¡Cuac!

¡Cuac!
Boca volvió a ganarle al Milan, su hijo europeo. Y fue otra vez por penales, como en la Intercontinental 03, con el Pato de gran figura. Primera alegría para Coco.
Algún recuerdo trae esto, ¿no?".

Carlos Bianchi tiró la frase, con una mueca cómplice, y siguió su camino. Boca acababa de acostar a dormir al suo figlio, el Milan (5 victorias, 3 empates, 2 derrotas). Por penales, otra vez, como en la fría Yokohama del 2003, tierra de la última gran conquista del Virrey. Y con el Pato Abbondanzieri, otra vez, con su temple enguantado en amianto y sus ganas a prueba de balas.

Porque se bancó las críticas tras el infortunio en el gol de Anderson contra el Manchester United, apenas 24 horas antes, y se regaló una revancha. Justo cuando a miles de kilómetros de aquí, en Buenos Aires, se empeazaba a tejer otra negociación en busca de otro que cuidara el arco. Alfio Basile, sin dudarlo, lo metió entre los 11 de memoria. "Si no lo banco yo... ¿No lo vieron? Contra el Milan fueron el Pato más diez", agitó el técnico sus cuerdas vocales para quitarle fecha de vencimiento a la titularidad de Roberto. El propio Abbondanzieri puede ayudar a espantar todos los fantasmas que le revolotean: con sólo recuperar la memoria de arquero que hizo chico el arco de Boca, es capaz de cerrar todas las tratativas. Y el Pato, ayer, se dio la mejor mano que podia darse a sí mismo.

Cosa de tocayos, el último penal se lo atajó a Alexandre Pato. Le achicó el arco. Lógico, por sus 18 años. La cuestión central sucedió minutos antes, en la segunda ejecución de los tanos, cuando la lista armada por Leonardo volvió a poner a Andrea Pirlo frente al recuerdo del penal más doloroso de su carrera, el que el propio Pato le atajara en Japón. Aquella vez, a la derecha. Ahora, a la izquierda. Con el agravante en esta ocasión de que el italiano, canchero, se quiso hacer el Riquelme picando la pelota, justo como Román lo había hecho en la ejecución anterior. ¡Cuac!

No sería coherente pedirle al Pato que, casi a los 37 años, ataje como a los 31, cuando llegó a su techo de rendimiento y emocional ganando la Intercontinental. Pero él supo siempre plantarse firme ante los desafíos. Volver a Boca fue uno de ellos, precisamente porque fue muy fuerte la imagen de solvencia que dejó antes de partir al Getafe. Es, en buena parte, la lucha del tipo contra aquel ideal que él mismo edificó, que nadie le inventó ni le magnificó. De regreso a Alemania, país que pocos buenos recuerdos le trae (la salida por lesión en el último Mundial, la eliminación contra el Bayern Munich en la Copa UEFA 2008), se cayó pero volvió a levantarse. Si a algo están acostumbrados los arqueros, es a los revolcones.

No lo favorece el afán ofensivo de este Boca; se sentiría mejor (como cualquier arquero) refugiado en una estructura defensiva más sólida. Pero los equipos de Basile asumen este riesgo. Lo bueno para el Pato es que Boca está defendiéndose bien con la posesión de la pelota. Lo hizo contra el Manchester y lo repitió ante el Milan. Y le sienta bien a esta defensa tener un tipo como el Paletta de ayer, poco ortodoxo pero efectivo al rechazar todo. Podría ser una versión no tan distinta de ese Flaco Schiavi del que todavía tanto se habla.

Fue Abbondanzieri el vértice más alto de un equipo que, otra vez, volvió a mostrarse más entero que su rival en el segundo tiempo. Fue Ronaldinho, aun con una cara más redonda que le esconde un poco los dientes, el punto más alto del rival. Pisadas, chicles, tacos, bicicletas y cuanto firulete se imagine es capaz de tirar Dinho cuando está montado en sus rulemanes. El fútbol tiene otros número uno, pero ninguno es capaz de hacer tanta magia. Ese mago eligió a dos tipos para regalarles camisetas: Riquelme, que convirtió su penal picando la pelota, y Abbondanzieri, que tuvo su redención.

A ver cuántos en el mundo pueden decir que tienen al Milan de hijo.

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