Una cuestión de género

"Cuando se trataba de mujeres en la metodología de los represores se agregaba a las torturas físicas y psíquicas una violencia específica de contenido sexual", dice el texto de un alegato presentado en la causa Brusa. De hecho, no fue hasta la década del `90 -en los genocidios de Ruanda y Bosnia- donde se incluyeron por primera vez las violaciones como delitos de lesa humanidad, cuando fueron cometidos en esos marcos de violencia política.
El alegato presentado en la Causa Brusa por las abogadas Leticia Faccendini y Jésica Pellegrini, integrantes de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre de la provincia de Santa Fe y patrocinantes en la querella de José Schulman y Patricia Isasa; incluye el señalamiento de los hechos y el correspondiente reclamo con especial atención hacia la cuestión de género. "También quedó probado que cuando se trataba de mujeres detenidas desaparecidas, en la metodología de los represores se agregaba a las torturas físicas y psíquicas una violencia específica de contenido sexual, manoseos y distintas formas de abuso sexual, violaciones y amenazas de violaciones masivas", dice el texto.

El mismo alegato proporciona algunos datos interesantes para poder pensar en la importancia del planteo: la violación no fue mencionada en la Convención contra el Genocidio de 1948 pero la extensión, frecuencia y evidencia del acto de violación en procesos de genocidio hicieron necesario que los Tribunales internacionales especiales reformularan esas concepciones, tal el caso del que se constituyó por Rwanda, en 1998, cuando el fiscal que actuó decidió incluir la violencia sexual y la violación a mujeres y niñas como parte del genocidio. Y además cita que las actuaciones de los Tribunales ad hoc de Bosnia y Rwanda representan cambios determinantes en el modo en que es concebida la violencia sexual como crimen de lesa humanidad o genocidio. Se trata del primer momento en que la violación hacia mujeres y niñas es caracterizada como crimen de lesa humanidad ya sea en conflictos nacionales o internacionales. Implica una inclusión de la violencia sexual como crimen en la Convención de Ginebra y en el protocolo Adicional II. Concebir los actos de violencia sexual y las violaciones como delitos de lesa humanidad y parte de la planificación del genocidio implica que los perpetradores de esos crímenes no puedan gozar de impunidad.

Una de las testigos en el juicio que terminó hace poco en la capital provincial y que condenó al ex juez federal Víctor Brusa, a habló de tortura sexual en la sala de audiencias, pero ninguno de los represores fue condenado, especialmente, por los delitos cometidos contra mujeres y también contra menores por ser tales, niñas, niños y adolescentes. Isasa es una de estas víctimas, tenía 16 años cuando fue secuestrada, también lo fue Josefina González quien tenía 5 meses cuando fue secuestrada junto a su madre Rut, luego asesinada. Y lo fueron Graciela Roselló y Marta Bertolino que junto a González hablaron con este diario. Por supuesto que no es fácil abordar el tema, no es un aspecto de tratamiento común entre las víctimas, casi podría decirse que hay un "aguantarse" individual en el que cada una hizo lo que pudo con su experiencia. Así lo muestra el testimonio de Roselló cuando narra que tuvo que trabajar durante un largo tiempo en terapia "porque a medida que se acercaba el juicio uno sabía que lo privado, de pronto pasaba a ser público. Ni bien salí liberada preservé a mis padres de ese/este dolor y hasta ahora había preservado a amis hijos" y cuenta una anécdota familiar a partir de una discusión entre sus hijos, Mariana (29) y Javier (26). El joven le recriminaba a su hermana porque no había entrado a presenciar el testimonio de su madre y esperó en la puerta. La chica le dijo: "Ya sé que a vos también te dolió escuchar el relato de mamá, pero no entendés del todo, yo soy mujer". Es cuando Roselló reflexiona: ahí sentí la magnitud entre lo que es privado y que es importante hacer público para poder juzgar y condenar. Y aquí hubo otro plus, la angustia de mi hija mujer al no querer escuchar lo que imagina o que sabe aunque nunca fue enunciado por mí".

Cuando Roselló señala especialmente que la Causa Brusa fue la primera que incluyó el juzgamiento a una represora, María Eva Aebi, la carcelera de 56 años, la testigo, hoy dirigente sindical bancaria e integrante de la dirección de la CTA Rosario dice: "Tiene sólo dos años más que yo pero en mi recuerdo la tengo como una mujer que me llevaba algo más de diez años, tal vez por su postura de poder ante nosotras "los cerrojos que poseía y el arma que ostentaba con la que simuló fusilamiento hacia varias compañeras. Ella me llevó a la comisaría 4ta., me entregó y cuando me retiró yo no estaba en las mismas condiciones en que me había dejado. Ella es tan culpable como el que usaba la picana y la tortura sexual. Cuando salí de la Guardia de Infantería Reforzada lo hice convencida de que no quería traer hijos a este mundo. Es que había caído una compañera de Reconquistas, Alba Azulay, a la que torturaron con su bebé en la propia 4ta., poniendo al niño cabeza abajo, dejándolo llorar horas enteras cuando tenía hambre, sin arrimarlo al pecho de su madre. Los pechos de Alba rebozantes y el niño como rehén" después, cuando salí pude ser mamá y ahora pienso que no nos pudieron doblegar".

Josefina Victoria González lleva, junto a sus nombres emblemático por su padre José el primero y por la victoria de él mismo el segundo , muchos, muchísimos dolores. A pesar de ello tiene una mirada azul celeste serena. Cuando el miércoles pasado compartía un café con esta cronista,l por la mañana, tuvo que soportar otra vez, por la tarde, la violación de su domicilio y el secuestro de algunas copias del expediente que se sigue en Rosario por la megacausa Feced en la que ella declarará.

Josefina habla de sí misma y de su madre Rut. Su relato engloba todas las figuras contenidas más arriba sobre el especial ataque a mujeres y menores. Esta beba de 5 meses estaba junto a su hermana Mariana, de 3 y el lugar que les habían asignado era el baño del subsuelo. Allí las dejaban cuando las separaban de Rut y allí las iban a buscar cuando querían que presenciaran algún interrogatorio. En realidad lo que las "bestias" buscaban era que Rut viera a sus hijas mientras la torturaban y vejaban. Josefina tiene imágenes brutales, una de ellas de su madre en una camilla rodeada por hombres, luego gritos a los que, dice, seguía la violación. Rut González fue asesinada junto a su hermana Estrella y la pareja de esta última el 5 de octubre de 1976, pero además Josefina soporta en toda su humanidad la pérdida de sus abuela materna, Amorosa secuestrada y luego asesinada, en Buenos Aires entre junio y octubre de 1977. Amorosa al igual que el padre de Josefina, Dardo José Tosetto, continúan desaparecidos. El fue secuestrado el 9 de diciembre de 1975 cuando Rut y sus chicas empezaron el periplo para esconderse hasta que son atrapadas en casa de Pedro Paulón, el hermano de dirigente metalúrgico Victorio Paulón, en Sánchez de Bustamente 845. La otra tía de las chicas, María de las Mercedes fue secuestrada en septiembre de 1975 y asesinada, en el "78 o "79. Josefina no recuerda con excactitud.

"La sociedad, en general, le pone un plus a todo lo que la mujer hace y en el cautiverio no dejaba de reproducirse esa concepción. Es como si nosotras necesitáramos en la vida común de un hombre al lado, cuando en general podemos decirle a ellos cómo hacer bastantes cosas. Cuando recuerdo a mi madre y a tantos tipos sometiéndola en tantos sentidos, me doy cuenta que ella encontró la manera de que no le partieran el alma. Estoy orgullosa de ella", dice la Tana, como todos la conocen. También cuenta que producto de golpes y maltratos ella perdió el bazo y también le falta un pedacito de una de sus orejas. Las secuelas para las niñas cuando ya estuvieron con su tía abuela que la crió fueron durísimas.

La estrategia genocida que incluía el ataque por género abarcaba a las criaturas. Por eso la hoy psicoanalista, profesora de análisis institucional en la Facultad de Psicología de la UNR habla de su estada forzoza y su condición de sobreviviente del Servicio de Informaciones de la Jefatura de Policía de Rosario. Ella era una mujer de 23 años, embarazada de 8 meses cuando la secuestraron junto a su esposo, Oscar Manssur, en el invierno de 1976. "Me tocó dar a luz en la más absoluta indefensión bajo la advertencia de que mi bebé, una vez nacida "si es que llegaba a nacer , desaparecería y que ninguno de nuestros seres queridos sabría nunca de nosotras. Me habían advertido que luego del nacimiento me seguirían "interrogando" como venían haciéndole hacía más de 20 días en la sala de torturas del Servicio de Informaciones. Bertolino ubica su situación en el contexto general del asesinato, la sustracción de bebés y la tortura sistemática. También dice que la crueldad "hinca sus garras en los sitios que detecta más vulnerables y los genocidas autóctonos no se privaron de ejercer ninguna de sus formas. Sería imposible, además de absurdo, intentar organizar por grados o jerarquías la ignominiosa lista de crueldades, pero sin duda una de las escenas más crueles que podamos imaginar es la de una mujer sacudida por los dolores de parto en un campo de concentración, atravesada por la angustia desgarradora de no poder proteger a su cría, inerme ante la mirada del verdugo que habrá de disponer de ambas sin que ninguna ley le ponga freno".

En cuanto a los niños nacidos de madres en cautiverio "sometida a tortura es lisa y llanamente un niño cautivo, un niño torturado. La tortura es el paradigma de un avasallamiento radical, el escenario más antagónico que podríamos pensar con respecto a las condiciones básicas de acceso a la cultura".

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