Cuentapropismo político

En los últimos días han ocurrido cosas curiosas. Intendentes que niegan haber firmado una solicitada a favor de un candidato y candidatos diputados que hoy se oponen a cosas que, un par de años atrás, las apoyaban a pie juntillas. ¿Incoherencia? ¿Simple engañifa? Tal vez. Pero lo realmente grave es que éstos son los síntomas de un sistema político desintegrado y anómico.
Tanto el PJ como la UCR gustan de ufanarse de su poder territorial. Razón no les falta. Salvo algunas intendencias en manos vecinalistas y de la Ucedé, la gran mayoría de las localidades del interior provincial están en sus manos. Las pocas que, nominalmente, pertenecen al Partido Nuevo son -en realidad- producto de internas no resueltas dentro de aquellas grandes fuerzas. Por tal razón, la tentación de un candidato por hacer público el apoyo de un considerable número de intendentes es acto reflejo: se trata, nada menos, que la manifestación de un poder territorial estadísticamente comprobable.

De alguna manera, todos los caudillos políticos se sienten generales de algo parecido a un ejército. Como tales, gustan de analizar mapas y relaciones de fuerzas, y colorean las regiones conquistadas con firmes trazos, como si fueran frentes de combate de batallas imaginarias. Dentro de esta concepción seudobelicosa, los intendentes son considerados como comandantes tácticos de la gran estrategia provincial, líderes victoriosos. Como nadie quiere ser un general sin tropa, el recurso a los jefes comunales es un expediente natural y espontáneo de cualquier candidato que se precie de tal.

Probablemente haya sido José Manuel de la Sota quien mayor utilización haya proporcionado a este recurso. Primero, para mostrar quién mandaba frente a los intentos kirchneristas por penetrarle su territorio; luego, para recluir al inefable Luis Juez como un producto meramente capitalino. Juan Schiaretti continuó con la práctica, especialmente cuando su apoyo al sector agropecuario lo alejó temiblemente del gobierno nacional; en la actualidad la recicla con el apoyo a Eduardo Mondino. Más modestamente, los radicales no dejan un momento de referirse a sus intendentes como la "reserva moral" partidaria y, justo es decirlo, éstos parecen encantados con la lisonja, aunque -técnicamente- jamás hayan pasado del estado de "reservistas".

El senador-intendente

Como buen peronista, Eduardo Accastello no podía dejar de exhibir el apoyo de "sus" intendentes, aunque con un toque de genuino manual kirchnerista. Fue así que, a la par de los clásicos referentes justicialistas, aparecieron en la solicitada de rigor una buena dosis de mandatarios radicales, en una suerte de revivalismo de la desahuciada "concertación plural".

Lamentablemente para él, la jugada no le salió del todo bien. Algunos de los intendentes que supuestamente apoyaban al candidato del Frente para la Victoria, dijeron que nunca habían prestado su consentimiento a tal solicitada, y hasta amenazaron con acciones judiciales. Pero, y más allá de la anécdota, a nadie le sorprendió demasiado que existieran nombres tan variopintos detrás de Accastello. Esto es lo central a analizar. Dígase con todas las letras: nos hemos acostumbrado a que radicales apoyen a peronistas y que, en otras provincias, peronistas apoyen a radicales. Hace ya un lustro que Néstor Kirchner señaló el camino de este galimatías, primero con la transversalidad y luego con la concertación plural. El enredo no parece ser novedad.

En rigor, nadie podría hacerse el distraído con respecto a quienes se listan en la solicitada. Todos los intendentes que allí figuran acompañaron, en algún momento, al candidato Accastello a buscar fondos y obras ante el gobierno nacional, y quien diga ignorar la finalidad de tales visitas o es un cínico o es un ingenuo incurable. Lo notable es que se acepte con naturalidad que un par -el villamariense es intendente de su ciudad- sea el interlocutor institucional con la presidencia de la Nación, y que sea necesario hacer un bypass a las autoridades provinciales para obtener algún beneficio para sus gobiernos.

Hay razones estructurales para ello: los intendentes son príncipes de la democracia territorial, pero a la vez mendigos financieros dentro del desvencijado federalismo fiscal del país. Como tales, han adoptado masivamente la ideología del "gestionalismo" (discúlpesenos el barbarismo), que justifica el apoyar hasta al enemigo con tal de fortalecer la gestión propia. Hasta el mismísimo Mauricio Macri -esperanza nonata del centro político argentino- adscribe fervientemente a esta doctrina, con lo que las increíbles cabriolas políticas del intendente de Monte Cristo, por citar apenas uno de los firmantes, quedan automáticamente dispensadas.

El énfasis en la gestión enfatiza hasta qué grado Fukuyama estaba en lo cierto. Cuando no hay ideologías, cuando el sistema de partidos se pulveriza, lo único importante es la legitimación por el hacer. Todos se vuelven bíblicos: "por sus obras los conoceréis", y el único que les garantiza obras es Julio De Vido a través de Accastello. Por lo tanto, muchos intendentes consideran totalmente legítimo y natural que -aun perteneciendo a otros partidos- puedan apoyar a un candidato del Frente para la Victoria o, al menos, acompañarlo "desinteresadamente" a un tour por el Ministerio de Obras y Servicios Públicos en Buenos Aires, como si no existiera conflicto alguno en tal proceder.

Esto es, lisa y llanamente, cuentapropismo político. El partido es bueno para triunfar el día de la elección pero -si está en la oposición- es un trasto que debe ser enviado al desván durante los años del mandato. En buena medida, muchos intendentes se vuelven referentes introspectivos, enigmas doctrinarios, a punto tal que cuesta reconocer a algunos radicales, peronistas, o juecistas: son los muchachos monotributistas, que todos unidos triunfarán, a condición que alguien les garantice hacer obras en sus pueblos y ciudades. Sólo es lícito volverse rabiosamente opositor cuando se concluye con el mandato.

Ex diputado desmemoriado

El otro síntoma de este fenómeno lo constituye Gumersindo Alonso. Como candidato juecista, seguramente comparte el frenesí antikirchnerista del líder de su líder. Está dispuesto a convertirse en un duro opositor. Pero, en su gestión como diputado nacional de 2003 a 2007, Alonso fue un dócil caniche toy de las instrucciones legislativas del ex presidente.

¿Súbita amnesia? No se advierte tal patología en el dirigente. En propiedad, debe hablarse de obediencia debida al ex intendente, en aquel entonces aliado incondicional de Néstor Kirchner. Coherentemente con este respaldo, Alonso votó todas las leyes que propuso el gobierno nacional, aún las más polémicas, sin dejar sentado en el recinto posición alguna. Ahora pretenderá convencer al electorado que es el opositor más calificado para operar un cambio en el orden nacional.

Entre este candidato juecista y los intendentes de la cuestionada solicitada de Accastello no hay ninguna diferencia. Son todos productos de esta época de relativismo ideológico y monotributo político. Ayer con el kirchnerismo, hoy contra él. O viceversa. Soldados de fortuna en un tiempo donde las ideas valen tan poco como una moneda de 5 centavos. Que, encima, no se consigue.

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