El cronograma de un final anunciado

Por: Mariano Grondona.

La cuenta regresiva del poder kirchnerista ha comenzado. El jueves 3 de este mes, la oposición tomó el control de las comisiones del nuevo Congreso. El jueves 10, el nuevo Congreso se constituyó formalmente, dejando al kirchnerismo en minoría.

Pero ambas fechas, acompañadas por la importante manifiestación "del campo y la ciudad" que tuvo lugar en el Rosedal este último jueves, no son definitivas porque todas ellas forman parte de una serie de pasos que comenzaron antes de ellas y que culminarán después de ellas. Estamos, por lo tanto, en medio de una secuencia de acontecimientos que marcaron y que marcarán las fases de un único proceso: la exaltación seguida por la degradación del poder absoluto de Néstor Kirchner a partir del punto en el que este proceso nació hasta alcanzar su apogeo y en dirección del punto final en donde acabará. Conviene ordenar por ello esta secuencia cuya duración será finalmente de ocho años y seis meses y medio, desde el 25 mayo de 2003 hasta el 10 de diciembre de 2011.

El 25 de mayo de 2003, Kirchner asumió el poder. El 10 de diciembre de 2007, cuando Cristina Kirchner sucedió a su marido gracias a una elección en la que había obtenido el 46 por ciento de los votos, marcó el apogeo del kirchnerismo. Pero el 17 de julio de 2008, cuando el Senado rechazó la famosa resolución 125 gracias al voto de 36 senadores y al desempate del vicepresidente Cobos, comenzó la declinación del poder kirchnerista. Mientras el apogeo de los Kirchner duró algo más de cinco años, así, su declinación promete prolongarse por algo más de tres años, hasta el fin del período presidencial de Cristina.

El 28 de junio de 2009, la declinación de los Kirchner se acentuó cuando perdieron ampliamente las elecciones parlamentarias y el caudal de sus votos retrocedió del 46 al 25 por ciento. Pero incluso antes de aquella fecha comenzó la enconada resistencia de Kirchner al vuelco adverso del electorado que ya se preveía, mediante medidas como el adelantamiento de las elecciones y las famosas "candidaturas testimoniales" que buscaban recuperar con ayuda de la popularidad de gobernadores e intendentes el apoyo que el matrimonio presidencial estaba perdiendo. Entre junio y diciembre de este año pudimos asistir a la breve e intensa campaña de los perdedores para apurar en el viejo Congreso una serie de leyes que ya no podrían obtener en el nuevo. Y así fue como llegamos al 3 y al 10 de diciembre, que contemplaron el acceso al Poder Legislativo de la oposición victoriosa en los comicios de junio.

En la nueva estación

En esta estación es donde ahora nos hallamos. A lo largo de 2010 la oposición, que dominará el Congreso, logrará probablemente la aprobación de nuevas leyes mediante las cuales espera sustituir el falseamiento de los datos económicos del moribundo Indec por un nuevo instituto de estadística y censos que resulte creíble, acabar con el cepo al que ha sometido el Consejo de la Magistratura a la independencia de los jueces e ir arrebatándole a Kirchner el manejo arbitrario de la "caja" fiscal que le había permitido someter hasta ahora a las autonomías provinciales.

El segundo domingo de agosto de 2011, sólo dos meses y medio antes de la próxima elección presidencial, habrá elecciones internas y abiertas dentro de los partidos, destacándose entre ellas "la madre de todas las batallas" por el control del justicialismo en el Gran Buenos Aires que librarán lo que quede para entonces del kirchnerismo y el resurgente "peronismo federal", que ya lo venció en junio de este año. El cuarto domingo de octubre de 2011 tendrán lugar los comicios presidenciales y el 10 de diciembre de 2011 jurará, finalmente, el nuevo presidente. Pero no habría que ignorar en este recuento que recién en esta última fecha asumirá el primer Congreso que expresará tanto el humor de 2009 como el humor de 2011, dejando atrás al "nuevo Congreso" que acaba de asumir y que, al contrario del que tendremos en 2011, sólo expresa "parte" del pronunciamiento electoral del 28 de junio, ya que todavía subsiste en la mitad de la Cámara de Diputados y en los dos tercios del Senado el humor kirchnerista de 2007, el residuo final de un tiempo pasado cuyos efectos todavía subsistirán parcialmente en los dos años que correrán entre hoy y 2011.

El proceso de exaltación y de degradación del kirchnerismo abarca, por lo visto nueve fases de 2003 al 2011, que marcan como en un electrocardiograma las idas y venidas del intento del matrimonio Kirchner de quedarse con todo para terminar en nada, dos fases "ascendentes" de 2003 a 2007 y siete fases gradualmente "descendentes" de 2008 hasta su agotamiento en 2011, cuando la república democrática cuyo ideal concibieron nuestros mayores a partir de 1853, y cuyo eclipse se hizo presente a partir de 1930, vuelva a brillar.

De abajo arriba

Este proceso de exaltación y degradación del poder kirchnerista, que parece desordenado, responde sin embargo a la lógica democrática. ¿Quién manda, en efecto, en la democracia? Manda el pueblo. Cuando una minoría que había obtenido una mayoría como la que benefició a los Kirchner entre 2003 y 2007 se empeña en encerrarse en sí misma, tarde o temprano el pueblo recupera el ejercicio de su soberanía , ese poder que está "sobre" todos los demás. Y si el vuelco del pueblo terminó por manifestarse en forma contundente en los comicios de 2009 y promete consolidarse de aquí a dos años, lo que sorprende ahora es que los Kirchner, en vez de inclinarse democráticamente ante el nuevo humor del pueblo, se hayan empeñado en resistirlo mediante una sucesión de recursos desesperados a la que piensa sumar el veto, legalmente posible pero políticamente inviable. Otros países, como Uruguay, Brasil y Chile, que vota hoy, no han exhibido este tipo de enconada resistencia antidemocrática que caracterizó a los Kirchner. Si hacemos el esfuerzo de mirar las cosas desde el ángulo de ellos, sin embargo, ¿podían hacer otra cosa?

Si bien su obcecación desde el poder que todavía tenían sorprendió a muchos, ella era, en cierto modo, previsible. Lo era, por lo pronto, si tomábamos en cuenta su propia vocación autoritaria. Pero debe reconocerse también que si se hubieran plegado al nuevo humor de los argentinos, y habida cuenta de que este drástico cambio de humor había sido de su exclusiva factura, probablemente ese descenso de la cumbre del poder, que no han podido evitar pese a sus ardides, igualmente se habría producido. A los presidentes en situación terminal se los llama "patos rengos". Vista su percepción del poder como un juego a todo o nada, también parece lógico pensar que la apertura al diálogo al que la oposición los invitaba no habría podido evitar la catástrofe política a la que ahora se asoman. Quizá por eso los Kirchner no se animaron a dialogar ni a ceder desde su nueva posición minoritaria, temiendo que esto fuera interpretado como un signo de debilidad. En medio de una cultura política inclinada a la obsecuencia ante los vencedores y a la traición a los vencidos, ¿tenían acaso los Kirchner otra salida que la que terminaron por escoger sin resultados?

Así como en la cruenta historia que Shakespeare inmortalizó al describir la aciaga suerte de lord y lady Macbeth, el lector atento puede prever desde su mullido sillón la tragedia que inexorablemente se avecinaba, los argentinos hemos podido apreciar, aunque ya no desde un mullido sillón sino en un país asolado por la insolente ambición de sus émulos actuales, que lo que finalmente ha estallado entre nosotros no es una tragedia exclusivamente shakespeariana sino una tragedia bien argentina.

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