Cuando la política es apenas una caricatura

Por Beatriz Sarlo

Demos por sentado que el lector de esta nota sabe, ya que se lo han repetido hasta el cansancio, que la política se construye en los medios. Tampoco ignora, porque lo ha comprobado con sus ojos, que los políticos viven pendientes de su imagen. Los diarios le informaron que algunos entregan esa delicada construcción visual y sonora a agencias de publicidad como si se tratara, según los casos, de presentar un nuevo jabón en polvo o reposicionar un conocido yogur; que otros escuchan a asesores profesionales, y que son pocos los que recurren sólo a su intuición y a gente de confianza, ya sea por falta de plata o porque piensan que su actividad es diferente de las que necesitan mercadotecnia.

El lector también sabe, porque se lo han explicado los investigadores académicos, que la gente mira televisión de distintos modos. Que no confunde, por ejemplo, un programa cómico con un noticiero y que decide en cada caso a quién creerle y a quién no.

Todas estas explicaciones, no siempre fundadas en otra cosa que no sea la opinión o los deseos del investigador, se han esforzado en demostrar que la gente no es manipulada por los medios, sino que tiene sus personales estratagemas para creerles un poco, desconfiar otro poco, mirar tonterías, pero desarrollar, al mismo tiempo, el pensamiento crítico, etc. Si todo esto fuera exacto, no habría por qué alarmarse frente a las audiencias que han plebiscitado el modelo de Gran Cuñado . El problema es que, cuando las papas queman, incluso los creyentes en la soberanía ideológica de la "gente" empiezan a sentir el resquemor de una pequeña alarma.

Por eso, los contenidos explícitos y las audiencias del programa que incluye Gran Cuñado entre los números de su variété han puesto nerviosos a casi todos los que se juegan algo en las próximas elecciones, y el ministro de Justicia ha tenido a bien informarnos que no está entre sus planes "regular" el programa (¿de qué instrumento se valdría si eso estuviera entre sus planes?).

En la televisión rige la ley de los grandes números y, con ella, se abren las puertas del cielo o del infierno. Esa ley también puede, eventualmente, regir para diarios de circulación superior a los cien mil ejemplares, que rebotan en las pantallas. La revista Barcelona , en cambio, publica cada dos semanas tapas extraordinariamente ácidas, pero es una revista sobre papel, de circulación mucho más restringida. La comicidad de sus títulos y volantas no se basa en la imitación de nadie, sino en el desvío de sentidos que hace que el chiste salte por donde menos se lo espera. Las tapas de la revista (que pueden verse en Internet) son mucho más corrosivas respecto del estado general de lo político que las imitaciones de Gran Cuñado .

Nadie se ocupa mucho de ellas porque divierten a una pequeña burguesía que no decidiría su voto así nomás. Barcelona hace humor político, no imitaciones; por lo tanto, más que a la identificación (X es x), apela a la distancia (X puede ser leído de modos fluctuantes).

Con Gran Cuñado, la cuestión es diferente, porque allí el humor es exclusivamente caricaturesco (X es directamente la hipérbole de x): Cristina se arregla las mechas; Néstor es bizco y desbocado; Reutemann, mudo; Carrió lee profecías; Macri tiene una incomprensible fonética de Barrio Norte, etc. La exageración de unos cuantos rasgos produce el personaje. La risa es inevitable, como en las imitaciones de cantantes, de actores, de deportistas, tan espontánea como suele serlo frente a las buenas imitaciones de aficionados. Los rasgos imitados son los que definen una fisonomía por su lado más cercano al grotesco. Por supuesto, el resultado de esta representación caricaturesca es juzgado con ojos críticos por el objeto de la caricatura, si piensa que así se revelan sus puntos débiles a los potenciales votantes.

Fuera de una coyuntura electoral, ser caricaturizado es, en cambio, un signo de notoriedad porque sólo los famosos son personajes potenciales; por eso, los políticos suelen coleccionar las caricaturas que de ellos han publicado los diarios. La cuestión se pone peliaguda cuando al narcisismo de ser lo suficientemente famoso como para ser representado se opone la necesidad de juntar votos que, hipotéticamente, se vería obstaculizada por los efectos de la caricatura. El parnaso de Gran Cuñado sería la gloria si se pudiera suspender la coyuntura electoral.

Ritualmente se menciona a Tato Bores como un patrón del humor político televisivo, olvidando que no sólo su talento fue singular sino que vivió en años menos inclementes con los requisitos de la inteligencia. Tato Bores trabajaba, en primer lugar, con su propio cuerpo y voz: él se colocaba como fundamento humorístico de sus programas. Los monólogos no representaban a "otros" existentes, sino que mostraban a Tato Bores interpretando un personaje; eran invención cómica, no imitación caricaturesca. La ironía tenía un lugar más importante que la parodia.

El hecho de que Gran Cuñado se haya convertido en el hit de dos semanas de campaña electoral habla de medios audiovisuales que han restringido su oferta y que no se atreven a colocar a grandes cómicos en pantalla, porque no están seguros de que así retendrían las audiencias, acostumbradas a una televisión de aire que va a lo seguro respetando la ley de los grandes números.

La caricatura y el disfraz ocupan el lugar de recursos intelectualmente más difíciles de manejar, como lo fueron la puesta en escena y las ocurrencias verbales, casi surrealistas, porteñas sin costumbrismo servil, de Tato Bores. El humor se sostiene por la repetición de rasgos, la caricatura y la parodia. Pero también por la ironía, por la distancia reflexiva y no sólo por el pegoteo mimético con la realidad; por la invención que convierte a un personaje en algo extraño y no sólo en la gigantografía de su modelo; por la incorporación de signos que no estaban antes en el diseño de una figura pública (un ejemplo ya clásico es Carlos Menem con su silloncito, dibujado por Hermenegildo Sábat). Las imitaciones son sólo un capítulo del humor. Hoy parece ser casi el único que la televisión pone en pantalla y, por lo tanto, el discurso se concentra en ellas, con una mirada cuya hipnosis padecen los políticos.

Se piensa que un desvío que prescinda de la obviedad no puede conseguir más de cuatro puntos de audiencia. La dieta humorística prescribe a su público lo que se cree que puede digerir sin el menor esfuerzo, y en un círculo verdaderamente pedagógico lo inhabilita para practicar otros ejercicios de imaginación. No sabemos cómo podría ser el público, y muchos de los cautivos hogareños de la millonaria colonia de Gran Cuñado no saben si les gustaría una televisión diferente. El estado del humor tiene una arista en común con el estado del discurso político. En ambos casos se desconfía de que las audiencias o los ciudadanos puedan interesarse por algo que no sea la repetición.

Es cierto que la política se sostiene por la repetición, pero también por la innovación y la persuasión del argumento, por la explicación detallada de problemas que no son sencillos ni se pueden presentar solamente como "aquello que le interesa a la gente", por la defensa de ideas y no sólo de consignas. Incluso en la era del slogan hay salida y es posible prescindir del lenguaje estereotipado, si se confía en que los que votan pueden entender que, para gobernar, es necesario encarar las cuestiones más complejas y los problemas más intrincados. Esto no debería convertir a los políticos en jefes de trabajos prácticos de una cátedra universitaria, sino enfrentarlos con su tarea: ser grandes traductores de las cuestiones públicas.

Gran Cuñado no sirve solamente para hacer un diagnóstico de la televisión, sino de buena parte de los candidatos. Es correcto recordar el magnicidio televisivo de De la Rúa perpetrado por el mismo programa, pero sin sacar de allí lecciones equivocadas: De la Rúa cayó por sus propios méritos, entre los que se incluyó el que un conductor de kermés televisiva lo tratara de un modo que ahora no ha repetido con Kirchner.

El diagnóstico que facilita Gran Cuñado tiene que ver con la dependencia de la política respecto de medios audiovisuales, no simplemente en el sentido en que todos afirman (no hay política sin televisión), sino en otro: ambos discursos, el de la caricatura y el de la mayoría de los políticos "reales" son demasiado elementales, reducidos a un puñado de tics y de singularidades.

Tanto el humor como la política argentina desconfían de nosotros.

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