Que lo cuenten, así lloramos todos

Por Martín Caparrós.

Va a ser uno de esos combates que Fioravanti llamaba “para alquilar balcones” –porque no hay mejores enemigos que los viejos aliados. El señor ex presidente en ejercicio le reprocha sus derrotas al señor gran diario en maniobras y le tira con una ley a la cabeza.

Si yo tuviera muuuuucho tiempo me sentaría a mirarlos: va a ser uno de esos combates que Fioravanti llamaba “para alquilar balcones” –porque no hay mejores enemigos que los viejos aliados. El señor ex presidente en ejercicio le reprocha sus derrotas al señor gran diario en maniobras y le tira con una ley a la cabeza; Clarín le contesta con una de sus tapas antológicas: “Creen que anticipan la elección para evitar fugas del PJ”, escribieron ayer, extremando esa genialidad que inventaron, el uso del impersonal y de la conjetura, el apogeo del “ahora dicen”: creen, los fantasmas suponen. ¿Quién cree, se preguntará el lector angustiado? Lagente, por supuesto, ese ente al que se le puede atribuir lo que a uno se le cante. Lagente en este caso son 1.350 personas en una encuesta que encargó Clarín para ver qué pensaban esas 1.350 personas –o sea lagente– sobre el adelantamiento de las elecciones, y parece que “el 35,1% de los consultados respondió que el Gobierno impulsa el adelantamiento de la elección nacional para evitar fuga de dirigentes del oficialismo a otras fuerzas políticas”. Era, aparentemente, una de las pocas opciones de interpretación que lagente tenía –porque las encuestas son un modo simple de manejar opiniones; en una encuesta, lagente sólo puede “pensar” cuatro o cinco cosas: las que les preguntan. Así –bien lo sabe el compañero Artemio– es cómo se influye en una encuesta y se inventa la “opinión pública”: decidiendo las preguntas, dando a elegir entre a, b, c y d, dejando afuera el resto del abecedario.

Así que lagente, en esta encuesta, no podía pensar por ejemplo que el Gobierno adelantó las elecciones para sacarle ventajitas a la oposición –que es lo que piensa casi toda lagente e incluso muchas personas: que lo hicieron “para hacer política”, y que hacer política es hacer esas cosas. Y menos podía pensar que lo hace para tratar de engañarnos a todos en general, sin exclusiones.

Adelantar las elecciones no tiene nada que ver, como decía ayer aquí Miguel Bonasso, con traer más democracia sino, otra vez, con tomarnos por tontos. El adelantamiento es una medida pensada para los millones que, por desgracia y desgraciadas circunstancias, votan sin poder sopesar demasiado lo que votan. En ellos se basa este sistema “democrático y representativo”: en todos esos votos descuidados que permiten pergeñar maniobras como ésta, que permiten que el Gobierno se ilusione con la idea de que si votamos cien días antes va a haber millones de argentinas y argentinos que no van a terminar de notar que la crisis es en serio y nos jode la vida y nos la va a seguir jodiendo. Se basa en aquella vieja idea de que somos tontos o por lo menos ignorantes –y en la razón que muchas veces tiene.

En síntesis: el Gobierno piensa que si se apura puede evitar el conocimiento que sería la base indispensable para elegir quién nos gobierna. Alguien dijo que gobernar era poblar; ahora, gobernar es mantenernos en Babia –aunque no suelan hacerlo con tanta claridad, con esta impunidad.

Este gobierno lo hizo, y por eso mantuvo su larga alianza ciclotímica con el gran multimedios, pieza central del sistema informativo que ha sabido desinformar al gran pueblo argentino salud durante todos estos años. Sobre esa base les puede servir adelantar las elecciones: para que voten confundidos todos los que el sistema mediático argentino ha conseguido alejar de la información. Y, sobre todo, todos los que el sistema económico- social argentino ha conseguido alejar de cualquier posibilidad de interesarse por la información, porque ha convertido la información –y la educación– en lujo para pocos.

La ecuación es simple: el Gobierno quiere adelantar las elecciones porque piensa que si tarda más pierde más, o sea: vieron algo, como don Segundo. Algo que no quieren que veamos. Algo que va a pasar entre julio y octubre y que, si influyera en nuestra decisión electoral, les pegaría más duro todavía. Son gobierno –y es muy probable que, para entonces, sigan siéndolo–: si vieron algo tienen la obligación de contarnos qué es –cuántos despidos, qué inflación, qué recesión, qué miserias, qué hambre– y qué piensan hacer para remediarlo. Así, ya que estamos, todos podemos participar en ese esfuerzo, ayudarlos, ayudarnos. Si no lo hacen será un delito y provocará muchas penurias, y alguien alguna vez les va a pedir cuentas por eso. A menos que seamos tan tontos como ellos imaginan, o incluso un poco menos.

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