Cuanto peor, peor

Por: Jorge Rivas.

El inesperado resultado electoral del 28 de junio sacudió el escenario político de nuestro país. Por un lado, ganó posiciones una primitiva derecha encarnada en herederos millonarios, que parecen convencidos –tal vez por influjo de sus propias historias personales– de que el solo devenir histórico los va a depositar en la Rosada.

Ya dan señales de estar repartiendo la piel del oso antes de haberlo cazado, sin reparar en el detalle de que parte de su éxito debe adjudicarse al hecho de que la ciudadanía los entrevió como una opción para manifestar su fastidio contra el Gobierno.

Por otro lado, una lectura sensata de ese resultado inducirá seguramente al Gobierno –si aspira a retomar el rumbo que se inició en 2003– a no insistir en los errores de los últimos meses, y a producir cambios importantes; entre ellos, el de empezar a trazar una estrategia común con la izquierda democrática.

Si se desmaleza el universo de la centroizquierda, sin embargo, se advierte que lo integran dos grandes grupos, ambos con la común idea de construir una fuerza nueva, desentendida de las tradicionales, pero también con diferencias tácticas relevantes, más allá de los clásicos vedettismos que abundan injustificadamente en el espacio. Una de esas diferencias consiste, precisamente, en cómo actuar en este contexto. Hay una parte que cree que para la edificación de lo nuevo es aconsejable evitar contaminarse con el proceso político en curso, sin advertir que cada avance del neoconservadurismo vuelve más difícil acomodarse de manera no traumática.

A los sectores que hicieron una lectura triunfalista de la elección, se les debe recordar que se impuso la derecha y que ella se apresta a ir por todo dentro de dos años, una circunstancia en la que resulta imposible encontrar motivos para la euforia. Podría considerarse como meritorio debilitar al Gobierno si se dispusiera de una alternativa superadora, pero nunca, como en este caso, si sólo se comete el viejo error de ser funcionales a las fuerzas del atraso.

Si algo deberíamos haber aprendido todos, más allá de lo ideológico, es que es absolutamente falsa aquella máxima según la cual cuanto peor, mejor. La experiencia histórica nos ha demostrado en reiteradas y dolorosas oportunidades que lo peor es irremediablemente peor. Por eso, en el campo de la izquierda democrática estamos también los que creemos que para poder construir cierta masa crítica que sostenga un programa de reformas debemos embarrarnos en la realidad, y evitar que la derecha avance.

En definitiva, creo que debemos seguir apoyando al Gobierno con autonomía crítica, a cambio de poder influir en el resultado final de acuerdo con nuestras aspiraciones. La actitud de quienes apoyan críticamente no tiene por qué ser ni obsecuente ni extorsiva, sino propositiva. Tenemos que decir cómo creemos que hay que hacer las cosas. No alcanza con decir que no nos gusta cómo se hacen. El espacio de centroizquierda se ha caracterizado por tener buenos comentaristas de la realidad, pero ya es hora de transformarla.

El saber popular suele decir que los malos momentos sirven para elegir buenos acompañantes, y también que se avanza más con lo que se tiene que con lo que se quisiera tener. Es indisimulable que éste, después de la contienda electoral, no es el mejor momento del Gobierno, pero la percepción de cuáles son los embates venideros obliga a apuntalarlo con lo que se tiene.

Es de esperar que los acompañantes de la etapa estemos a la altura del momento y que no perdamos de vista que importa más el bienestar general que el destino de cada fuerza política. El Gobierno, por su parte, deberá abandonar todo rastro de autosuficiencia y estar más atento al murmullo de las masas y a las sugerencias bien intencionadas, sin miradas conspirativas sobre cada reparo que se le hace.

Así podemos articular una fuerza de avanzada, moderna y popular, sin dogmas y con la cabeza abierta, que pueda empujar un programa de reformas de izquierda democrática, para ir construyendo una sociedad mejor hasta llegar a una verdaderamente justa. Frente a los gritos de la derecha, que trata de aturdirnos, todavía podemos decir, parafraseando a Cervantes, "ladran Sancho". Y si miramos las caritas de los que ladran, nos vamos a dar cuenta de que es imprescindible que sigamos cabalgando.

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