pertenece a una página pretérita del atlas histórico kirchnerista que, en línea con los populismos latinoamericanos, busca asentar su legitimidad sobre el plebiscito.

Por eso era inevitable que, victorioso en las elecciones de 2005 por medio de su esposa, que derrotó a Chiche Duhalde, Kirchner prescindiera de Lavagna. En ese momento se interpretó que la reticencia de Lavagna a mezclarse en la campaña electoral de Cristina Fernández había sido una de las causas de su salida. Sin embargo, el origen está más lejos: Kirchner no deseaba a Lavagna como testigo de que se había comenzado a superar la crisis antes de que él se convirtiera en presidente; no quería la sombra de un ministro que había piloteado los meses más extremos. Kirchner prescindía de competidores porque él era el único fundador de una nueva etapa.

A partir de la salida de Lavagna, nadie pudo pensar que se tomaran decisiones económicas que previamente no hubieran madurado por completo en la cabeza del Presidente. Los ministros se convierten así en ejecutores no de políticas sino de órdenes. Con esta idea de poder concentrado en un solo hombre, cuyos ojos ocupan el centro de un panóptico, Kirchner teme la traición de sus subordinados y los vigila para anticipar sus movimientos; al mismo tiempo, está condenado a la omnipotencia, ya que prescinde de los mejores para quedarse con los más fieles.

La campaña electoral de 2009 retomó el leitmotiv de la anterior renovación parlamentaria. Néstor Kirchner no inventó ahora lo que ya había hecho cuatro años antes. Como en 2005, a mitad de campaña también atenuó el desafío plebiscitario y pasó a hablar, más modestamente, de alcanzar la victoria. Pero lo que en un gran momento de su presidencia Kirchner pudo hacer sin consecuencias fatales sólo alcanzó para probar que las estratagemas no deben repetirse cuando cambian las circunstancias. En la curva descendente de su fortuna política y de la de su esposa, insistió en que se jugaban, nuevamente, toda su historia y todo su proyecto. Esto habla más de un temperamento que de un plan para ganar elecciones. Una equivocación táctica tiene remedio; un temperamento es difícil que cambie.

Los últimos libros de la autora son La ciudad vista y La máquina cultural.

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