La cuestión de la identidad

Por: Osvaldo Pepe

Hay miles y miles de personas en la Argentina que buscan conocer su verdadera identidad. Son adultos que descubrieron que sus padres no eran los biológicos, pero que no se inscriben en las nóminas de aquellos que fueron parte del plan sistemático de apropiación de bebés que llevó a cabo la dictadura, cuyas huellas aún persisten.

Se trata de los rostros visibles de dramas individuales que, sin embargo, informan sobre comportamientos colectivos. Son víctimas del sistema pseudo legal organizado para la transacción de personas, ya que fueron urdidos por una vasta red que incluye a abogados entrenados en bucear lagunas legales, y que luego consiguen el aval de certificados de hospitales públicos. No es gratis: los expertos alertan sobre los riesgos para la salud psíquica, y aún física, que trae el desconocimiento del origen.

La identidad es un tema que impregna nuestra historia. La reciente y la remota. La particular y la general. Se diría que uno de los grandes enigmas argentinos es el dilatado combate interior para descifrar la cuestión de la identidad. Ya en el siglo XIX, Juan B. Alberdi se preguntaba en las Bases aquello de "¿quién casaría a su hermana o a su hija con un infanzón de la Araucania y no mil veces con un zapatero inglés?" Alberdi corrigió después, y mucho, esa mirada. Muchos argentinos, no. Salvo en las grandes crisis. La de 2001 consagró aquello de "piquetes y cacerolas, la lucha es una sola". Hoy se sabe que no. Que la verdadera identidad nacional es contradictoria y a veces hostil. Que se va construyendo día a día y que no siempre genera un espíritu de pertenencia.

Un lector lo dice hoy con sabiduría en una Carta al País: "Empecemos por crearnos a nosotros mismos como individuos, ciudadanos y Estado. Esto hace a un país grande. Todos somos uno, aunque a algunos no les guste la idea"

Comentá la nota