Cromagnon, la impotencia que no cesa

Cromagnon, la impotencia que no cesa
LA NACION recorrió el lugar de la tragedia, donde, en diciembre de 2004, murieron 194 personas; la sentencia, el miércoles próximo
Las marcas de las manos de los que querían escapar del infierno de humo venenoso en el que se había transformado República Cromagnon y hacían fuerza para abrir las puertas que estaban cerradas con pasadores fueron el único signo de vida que quedó dentro del boliche de la zona de Once, donde el 30 de diciembre de 2004 murieron 194 personas.

A más de cuatro años y medio de la tragedia y, cuando faltan cinco días para que se conozca la sentencia del juicio oral que se realiza contra 15 imputados por su presunta responsabilidad en el incendio, este cronista regresó al local de Bartolomé Mitre al 3000. Lo hizo como parte del contingente de medios de prensa autorizados por el Tribunal Oral N° 24 por primera vez para recorrer el lugar.

En esta oportunidad no estaba el humo gris plomo con el olor ácido que bajaba del techo. Tampoco se oían los gritos de los padres que buscaban a sus hijos ni se hallaba la pila de casi dos metros de alto, formada por los cuerpos inertes de quienes buscaban escapar por la puerta de doble hoja que mostraba un cartel luminoso con la leyenda "Salida". Los que esa noche quisieron escapar por ese lugar encontraron la muerte. Ayer se pudo ver la prueba de ese esfuerzo. De tanto empujar, sus manos quedaron marcadas en la puerta.

Las improntas de las manos se repiten también en las puertas de ingreso y en las columnas. Se ven las marcas de arrastre que dejaron en el hollín cuando no pudieron empujar más. El 30 de diciembre de 2004, este cronista vio cómo se desvanecían los chicos atrapados por el fuego y el humo. Las marcas de esas manos son hoy la prueba más contundente de la desesperación que vivieron, de la muerte que no pudieron sortear.

"Mi cabeza va a estallar"; "Vagantes nocturnos"; "Callejeros será por eso que te prefiero escuchar. Coco y RoRo" son algunas de las leyendas que figuran en una columna del piso superior, frente al sector vip del boliche, que fueron escritas el 19 de noviembre de 2004.

"Los más Stones de Aníbal"; "Leo sos el mejor", firmada por Zoe. Uno de los símbolos de Callejeros dibujado con fibra y firmado por la banda de Boedo son algunas de las inscripciones registradas en la columna situada frente al quiosco, en la planta baja. Allí, "Samu, Lil, Aníbal, Nadia, Néstor y Mati" dejaron sus rúbricas en rojo.

Algunas cosas cambiaron desde la noche de la tragedia. Cuando este cronista entró por última vez en el local, tres horas después del incendio, estaban los trapos que habían llevado los chicos. De la baranda del sector vip colgaba uno con la leyenda "Callejeros. Vivimos y morimos por vos. Pity Kari. Budge presente". Ayer faltaba ese paño. La única bandera que quedó aparece colgada del escenario. Era uno de los símbolos de la banda.

Minutos después del incendio, cuando LA NACION llegó a Cromagnon y mientras los bomberos y los voluntarios sacaban los cuerpos apilados en la salida de emergencia, uno de los rescatistas gritaba: "Estos h... de p... cerraron la puerta con candado y alambre". Durante más de cuatro años esa frase se repitió en la instrucción judicial y el juicio oral.

Ayer se pudo ver con qué tuvieron que luchar los bomberos esa noche. Al costado del escenario seguían las vallas. Uno de los tramos del vallado fue plegado. La noche de la tragedia había sido atado con alambres y cadenas a la barra antipánico del portón de emergencia.

En el techo negro siguen colgando los cables de electricidad y los alambres que sostenían la media sombra, instalada como elemento de ornamentación, convertida luego en una trampa mortal: su combustión no dejaba respirar.

En tanto, en el piso quedaron las partes de las mangueras del sistema contra incendio, las sillas de la cabina de sonido, mochilas y llaveros de algunas de las más de tres mil personas que concurrieron al recital de la banda Callejeros.

Las barandas de las dos escaleras con forma de "y" invertida todavía tienen manchas de sangre. Por esas escaleras bajaron muchos de aquellos que lograron sobrevivir. Tuvieron que descender en medio de la oscuridad sin poder orientarse y, en muchas ocasiones, pisando cadáveres. En los baños que funcionaban en el primer piso quedaban hollín, zapatillas, vasos plásticos y un cajón de cerveza.

Cerca de la salida, siguen las zapatillas de los muertos.

A diferencia de la noche trágica, ayer no estaban los chicos que llegaban a la vereda y caían fulminados, después de haber respirado el humo venenoso y gris que bajaba del techo. Pero lo que sí seguía inalterable era la impotencia de haber estado esa noche allí... y de no haber podido hacer nada para salvarlos.

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