Cristina de los Milagros

La pulseada por el Banco Central desató un conflicto tan innecesario como postergable. La equivocada táctica volvió al centro de la escena a quienes el Gobierno considera como sus principales obstáculos: el Congreso, los partidos mayoritarios de la oposición y, en especial, el vicepresidente Julio Cobos.

Susana Viau

09.01.2010

El Gobierno ha logrado reducir a cenizas la tranquilidad estival. Lo que pudo haber sido un verano soporífero tomó, en horas, el voltaje de la guerra, los diarios no tuvieron que extremar la imaginación para hallar un título de tapa, los teléfonos ardieron, empresarios, financistas, políticos y legisladores comenzaron a consultar los horarios de vuelo para emprender el regreso. La pulseada del matrimonio presidencial con el titular del Banco Central había desatado un conflicto tan innecesario como postergable, pero en el que se jugaban las dos palancas que según el pensamiento kirchnerista mueven el universo: la caja y la autoridad. Por eso, la diferencia que el Ejecutivo mantenía con Martín Redrado debía ser resuelta manu militari. La desobediencia es un mal devastador, sobre todo para los gobiernos en crisis. Por eso a principios de semana, mientras se impacientaba por su demora en acatar la orden de transferir reservas a la cuenta del Fondo del Bicentenario, el oficialismo descubrió que Redrado era un topo de los organismos internacionales de crédito. El miércoles, los directores del Central lo repetían en los pasillos y atribuían la obstinación de Redrado al malestar que le había causado saber que, en septiembre, su mandato no sería renovado. En el entorno del funcionario desmintieron la versión y sostuvieron que Redrado no tenía intenciones de permanecer al frente de la entidad y había comenzado a preparar su repliegue. Tenía previsto un futuro académico, un área de estudios de economía y finanzas en la Universidad Católica que, por cierto, pudiera servirle de plataforma con miras a 2011. Quizá no sea una explicación descabellada. Para el jefe del BCRA, el Banco se había convertido en un territorio hostil. Desde hacía tiempo mantenía una relación trabajosa con su segundo, el radical K Miguel Pesce, un hombre que desembarcó en Reconquista 266 bajo la protección de Alberto Fernández. De los ocho directores la entidad, sólo Zenón Biagosch, Carlos Pérez y Arnaldo Bocco respondían a Redrado; el resto se alineaba con Pesce, de acuerdo con las directivas impartidas desde la Casa Rosada. Néstor Kirchner llamó personalmente a cada uno de ellos para comprometer su fidelidad a Cristina Fernández. La noche anterior al cese de Redrado, Bocco fue convencido de la conveniencia de unirse a la fuerza mayoritaria. Ya habían empezado a rebotar para el reemplazo los nombres de Mario Blejer, Sergio Chodos o Roberto Felletti. Blejer rechazó temporariamente la nominación porque, fuera de programa, Redrado resistía su cese. Pero además de las razones éticas existía una prohibición administrativa que Blejer no mencionó: de acuerdo con la Carta Orgánica están impedidos de serlo quienes formen parte de una entidad financiera al momento de su designación. Una precaución para evitar suspicacias acerca del paso de un ejecutivo de un organismo controlado a la conducción del controlante. Y él forma parte del directorio del Banco Hipotecario. En esta etapa, el vicepresidente del directorio Miguel Pesce gozaba de una ventaja adicional sobre cualquier otro candidato: ya sea como vicepresidente o como presidente interino, no precisaba de la aprobación del Congreso, un terreno que los santacruceños quieren soslayar porque se ha transformado en su bestia parda. Una nueva derrota en ese escenario podría terminar para ellos en una catástrofe política. No todo fue así siempre. En 2004, la Comisión de Acuerdos del Senado debió considerar la impugnación formulada por el partido de Elisa Carrió a los pliegos de Redrado, entonces aspirante a la presidencia del Central. El arista Adrián Pérez recordó que el ex Chicago boy tenía abierta una causa por el manejo discrecional de fondos reservados en la Comisión Nacional de Valores. Daniel Scioli, presidente del cuerpo, y los senadores Jorge Yoma y Miguel Pichetto le aseguraron que la impugnación no pasaría a mayores. No pasó. Tampoco llegó la sangre al río un año después, al insistir el ARI y exigir el pronunciamiento de la Bicameral. La causa que tramitaba en el juzgado federal de Rodolfo Canicoba Corral y subrogó Norberto Oyarbide se había cerrado. Eran otros tiempos. El oficialismo tenía una aplastante mayoría en el Poder Legislativo, que respondía al presidente de la Nación con lealtad perruna, y el fuero especial investigaba con tenacidad funcionarios de anteriores administraciones y nutritivos cadáveres políticos. Kirchner estaba en olor de multitudes. Tenía el mundo a sus pies.

Hace poco más de una semana y en apenas 48 horas, la Corte Suprema quebró su habitual prescindencia al responder a una presentación de la provincia de San Luis y pedir al Gobierno información acerca del uso de las reservas. Ayer, la jueza María José Sarmiento multiplicó geométricamente el disgusto oficial con dos medidas que, concedidas a repetición, suspendieron el DNU de la polémica y repusieron a Redrado a la cabeza de la autoridad monetaria. La justicia federal parece que empieza a despertarse de la larga siesta. Al Gobierno ya no le quedan paraísos ni refugios seguros.

La oposición supo aprovechar el traspié. Los patagónicos dejaron servida la mesa a la UCR, el PRO y la Coalición Cívica que, esta vez sí, tomaron la iniciativa. Incluso Fernando "Pino" Solanas se sumó preservando su independencia. El peronismo federal ha sido hasta ahora el gran ausente en el escenario que dibujó la brutal ofensiva del gobierno sobre el BCRA. Los sucesos lo tomaron desprevenido, es cierto, pero los disidentes habían incurrido en un error manifiesto: se rehusaron a participar del pedido de amparo presentado a la jueza Sarmiento. ¿La razón? Vaya uno a saber. Puede que en los códigos del PJ no esté bien vista la judicialización de la política. Ayer, comenzaron a reparar la equivocación: Eduardo Duhalde, todavía en el exterior, pidió a Eduardo Amadeo que se entrevistara con Redrado para ofrecerle su respaldo, Felipe Solá se comunicó con los jefes de bloque.

La torpeza del DNU exigido por el matrimonio presidencial y elaborado por Carlos Zannini había obrado varios milagros, aunque ninguno fuera el esperado. El primero y menos importante: logró revivir al ministro del Interior, Florencio Randazzo, borrado del mapa (igual que el resto del gabinete, a excepción de Amado Boudou) desde que Aníbal Fernández reemplazó a Sergio Massa y expandió su influencia a toda la administración. El segundo –y preocupante para los inquilinos de Olivos – haber unido una vez más a todo el arco opositor en un enero como se recuerdan pocos. El tercero, volvió a conferirle a Julio Cobos el rol de principal adversario. Los Kirchner adjudicaron, como siempre, sus desgracias a las maldades ajenas. No es un diagnóstico acertado. El problema radica en su incapacidad para manejarse en la adversidad.

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