Cuando el poder acecha y se manifiesta

El interés económico de sectores poderosos, las influencias políticas y las bendiciones de los capitostes pesan mucho más que el mejor de los planes a impulsar desde una banca.
Todos los tiempos y plazos se aceleraron en el país luego de que se decidiera en la Casa Rosada adelantar las elecciones legislativas al 28 de junio y lo terminara por ratificar ayer el Congreso. La fiebre internista se apoderó de los partidos y, en Mendoza, lo que debería experimentarse allá por agosto o setiembre, comenzó a vivirse desde unos quince días atrás, en un proceso tan lógico, normal y complejo como ajeno a los intereses reales y concretos de la ciudadanía. ¿Pueden ir de la mano las ambiciones de todos quienes se candidatean en los partidos de punta,con las necesidades y demandas del ciudadano común? Deberían acompañarse, pero es evidente que no es así. Es más, en esta campaña que si bien, es cierto, sólo es legislativa, los grandes temas de preocupación están ausentes, por ahora. Nadie está hablando de educación, de seguridad, de salud, de justicia. No se escuchan programas y proyectos estratégicos que deberían impulsarse desde una banca, sea del Concejo Deliberante, la Legislatura provincial o el Parlamento Nacional. Y tampoco se trata de hacer, porque sí, planteos ingenuos. Muchas veces, bajo el argumento de que las quejas son ingenuas y obvias, no se realizan ni se escriben ni se dicen. Pero en las internas partidarias hoy debería discutirse el mejor plan de los candidatos para mejorar las chances del sector. Sin embargo, el interés económico de sectores poderosos, las influencias políticas y las bendiciones de los capitostes pesan mucho más que el mejor de los planes a impulsar desde una banca.

¿Para qué sirve la política, entonces? Pregunta básica que hoy se pueden estar haciendo los chicos en la escuela primaria, en el Polimodal y también en la universidad. Todos los esfuerzos de la política deberían apuntarse a mejorarle la vida a la gente, pero la gente (muchas veces tomada mediáticamente como una entelequia) no tiene la fuerza necesaria para encumbrar a los mejores que defiendan sus intereses en los órganos colegiados. Y si alguna vez lo logró, el ungido, en más de una vez, terminó licuado en un sistema en donde parecen triunfar aquel o aquellos que lograron imponerse por su poder económico. El dinero, el poder del dinero, el de la opulencia, la abundancia y la ambición desmedida por controlar todo parecen haberse impuesto por sobre los intereses supremos de lo mejor de la política.

¿Qué se pone en juego cuando el ciudadano va a las urnas? La organización social que pretendemos como comunidad; sus proyectos; sus sueños; su desarrollo integral. Y viene bien reafirmar algunos conceptos en este tiempo, como el de ciudadanía, por caso: "No es posible tener una democracia operando de forma efectiva, y no apenas judicialmente normal, sin un continuo ejercicio de ciudadanía. Este tiene como función controlar a la clase política a través de campañas y presiones legítimas e interferir en la pauta política, económica y social de su país", escribe en su página el Instituto de Política y Democracia (IPD), un instrumento de ciudadanía y transformación social para América latina y el Caribe, con sede en Recife, Brasil. Y también se agrega: "Los partidos políticos, las elecciones y la prensa libre son condiciones necesarias para operar una sociedad democrática, pero no suficientes.

A la sociedad civil le toca un papel mucho más relevante que lo que se delega hoy a la clase política, ya que formamos la gran masa de la mayoría, sujeto y objeto de todo lo que se llama Estado-Nación.

Si un ambiente de libertad para que los gobernados elijan a sus gobernantes es el fundamento central de una democracia, lo que finaliza con la formación y reproducción de la clase política, la contrapartida de la sociedad civil, es el ejercicio de la ciudadanía".

En Mendoza, como en el país, el poder económico ha solido inmiscuirse entre los intereses de la ciudadanía y su relación con el Estado. El proceso de privatización de los servicios públicos, el posterior y deficiente sistema de control de las empresas concesionarias de esos servicios públicos, la venta de los bancos estatales, el uso indebido de los recursos públicos destinados a necesidades sociales, la nula capacidad del Estado para ponerle coto y tope al avance de ciertos sectores por sobre los recursos naturales de la provincia, han sido algunas de las consecuencias perjudiciales que ha sufrido la sociedad. Un producto directo, liso y llano de no contar con una clase política al servicio de intereses generales, más que de unos pocos.

El cómo elegir a los mejores y que esos mejores no terminen por sucumbir es uno de los grandes dilemas que se le presentan a la sociedad cada vez que se enfrenta ante un proceso electoral, más cuando lo mejor que ofrecen los partidos genera tantas dudas e incertidumbres.

Hoy pocos integrantes en el oficialismo y muy pocos en la oposición pueden darse el lujo de militar entre aquellos a los que todavía se les tiene un poco de confianza y credibilidad. Los medios, la publicidad engañosa, las campañas inventa-candidatos podrán ofrecer un producto en apariencia atractivo, carismático, ecuánime y hasta fiable. Pero muy pocos, de esos, podrán contar con la independencia absoluta que les proporciona no ser un producto del poder económico que siempre necesita de brazos ejecutores en aquel lugar en donde se reparte la torta.

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