Crónica de la vida y la muerte en las favelas más violentas de Río

Clarín recorrió los barrios más peligrosos de la ciudad carioca. Y habló con ex narcos que relataron cómo son los códigos para sobrevivir entre los traficantes, las milicias armadas y la represión policial, y una justicia propia, rápida e inapelable.
Para ir a la Franja de Gaza en Brasil, hay que atravesar la avenida Bulhoes Marcial por un puente. En el descenso, los últimos escalones dan a la única puerta de entrada de la comunidad. Allí conversan como si fueran vecinos los primeros "soldados" del tráfico. Se mueven en pequeños grupos y según como esté la situación, se los puede ver sentados con una actitud más relajada. En la jerga de las bandas se los llama "olheros" (o sea, los "campanas"). Son jóvenes y algunos ni salieron de la adolescencia. Pero todos llevan ametralladoras de combate.

Vistas con el rabillo del ojo, las armas superan el metro de longitud. Pueden ser FAL, las rusas AKA o las norteamericanas M16. Si se buscan modelos, se podía afirmar que se parecen a cualquiera de estas. El nombre oficial de la favela es Vigario Geral y ya tuvo una fama terrible que le valió ser rebautizada como la de la tragedia en Medio Oriente.

Una pared de 10 metros de altura protege, como una muralla medieval, los grupos narcos de la Policía y de las bandas enemigas. Allí no hay quien llegue indemne al último peldaño de la escalera que desciende del puente, a menos que alguien de "adentro" acompañe al de "afuera".

En la misma línea geográfica de Vigario pero más próximo al centro carioca se extiende el célebre Complejo del Alemán. Fue hasta los 70 el barrio Penha de casas amplias y bien construidas. Pero esa década transformó el paisaje bucólico del lugar. Primero, el salpicado de morros de Penha (13 en total) se pobló en las laderas. Y luego vino la acción del Comando Vermelho, que controla el área.

Hoy está entre las regiones más peligrosas, donde los disparos van de un lado a otro de calles y callejuelas sin pedir contraseña.

En Grota, una de las zonas del complejo, fue asesinado el periodista de Globo Tim Lopes en el "microondas ". Se trata de un "dispositivo" conformado por neumáticos que se apilan en forma vertical. Adentro se coloca a la víctima y luego se le prende fuego.

Desde el punto de vista territorial, si se une Vigario Geral y el Complejo del Alemán, esta llamada Franja de Gaza carioca es gigantesco. Casi tanto como el torturado territorio palestino. Y casi no hay diferencial en cuanto al nivel de violencia.

"Hay un abismo y son los objetivos de lucha" admite "Jotabe", coordinador del núcleo. Es obvio. No hay comparación entre procesos de liberación nacional como el palestino, por mencionar un caso, con la batalla de delincuentes que no son más que instrumentos poco románticos de las grandes mafias de la droga.

"La violencia en nuestras comunidades oprime, desarman familias y ponen a las chiquitos en un estado de indefensión crónico". Los efectos son "monstruosos" como admiten los equipos de sicólogos, pedagogos y artistas que trabajan en uno de los grupos locales del movimiento Afroreggae. Se trata de una ONG que nació de las entrañas de la favela de Vigario Geral y ya consiguió conquistar otras cinco regiones comunitarias. Fue en Grota donde Clarín vio a niños de entre 5 y 10 años danzar con pasión y felicidad, bajo la dirección de un maestro formado en el ballet clásico. Pero hay un contexto que no se puede eludir: el temor de los chicos causado por las últimas dos semanas de "guerra" entre tráfico y policías (que dejó 46 muertos, varios de ellos inocentes). Hay también símbolos externos de esa batalla que tiene como rehenes a la población. La entrada de Grota tiene varias "barreras": estacas de hierro impiden el paso de las tanquetas blindadas. Recuerdan a las cruces de rieles de acero montadas en Moscú para trabar el avance de los tanques alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Jotabé es rudo. Durante años fue un alto miembro del Comando Vermelho, una de las tres grandes bandas de la droga. Pero en 2000 decidió que era momento de abandonar el delito. Había entrado en una banda a los 15 años y sabía que de continuar no tendría chances de sobrevivir los 20 a 25 años de edad. Captado por uno de los dirigentes del Movimiento Afroreggae decidió dar el salto. Y hoy es el coordinador en la unidad "Complejo del Alemán".

El es uno de los principales "mediadores" entre los jefes del narcotráfico y los moradores. "En el Complejo del Alemán hay 600 traficantes activos. Representan probablemente 1% de la población. Pero el resto paga por ellos". Conoce la "tribu" de traficantes al dedillo, lo que le permite sobrevivir en el medio a pesar de ser hoy un "ex jefe".

Lo admiten sólo porque lo ven, en los hechos, como alguien con quien pueden conversar en el mismo dialecto. Salir de esa favela solo fue posible para Clarín porque acompañaron a los enviados los mismos que los habían buscado en las afueras de la comunidad.

Vigario, donde está la sede central de Afroreggae, fue la primera comunidad que recibió el triste título de Franja de Gaza.

Durante un cuarto de década los traficantes estuvieron en guerra con los de Parada de Lucas, como quien dice, a la vuelta. A Vigario la controlaba el Comando Vermelho. A Parada de Lucas la dominaba el Tercer Comando.

"Era un guerra sin cuartel donde además intervenía la Policía Militar con sus propios intereses" relataron algunos moradores entrevistados por este diario. Los rastros son evidentes: hay un una franja limítrofe entre ambas comunidades, convertida en terreno de nadie, donde se ven casas destruidas por el uso de armamento sofisticado. La paz sobrevino cuando el Tercer Comando logró conquistar la Parada.

Es lo que relata Feijao, un hombre de unos 30 años no muy alto pero de contextura robusta. El también es un ex narco. Ya dirigió una "boca de fumo" como se denomina en Río a los puntos de distribución minorista de la droga.

En 2006 dejó el delito para consagrarse a actividades sociales. Lo ayudó en la transición el haber conseguido un puesto como mediador gracias a su conocimiento del lenguaje y de las leyes que rigen el mundo de los traficantes. Feijao (Poroto, en español) ya viajó por el mundo invitado por gobiernos europeos y por el Departamento de Estado (EE.UU.), interesados en conocer cómo funcionan las mediaciones en condiciones extremas de conflictos armados.

"Sé muy bien que una palabra fuera de lugar puede causar un estrago entre moradores y traficantes" comentó a este diario. Su prestigio como juez de paz le permite incluso contar sus experiencias en charlas con oficiales de la Policía Militar.

Como sea, Feijao parte de un principio inviolable: "Son los jefes del tráfico quienes imponen las leyes en las comunidades. Y hay que cumplirlas". Su tarea fundamental es "salvar a muchos inocentes de los tribunales macabros". Ante la mirada inquisitiva de los enviados de Clarín explicó: "Muchas veces, los jefes de la banda acusan a un tipo o a una mujer de ser informantes policiales. En ese caso hay una sentencia marcada; el ajusticiamiento. Allí es donde intervengo".

-¿Qué lo llevó a integrar bandas delictivas?

-No se puede decir cuál es el comienzo. Los casos varían. Hay quienes entran porque quieren ganar más dinero del que obtendrían en un empleo formal. Otros lo hacen por necesidad: no tienen donde trabajar. Y hay muchos seducidos por la expectativa de manejar armas pesadas y ser miembros de grupos de poder.

Jotabé y Feijao saben que la guerra en las favelas solo podrá resolverse cuando exista la decisión política. Ambos concuerdan que, por primera vez, reciben atención y hasta financiamiento del gobierno carioca de Sergio Cabral.

Y también tienen fuertes subvenciones de empresas estatales como Petrobras y proyectos conjuntos con el gobierno nacional.

"Pero no se elimina de buenas a primeras el poder paralelo al Estado institucional representado por los grupos traficantes", concluye Feijao.

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