Cuarenta lunas y una foto

Por Federico Kukso.

A diferencia de Marte, que tiene dos compañeras, la Tierra cuenta con un sola luna, una roca gris bañada de cráteres, más vieja que los dinosaurios, la injusticia y todos los imperios juntos.

A diferencia de Marte, que tiene dos compañeras, la Tierra cuenta con un sola luna, una roca gris bañada de cráteres, más vieja que los dinosaurios, la injusticia y todos los imperios juntos. En ella, en su lado brillante y nada oculto que apunta las 24 horas al planeta (aunque sólo sea visible durante la noche), hay, entre las montañas Descartes, una llanura llamada Cayley. Y en esta planicie desolada descansa sobre su superficie una foto, depositada a centímetros de la huella de una bota. Es una Polaroid de no más de seis centímetros, envuelta en un folio de plástico, que muestra a una familia de esas que el tiempo, la burocracia y las hipocresías políticas hicieron que se las conociera como "familias tipo": papá y mamá sentados y, junto a sus regazos, dos nenes firmes como granaderos, uno con corbata azul y otro con una chomba roja. Los cuatro son blancos, rubios, sonrientes y aparentemente felices. Aunque, en realidad, ocultan algo.

Si se pudiera ir en auto a la Luna en una ruta imaginaria (se tardaría, a 100 km por hora, unos 159,38 días) y se diera vuelta la foto se leería claramente: "Ésta es la familia del astronauta Duke del planeta Tierra. Aterrizó en la Luna en abril de 1972".

El Duke en cuestión es el ingeniero estadounidense Charles Moss Duke Jr., aquella voz en Tierra con la que dialogó intermitentemente Neil Armstrong en julio de 1969, aquel miembro de la misión Apolo 16 que el 21 de abril de 1972 se convirtió, con sólo 36 años, en el caminante lunar nº 10, el más joven de los únicos doce afortunados.

De los 170 mil kilos de equipo y objetos abandonados como souvenir por estadounidenses y por entonces soviéticos en suelo lunar en los sesenta y setenta, la foto de la familia Duke –catalogada por la NASA como "AS16-117-18841"– es la más humana. Están las sondas soviéticas Luna, los módulos de las misiones Apolo (de la 11 a la 17, menos, claro, la misión Apolo 13). Hay pelotitas de golf, banderines, placas, un par de botas, mantas, un martillo, una réplica de oro de una rama de olivo, bolsas vacías de comida, una cámara de TV, un trípode, una escultura de aluminio conocida como El astronauta caído (en honor a los ocho astronautas y seis cosmonautas que fallecieron en misiones o durante entrenamientos), bolsas de orina y materia fecal y, entre muchos más tesoros para futuros arqueólogos espaciales, un disco de silicio con mensajes de buena voluntad de los líderes de 73 naciones, en el que figura, por ejemplo, un saludo de Juan Carlos Onganía.

La foto de la familia Duke, sin embargo, es la que dice más. Si un extraterrestre pusiera pie en la Luna y se preguntara qué especie pudo haber dejado tanto escombro en zonas conocidas sólo por humanos como Mar de la Tranquilidad, Océano de las Tormentas, Fra Mauro, Hadley Rille, montañas Descartes o valle de Taurus-Littrow, su único indicio para hallar una respuesta sería esta foto tomada en Tierra por un tal Loudy Benjamin en el jardín de los Duke.

Charles, su esposa Dorothy Meade Claiborne (Dotty) y sus hijos Charles III y Thomas (nacidos en 1965 y 1967, respectivamente) son los únicos cuatro representantes de la humanidad en esta región inerte del espacio. Los cuerpos de los cuatro muestran cómo luce un humano por fuera, pero es la mirada melancólica de Dotty la que revela cómo es un humano por dentro.

Como recuerda el periodista estadounidense Andrew Smith en su libro Moondust, Charlie Duke fue a la Luna como un hombre y volvió como otro. En los tres días en los que caminó, saltó y dejó su marca en el suelo lunar, se operó en él una transformación. "Pese a que no hay atmósfera en la Luna y no hay ni hubo vida –cuenta Duke en Charliedukestory.com–, de algún modo sentí que pertenecía. No sentí miedo sino una sensación de paz y serenidad difícil de creer en ese ambiente hostil".

Al volver a la Tierra, esperó tres años y se retiró de la NASA en 1975 para dedicarse full time al negocio de la cerveza y a Dios, por igual. Además de componer canciones country, abrió una iglesia junto con su esposa Dotty en New Braunfels, Texas.

Aunque reconoció en su momento que no vio a Dios en la Luna, sintió –como confesaría más tarde– el "llamado de Cristo" después de superar el síndrome lunar, el "¿y ahora qué?" que agobia a todos los astronautas. Y, como si no hubiera ocurrido nada, de un día para otro formateó su pasado, volvió a foja cero: olvidó cómo durante años aterrorizó a sus hijos y maltrató a su mujer, empujándola al borde del suicidio.

La fe lo había salvado. El único recuerdo de su pasado yace a 385 mil kilómetros de distancia, en una planicie silenciosa y desolada, en la mirada perdida y vacía de su esposa Dotty.

La única foto humana en la Luna es la de un abusador.

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