¿Es o no es? Ésa es la cuestión.

Por Alicia de Arteaga.

A pintura antigua es un terreno minado. Dar en la tecla y acertar en la catalogación de una obra de arte del siglo XVII puede cambiar su valor en el mercado de manera sideral. La historia reciente está poblada de ejemplos.

En junio de 2008, una rematadora holandesa puso a la venta una pintura "estilo Rembrandt" en 3000 dólares; tres meses después un comprador, que sabía de qué se trataba, la ofreció en subasta por 4,5 millones de dólares. Confirmada la autenticidad por sir William Noortman, quien informó que se trataba de un autorretrato de 1628, pintado por el maestro del claroscuro, en Leiden, cuando tenía 20 años, el valor se multiplicó por diez. Fueron 35 millones de dólares los que pagó el Museo Getty de Malibú por un cuadro de Pontormo exhibido durante años en la Frick Collection de Nueva York con el título El alabardero. Cuando se supo que el joven de calzas amarillas en realidad era Cósimo I de Medicis, noble florentino, el dueño retiró el cuadro de la Frick y lo mandó a subasta con el resultado conocido.

Nadie puede lamentarse más del error en la catalogación de una pintura antigua que los Ravenna, un matrimonio argentino que, en 2001, recibió un shock del que todavía no se recupera cuando leyó en el diario que el cuadro que habían vendido en Buenos Aires a un marchand corso por 35 mil dólartes se había subastado en Nueva York por 5 millones de la misma moneda. Se trataba de una Pietá pintada por un italiano "poco conocido", que los antepasados de Guido Ravenna, originales del Véneto, habían traído a Buenos Aires junto con otras piezas de la colección familiar. Los reveses económicos, a los que nos tiene acostumbrados la Argentina, pusieron a los Ravenna en un brete y se vieron obligados a vender. Tras solicitar un informe a Christie’s, concluyeron que se trataba del trabajo de Nuvolone, pintor religioso de poco brillo, por lo que la cifra pagada por el corso les pareció correcta. Luego del shock inicial, iniciaron una andanada legal contra la rematadora que terminó en la nada. Un segundo golpe sufrieron los Ravenna meses después al ingresar en el museo de la Quinta Avenida y descubrir que la Pietá, la misma que había decorado por años el living de la casa de Martínez, abría una imponente retrospectiva consagrada al maestro Ludovico Carracci.

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