Cuesta abajo

Por: Norberto Firpo.

La ignorancia, en tanto sea cultivada, es la madre de todas las vergüenzas populares. Y cualquier observador atento diría que, hoy y aquí, se la cultiva con frenético entusiasmo, tal vez con aquiescencia gubernamental (ya que, como advierte la historia, la ignorancia es siempre oficialista).

Por supuesto, la prosperidad de esta vergüenza deriva en decadencia y extinción de los valores que hacen de la vida una circunstancia llevadera, más o menos digna.

Uno de esos valores -el respeto que uno mismo se merece- pega el puntapié inicial para que un team de otros auténticos valores participe del juego y sienta ganas de transpirar la camiseta. Si demasiados argentinos no se respetan a sí mismos, la ignorancia copa la banca y el país se revuelve en un marasmo de desdichas. Sobrevienen la delincuencia y la drogadicción, pululan las villas miseria, la marginalidad desata rabiosos resentimientos sociales y la salud pública se pone en manos de Dios, lo cual no garantiza nada.

Delincuencia y drogadicción son asuntos especialmente terroríficos por el hecho de que, en buena medida, jóvenes y niños se ven enredados en esas telarañas.

Parece indudable que los prosélitos de la birra y el paco son cada vez más precoces, y que también son cada vez más precoces los asaltantes que recurren al oportunismo callejero, tanto como los que responden a códigos tribales y roban y matan por razones que el mismísimo Dillinger no habría consentido.

Tristemente, cada vez más chicos holgazanean de lo lindo, bien lejos del aula: sólo en territorio bonaerense, y de acuerdo con cifras oficiales, 400.000 jóvenes de más de 16 años no estudian ni trabajan. Pregunta: ¿qué demonios están haciendo para ser pasado mañana un poco mejores?

La escuela pública, con sus fracasos y su indolencia, es la madre ubérrima de tristezas de ese porte. Sin duda, la ignorancia denigra y envilece a quien la sufre, y logra que, sobre todo, los jóvenes desoigan el reclamo de ciertas consignas tutelares: la de respetarse a sí mismos, la de ser impermeables a tanta estupidez circulante, la de poner límites a su ingenua bravuconería.

Responsabilidad ampliamente compartida, la educación induce a pensar, fortalece la autoestima y garantiza la salud mental.

Una tarea tan noble incumbe también a los artistas populares; a Andrés Calamaro, entre ellos, quien incurrió en la tontería de promocionar el consumo de marihuana, a sabiendas de que la espiral adictiva no termina allí, sino que a menudo conduce a extravíos que incluyen el crimen. Las irresponsabilidades -¡qué triste!- son también ampliamente compartidas.

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