Cuando se extrañe a Kirchner

Por Jorge Fontevecchia

Hay quienes sostienen que Kirchner coordinó con Macri hace 40 días el adelantamiento de las elecciones para herir a Carrió, obligándola a competir con Gabriela Michetti, y a Solá, quitándole tiempo para volcar a su favor la estructura del peronismo que precisaba para superar a De Narváez en las encuestas y así encabezar las listas del PRO-peronismo en la provincia de Buenos Aires.

Hay, incluso, quienes pronostican que la eventual boleta que llevaría a Néstor Kirchner y Pepe Scioli (hermano de Daniel), los mismos apellidos de 2003, encabezando la lista de candidatos a diputados por la provincia de Buenos Aires, ganaría las elecciones del 28 de junio en ese distrito, que representa el 40% del padrón electoral. En síntesis, que el adelantamiento de las elecciones sería una jugada maestra tan sorpresiva y divisoria de la oposición como la nacionalización de las AFJP.

Así titularon los diarios: “Viveza pingüina”, Crítica. “La mejor defensa es un buen adelanto”, Página/12. Y “Una jugada para salir de la encerrona”, el análisis de Clarín.

La reacción de Kirchner y la interpretación que se realiza nos pinta de cuerpo entero como sociedad. Un extranjero se sorprendería de nuestra manera de ordenar la realidad. Más allá de los “buenos reflejos” y la “avivada” oficial, haría más foco en el ocaso de época que significa la extrema debilidad de un gobierno que, después de haber acumulado el mayor crecimiento ininterrumpido de la historia (51% de aumento del Producto Bruto durante 74 meses seguidos), no puede esperar cien días para cumplir con el cronograma electoral, y tiene que arriesgar al conductor de ese éxito y reciente ex presidente como candidato a diputado. También los ejércitos en retirada pueden ganar algunas batallas y en su camino de retaguardia destruir lo que encuentran a su paso, pero están en retirada.

Qué se ve de lo que pasa habla del que mira y no sólo del observado. En su libro Shakespeare en la selva, la antropóloga norteamericana Laura Bohannan cuenta su regreso a una aislada tribu de Africa: los tiv, con los que había convivido y logrado confianza gracias a un experimento anterior, para representarles Hamlet y comprobar si la naturaleza humana era igual en todas partes.

Cuando comienza con la obra contándoles que una noche tres hombres que montan guardia ante una sepultura ven de pronto que el difunto jefe se les aproxima, se produce la primera desinteligencia. “¿Por qué no seguía siendo jefe?” preguntó un tiv. “Porque había muerto y por eso se asustaron al verlo”, respondió la socióloga. “Imposible”, comentó uno de los ancianos al pasar la pipa a su vecino, quien lo interrumpió: “Desde luego que no era el jefe difunto, se trataba de un signo enviado por un brujo”.

La profesora continuó con su relato: “Uno de ellos, Horacio, se dirige al jefe muerto para preguntarle qué es preciso hacer para recuperar la paz, y como el difunto no responde declara que corresponde entonces al hijo del jefe muerto, Hamlet, ocuparse del asunto”. Gran conmoción entre los tiv suspende momentáneamente la función porque como el difunto tenía aún un hermano vivo, los ancianos murmuraron: “Esas tareas corresponden a los jefes y no a los jóvenes, nada bueno cabía esperar de algo que se hacía a espaldas de un jefe; era evidente que este Horacio no era alguien que supiera hacer las cosas”.

Más confusión aún se generó cuando la socióloga no logró responder la pregunta que le realizaban los ancianos de la tribu sobre si el jefe asesinado y su hermano aún vivo eran hijos de la misma madre, algo que Shakespeare no explica pero resultaba fundamental para los tiv: “El anciano jefe me dijo en un tono severo que esos detalles genealógicos eran esenciales y al regresar tenía que interrogar a los ancianos de mi país acerca de ello, mientras ordenó a una de sus jóvenes esposas que trajera su piel de cabra”.

La socióloga orientó su relato hacia Getrudis, la madre de Hamlet , y cómo incomodó que se volviera a casar tan pronto sin esperar que transcurriera el plazo de dos años de luto tras la muerte de su esposo. Quien ahora la interrumpe es la esposa del anciano jefe que venía con la piel de cabra: “Dos años es demasiado tiempo. ¿Quién cultivará tu campo por ti mientras no tengas marido?”. Luego los ancianos concluyeron que también hizo muy bien el hermano del jefe muerto en casarse con su viuda y madre de Hamlet.

El relato continúa con desopilantes interpretaciones de los tiv, como por ejemplo cuando Hamlet habla con su padre muerto y todos al unísono vuelven a oponerse a que los muertos hablen o caminen, y sólo la obra puede continuar cuando el brujo de la tribu concluye que no se trata del padre de Hamlet sino de un zombi, esos cadáveres que los brujos reaniman para sacrificarlos y comerlos.

La forma actual en que se hace política en la Argentina sorprendería tanto a los tiv como a Shakespeare y a la socióloga norteamericana, pero no a nosotros mismos, que estamos acostumbrados a estos “códigos” y nos parecen de lo más naturales. Kirchner es apenas un actor relevante de esta parte de obra pero no ha sido su creador ni será perpetuo protagonista. Kirchner es un espejo de nuestros defectos, del que podríamos aprovechar su reflejo para corregirnos.

Esos códigos desagradables se aprecian de forma ampliada ante cada cambio de ciclo. En una conversación privada con el dueño de un conjunto de medios de prensa al servicio del Gobierno, uno de sus proveedores –preocupado por el futuro, cuando el oficialismo decaiga y la publicidad oficial aminore– le preguntó qué pensaba hacer cuando los vientos políticos cambiaran. “Muy fácil, haremos lo mismo para el que venga”, respondió. Pero sería injusto criticar a los dueños de medios acomodaticios sin primero castigar electoralmente a los propios políticos que se pasaron de Menem a Duhalde y luego a Kirchner sin el mínimo síntoma de incomodidad. O moralmente a empresarios del más alto nivel, y así la lista podría continuar.

Creer que el problema es Kirchner, como la solución para quienes lo apoyan, y que la cuestión se centra en su relevo o permanencia es condenarnos a repetir eternamente como Sísifo nuestra historia actual.

Si no cambiamos nosotros mismos, dentro de poco algunos de quienes hoy insultan a Kirchner comenzarán a extrañarlo achacándole todos los males del país a su sucesor, y recordarán con cierta nostalgia el período de crecimiento de 2003-2008. Como dijo Gandhi: “Nosotros mismos debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo”. Las cosas no cambian, los que cambiamos somos nosotros.

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