El cuco del periodismo digital

Por N. Sturgeon

Las redacciones digitales siguen siendo vistas como el "mal necesario", mientras las ventas de diarios bajan y, en proporción, aumento la difusión de noticias por internet. Mientras esto pasa, la desigualdad con los "los otros" permanece intacta.

Cameron Lynne bufó como todo director que se precie y, con la mirada fija en su periodista estrella, le explicó por qué le reasignaba su investigación a una insignificante redactora de web: "Es ambiciosa, tiene datos, escribe hasta cuatro notas por día y es barata. Vos hace un mes que no traés ni un miserable artículo". Tirado en el sillón de cuero que arropa a las figuras de turno en los despachos de los grandes diarios, Al McCaffrey se dejó humillar por la directora del Washington Globe mientras ignoraba con esmero a Della Frye, la redactora de internet sentada a su lado. En el film Los secretos de poder (del director escocés Kevin Macdonald), una escena y tres actores con un escueto guión sintetizaron el debate que los grandes medios están esquivando hace una década.

No me refiero al naif terror a que los diarios en papel desaparezcan sino a cómo integrar a la profesión y a los periodistas, diseñadores, correctores, pasantes, ilustradores, infógrafos y fotógrafos a las nuevas redacciones digitales que, guste o no, van ganando espacio en la preferencia de los lectores de diarios.

La convivencia forzada entre la realidad virtual y la del papel dejaron a las redacciones varadas en el limbo y con un ticket sin retorno a un futuro amorfo. En la película, el desaliñado McCaffrey (Russell Crowe) ningunea y ridiculiza a la joven redactora web hasta que advierte que puede usar el diario digital para tirar una primicia. Más tarde descubrirá también que la chica no es boba, piensa, tiene ganas de aprender, posee fuentes, escribe bien y, además, es barata para la empresa.

Lo mismo ocurre fuera de la pantalla. Las redacciones digitales –el desván de las grandes redacciones, donde son agolpadas un puñado de PC con gente– suelen ser vistas como el mal necesario que llegó de la mano de la expansión de las nuevas economías y tecnologías. Los periodistas que allí son arrumbados perciben de verdad otro sueldo (menor, claro) al de "los otros" y los desarrolladores y diseñadores web son vistos como altos freaks alienados de la Tierra.

Mientras esto sucede y escasean las ideas para legislar sobre las condiciones y derechos de este nuevo estrato dentro del periodismo, el avance digital no se detiene. En lo que va del año, la venta de diarios de papel cayó en España (El Mundo y El País, un 9%); Gran Bretaña (Daily Telegraph, un 5,6%), y los Estados Unidos (The New York Times, un 3,5%) y la lectura de diarios digitales subió en forma proporcional.

La Newspaper Association of America (NAA) difundió que, en ese país, las ediciones digitales superaron los 7,3 millones de usuarios únicos por mes en 2009, casi el 45% de la población. Claro que allí las empresas, los publicistas y directores de campañas van entendiendo la dinámica: el público con poder adquisitivo para comprar un diario de papel hoy enciende primero su computadora y ahí hay que invertir (entre 2007 y 2008, la lectura digital de periódicos creció un 32 por ciento). Aquí, en cambio, no hay negocio posible si la publicidad no queda impresa en el papel: un aviso a página entera tiene el mismo valor que varios banners (espacios de publicidad digitales) juntos.

La desigualdad tiene una amarra en la desinformación. Un alto porcentaje de público no sabe diferenciar si el diario digital genera información propia o es un simple reproductor del diario de papel. En las últimas elecciones legislativas de la Argentina, por ejemplo, sólo un candidato (radical) organizó charlas off the record con periodistas digitales.

Puertas adentro, entre los periodistas también hay desconcierto. En el film, a McCaffrey le da bronca que Frye no use birome y tenga un iPhone como anotador. A cada rato, ella tiene que demostrar que eso no afecta su capacidad para generar información. Los prejuicios laten agazapados en todos los rincones de la película y de la realidad. Los periodistas digitales se babean por ver sus nombres en los tabloides y los de papel, si bien miran a la web como un medio menor, reclaman que sus artículos aparezcan en el primer scroll de la pantalla. En la película, Frye no dice que comparte su escritorio, ni que el trabajo en un diario digital está lejos del ideal de reportero en búsqueda de su propio Watergate. Pero es así. Los periodistas digitales no tienen las mismas posibilidades que "los otros" y eso repercute directamente en la falta de excelencia en el trabajo: buscar, investigar y escribir una noticia. Algo que, por otra parte, ya viene sucediendo desde hace años en el papel con los recortes y ajustes de presupuesto.

En el Primer Foro de Periodismo Digital de Rosario, el periodista y ex director de la Maestría de Periodismo de la UBA Washington Uranga dejó varias preguntas abiertas que atañen a esta discusión y exigió un análisis particular sobre "el proceso de precarización de las condiciones laborales de los periodistas, en particular aquellos que participan en medios digitales". También recordó que el periodismo es una profesión en la que se inscriben personas dedicadas "por formación, experiencia y por vocación, a servir de nexos para actores diferentes de la sociedad", diferenciando así el derecho de cualquier ciudadano a escribir (por ejemplo, en un blog). El periodismo digital, su protagonismo y sus desavenencias, ya forma parte de la ficción con la que Hollywood procesa la realidad. Mientras tanto, nosotros vivimos día a día en ese cambio sin preguntarnos qué vamos a hacer.

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