Los cruces entre candidatos desplazan el debate.

En lugar de discutir sobre las propuestas y las plataformas, buena parte de la dirigencia política prefiere descalificar a sus adversarios. Los especialistas creen que la "campaña sucia" entre postulantes perjudica a los votantes porque les impide conocer las ofertas.
Si una campaña electoral es un juicio cuyo veredicto final se conoce el día de los comicios, pues entonces no resulta extraño que el camino esté plagado de acusaciones y de denuncias. De hecho, la discusión sobre las propuestas y las plataformas electorales parece haber quedado en el olvido, sepultada por un terreno político fértil para que proliferen los cruces verbales entre los candidatos. Pero, ¿es natural que las peleas mediáticas entre contrincantes monopolicen los titulares de los diarios? ¿es saludable que, a 41 días de las elecciones, ningún aspirante a senador o a diputado haya presentado sus proyectos en caso de llegar al?Congreso?

Los politólogos reconocen que, en los últimos años, el debate de ideas perdió protagonismo en manos del inagotable caudal verborrágico de los referentes políticos. Según sostienen, este fenómeno guarda relación con el poco interés que la ciudadanía muestra por la cuestión pública. En ese sentido, la intensidad de las campañas electorales crece a medida que transcurre el tiempo y se acerca el día de la votación. Incluso, cuando las encuestas de opinión son claros indicadores de las intenciones de voto de los electores, muchos movimientos políticos desesperados lanzan un último zarpazo a su contrincante.

Esta estrategia electoral, en la jerga política, se conoce como campaña sucia o negativa. Ni más ni menos, la táctica a la que recurre la dirigencia es la del escándalo o desprestigio a gran escala y con una gran divulgación mediática contra el circunstancial oponente. En este contexto, pareciera ser que todo vale: críticas desmedidas, rumores y hasta denuncias que suelen llegar a la Justicia pero que, cuando la elección se convierte en un lejano recuerdo, termina en algún cajón de los Tribunales.

La política tucumana no está exenta a ese fenómeno. De hecho, el cruce de epítetos entre referentes de una y otra fuerza desplazó desde hace tiempo al contraste de ideas y de proyectos. La carrera lanzada al 28 de junio no es la excepción. Desde la propia Casa de Gobierno partieron dardos hacia los sectores de la oposición. Por ejemplo, la afirmación del presidente subrogante de la Legislatura, Sergio Mansilla, de que el 99,9% de la oposición "pide ayudas de todo tipo al Gobierno", enardeció sin distinciones a las fuerzas antialperovichistas. Algunas de estas, incluso, responsabilizaron al gobernador, José Alperovich, por la imposibilidad de alcanzar acuerdos entre los partidos opositores. "El gobernador operó para que no se haga la alianza entre Fernando Juri y José Cano. Hubo factores externos que impidieron que las negociaciones prosperaran y se consolidaran", sentenció, lapidario, el cointerventor de la UCR, Julio César Herrera.

Juri también estuvo envuelto en un escándalo mediático con el presidente de Fuerza Republicana, Ricardo Bussi. Los dirigentes reconocieron que hubo contactos entre operadores de ambos sectores, pero que al final no pudieron acercar posiciones. Luego, estalló una fuerte polémica. El bussismo no incluyó en la lista de candidatos a diputados a Delia Pinchetti de Sierra Morales y esta se pasó al jurismo. Inmediatamente, Bussi denunció que la actual senadora pidió $ 1,5 millón para postularse a la Cámara Baja por FR. Juri, indignado, le cuestionó la actitud de Bussi.

¿Esa será la tónica de la campaña que aún no ingresó en su recta final? Los especialistas no tienen dudas de que esta práctica es la que se impone. No obstante, formulan la aclaración de que no es lo mismo insultar que descalificar al adversario. Un insulto adquiere ribetes personales, mientras que descalificar es cuestionar la capacidad o ciertos aspectos públicos del contrincante. La descalificación, incluso, sí puede generar réditos políticos; siempre que la acusación sea creíble.

De todas formas, queda claro que la estrategia de la campaña sucia llegó para quedarse y que perjudica a los ciudadanos porque les impide conocer las ofertas concretas de los candidatos. Y pone en evidencia la incapacidad de buena parte de la clase política para llevar adelante un debate programático, ajeno a lo emocional.

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