Cuando la política exterior es el aislamiento

Por Joaquín Morales Solá

"Chávez, otra vez en Buenos Aires." El diario español El País tituló así, este fin de semana, la noticia sobre la reciente visita de Hugo Chávez a la Argentina. Poco antes, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, informó públicamente que Barack Obama la había invitado para que hiciera una visita oficial a Washington el próximo 23 de junio.

Cristina Kirchner está fuera de la agenda washingtoniana. En el mismo fin de semana, una horda de militantes antisemitas provocó enfrentamientos en el acto conmemorativo de la creación del Estado de Israel, en pleno centro de Buenos Aires. La información recorrió velozmente las principales capitales del mundo.

Las heridas con México no cicatrizarán fácilmente después de la desdeñosa y fría cancelación de los vuelos con ese país, dispuesta por la administración Kirchner como consecuencia de la gripe porcina. Los problemas comerciales con Brasil se han profundizado hasta el extremo de poner en duda la continuidad real del Mercosur. La distancia con Chile es más que evidente luego de los conflictos energéticos entre los dos países, sobre todo por las formas de enfrentarlos por parte del gobierno de los Kirchner. La vieja tensión con Uruguay, por el cierre del principal puente internacional de la Argentina, se agravó en los últimos días. Las autoridades argentinas dictaron normas por las que virtualmente prohibieron el envío o recibo de divisas entre la Argentina y Uruguay.

El panorama de la situación internacional de la Argentina no puede ser peor. Ninguna visita de Estado importante se ha registrado en Buenos Aires desde que, hace dos años, Néstor Kirchner desairara con un faltazo a una recepción organizada en Buenos Aires por la reina Beatriz de Holanda. Sólo hubo algún paseo esporádico del paciente Lula o los frecuentes aterrizajes de Chávez o de Evo Morales. Se supone muchas veces que la opinión de la Cancillería es crítica, pero es sólo una suposición. La influencia en la cresta del poder de su titular, Jorge Taiana, o de los diplomáticos argentinos más expertos es nula o, directamente, no llega al lugar donde se toman las decisiones.

Ultimamente los Kirchner han hecho algunos esfuerzos para acercarse a Washington, convencidos de que la buena voluntad de Obama podría abrirles las puertas para un acuerdo clave y necesario con el Fondo Monetario Internacional. Pero hay un problema: Kirchner no ha cesado con el petardeo verbal al organismo internacional, que está incluido ahora también en sus tribunas de campaña. Kirchner necesita volver al Fondo, pero necesita, de igual modo, de condiciones que le permitan contar un regreso triunfal. Confía en Obama.

El problema es que Obama ha designado en el importante cargo de subsecretario de Estado para asuntos latinoamericanos a Arturo Valenzuela, un intelectual comprometido con los demócratas norteamericanos y preocupado por la calidad de la democracia en América latina. Valenzuela no precisa que nadie le cuente cómo es la Argentina, quiénes son sus gobernantes y cuáles son sus problemas.

Nacido en Chile, país con el que mantiene un permanente lazo afectivo, el nuevo responsable para América latina del Departamento de Estado cuenta con un vasto número de amigos y conocidos en Buenos Aires, ciudad que visita con frecuencia. En síntesis, carece de la ingenuidad sajona de Thomas Shannon, el anterior titular del cargo, que muchas veces vacilaba ante el doble discurso de Néstor Kirchner.

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Con la llegada de Obama, quizá Washington ha perdonado, pero es seguro que no ha olvidado, el escándalo diplomático de Mar del Plata, en 2005, cuando Kirchner maltrató a George W. Bush delante de una treintena de presidentes americanos.

Los funcionarios norteamericanos estuvieron siempre convencidos de que el propio Kirchner había organizado la contracumbre de esa cumbre a orillas del mar argentino, en la que brillaron, otra vez, Hugo Chávez y sus descalificaciones a Bush. Para los norteamericanos, la institución presidencial es intocable, más allá de quién la corporiza circunstancialmente. "La verdad es que nunca pudimos reconstruir la relación con Washington después de Mar del Plata", se sinceró un funcionario político de aquellos tiempos.

Chávez estuvo ahora en Buenos Aires y en El Calafate. Es el único mandatario extranjero que jamás fue desatendido por los Kirchner. "Es la forma de Kirchner para mostrar independencia de los Estados Unidos", se sinceró un ministro actual. Entreverado en la intensa polvareda de la política vernácula, el hombre fuerte del país no ha percibido un cambio sustancial en la correlación de fuerzas internacionales.

Obama no es lo que era el impopular Bush; es, por el contrario, el líder mundial con mayores índices de popularidad. Chávez tampoco es sólo el locuaz emisor de bravatas de otrora; es ahora un presidente que camina sin vacilaciones hacia una dictadura perfecta. Acaba de prohibir la importación de libros no autorizados; por el régimen y de limitar seriamente la impresión de ellos. Brigadas oficialistas harán lo que ninguna brigada pudo hacer nunca: expandir una cultura y una educación determinadas a todo un pueblo. El principal líder opositor, Manuel Rosales, alcalde ganador en las últimas elecciones, debió exiliarse en Perú. Chávez sigue expropiando empresas de propiedad privada y ha profundizado, en los últimos tiempos, su vieja ofensiva contra la libertad de prensa.

Chávez ha retirado al embajador en Israel, luego de permanentes choques con la comunidad judía de su país. Es en ese marco en el que vándalos antisemitas irrumpieron violentamente en el acto del domingo por la creación de Israel. Cristina Kirchner ha hecho muchos esfuerzos para acercarse a la comunidad judía, pero la presencia de dirigentes antisemitas en sus filas, sumados a actos de violencia como el del domingo, coloca un denso velo de sospecha sobre las verdaderas líneas políticas de su administración.

Tensión con México, Uruguay y Chile. Distancia con los Estados Unidos, que podría agravarse si no se aclarara el escándalo en el acto por Israel. Europa parece haber perdido cualquier curiosidad por el destino argentino. El Mercosur agoniza enfermo de crispaciones entre sus principales sociales, Brasil y la Argentina. El aislamiento es, por ahora, el único legado internacional de los Kirchner.

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