Cristina lanzó su propio plan de salvataje

Anunció como novedad la creación de un ministerio que Kirchner disolvió. Amnistía impositiva para quienes traigan plata de afuera. Incentivos para generar y blanquear trabajo.

Alegría. Cristina junto al titular de la UIA, Juan Carlos Lascurain, y al gobernador Daniel Scioli en Pilar, apenas conocido el paquete anticrisis.

Pese a un resfrío molesto que trajo de África, Cristina Kirchner no faltó ayer a las citas con los industriales de la UIA ni con los contratistas de la Cámara de la Construcción. Y como nunca lo hizo Néstor –enemigo de los anuncios “de visitante”–, la Presidenta les regaló a esas corporaciones sus primeras medidas para contrarrestar el impacto de la crisis mundial en el país. El paquete incluye recrear el Ministerio de la Producción, que Néstor Kirchner había disuelto cuando asumió en 2003, condonar mediante una moratoria parte de las deudas impositivas de las pymes, reducir por dos años las contribuciones patronales para quienes blanqueen o contraten trabajadores, rebajar impuestos a quienes repatríen capitales fugados al exterior e invertir la friolera de 71 mil millones de pesos en obras públicas.

El “plan B” era resistido en la Quinta de Olivos hasta que los efectos locales de la crisis se hicieron demasiado notorios. Implica un viraje en la estrategia inicial del Gobierno, que suponía dos meses atrás que el impacto del estallido de las bolsas sería mucho más limitado y que no se producirían los despidos y suspensiones que empezaron a multiplicarse en noviembre. “De ninguna manera vamos a permitir que los sectores más vulnerables de la sociedad sean afectados por la crisis”, dijo ayer la Presidenta.

Aunque se esperaban anuncios, las últimas decisiones sobre el paquete se tomaron en un hermetismo total y llevan el sello del Presidente. Cuando Cristina llegó al Sheraton de Pilar para hablar ante la UIA, después del mediodía, casi nadie conocía las medidas y mucho menos los detalles que se presentarán hoy, en una conferencia de prensa, en la Casa Rosada.

Un solo dato ilustra ese hermetismo. Al llegar al hotel, la mandataria fue directo al salón vip donde la esperaban los principales dirigentes industriales. En los 15 minutos que pasó con ellos, sólo les contó anécdotas de su gira por el norte de África. Las medidas que anunció minutos después estaban tan celosamente guardadas que varios de sus ministros las desconocían. Según fuentes oficiales, los privilegiados con acceso a la información eran Julio De Vido y Sergio Massa.

Los industriales recibieron los anuncios con declaraciones de euforia y sólo algunos reparos en la intimidad. La mayoría esperaba que hubiera incentivos para las exportaciones fabriles, que ahora anunciaría la designada ministra de la Producción, Débora Giorgi. Los contratistas de la Cámara de la Construcción, en cambio, festejaron por el impulso prometido para las obras públicas.

Para llevar las medidas a la práctica, el Ejecutivo enviará al Congreso varios proyectos de ley y sacará decretos y resoluciones que explicarán este mediodía el ministro de Economía, Carlos Fernández, el de Trabajo, Carlos Tomada, el titular de la AFIP, Claudio Moroni, y el jefe de Gabinete.

Los ejes del plan anticrisis son:

* Moratoria impositiva para las pymes: Cristina habló de “una suerte de regularización tributaria” y de alivianar “la mochila fiscal”. Se les perdonarán las deudas impositivas a las pymes que blanqueen personal, salvo las correspondientes al sistema de salud y de riesgos del trabajo.

* Blanqueo de capitales: se les cobrará entre el 1 y el 8% de impuestos a quienes repatríen capitales fugados y que permanezcan sin declarar en el exterior. Hoy pagan entre el 10 y el 35% y afrontan posibles juicios.

* Rebaja de contribuciones: las pymes que contraten nuevo personal o blanqueen al que ya emplean en “negro” pagarán por un año el 50% de las cargas patronales habituales y por el año siguiente el 75 por ciento.

* Obras públicas: la Presidenta prometió para el 15 de diciembre el plan “más ambicioso del que se tenga memoria”. Adelantó que insumirá 71 mil millones de pesos, sin mencionar en qué período. Y que los puestos de trabajo en el sector se duplicarán, de 362 mil a 770 mil.

Obama se copia de Néstor

La presidenta Cristina Fernández aseguró que “escuchar al presidente Barack Obama ayer me hizo acordar al Kirchner de 2003”.

La declaración de idolatría política no quedó ahí.

“Ayer escuchaba al presidente electo Barack Obama, que tuvo por cierto la deferencia de llamarme para saludarme cuando estaba en Túnez. El presidente del país y de la economía más importante del mundo hablaba de los planes para la crisis y decía que hay que reconstruir escuelas, caminos y viviendas. Me parecía escuchar al (Néstor) Kirchner de 2003, cuando recorría la provincia de Buenos Aires”, afirmó la Presidenta.

Cristina retrucó un poco más: “Y pensar que algunos se reían cuando hablábamos de reactivar la economía de esa forma, pero esos mismos hoy no se rían porque como lo dice el presidente de los Estados Unidos, tal vez tenga otro glamour y otra importancia”.

OPINIÓN

Devaluar sin devaluar, una fórmula que ensayó Cavallo

Por Miguel Olivera

Entre julio de 2007 y junio de 2008, el precio de la soja casi se duplicó. La mejora en los precios de las exportaciones argentinas fue un shock positivo que le reportó al país 20 mil millones de dólares adicionales de exportaciones. En el medio de la bonanza, la Argentina sufrió shocks propios y ajenos: el comienzo de la crisis financiera global y el conflicto con el campo. Y los argentinos reaccionaron como siempre: comprando dólares, el piquete de los sectores más acomodados.

Los dólares que vinieron de arriba (o de China y otros compradores importantes de alimentos argentinos, para ser más exactos) se fugaron. A diferencia de la crisis de 2001, los dólares sobrantes (de la balanza comercial) financiaron casi toda la fuga de capital y el Banco Central preservó las reservas. Así, la actividad económica sufrió mucho menos que en crisis anteriores.

Sin embargo, desde julio de 2008 toda la mejora de precios de los granos se evaporó y, si no vuelven a subir, también desaparecerá toda la oferta de dólares excedentes. Además, Brasil devaluó el real casi 50% y todos los países de la región siguieron un camino similar.

El gobierno se sentó sobre el tipo de cambio ya dos veces. Una, en mayo y junio, cuando frente a la corrida bajó al dólar de 3,22 a 3,05. Otra, a comienzos de noviembre, cuando lo bajó de 3,4 a 3,34. Primero lo hizo vendiendo reservas. Luego, reprimiendo la demanda de dólares. Los argumentos para no devaluar son atendibles. Uno es el arrastre sobre la inflación, aunque en un contexto de deflación internacional del precio de los alimentos y caída del consumo en el mercado local, ese impacto hoy quedaría amortiguado. El mayor peligro de dejar que el dólar se eleve es la corrida de los depositantes de los bancos.

Sin embargo, el peso sobrevaluado destruye empleo y poder adquisitivo de los salarios, por ejemplo, mediante reducciones de extras. El lunes, economistas insospechados de conspirar contra el Gobierno como Aldo Ferrer o Roberto Frenkel dijeron que el peso caro era el principal problema de la economía. Los Kirchner entienden el problema, pero van por otro camino: la “devaluación fiscal”. Con una combinación de restricciones a la importación y subsidios a la exportación y a industrias intensivas en mano de obra se pretende mantener la rentabilidad empresarial. Pero la devaluación fiscal ya se intentó durante los años 90, cuando Cavallo bajó los impuestos patronales y lanzó los “planes de competitividad”. Es cierto que la sobrevaluación cambiaria hoy es mucho menor y la solvencia fiscal mayor que entonces. Además, el Gobierno va a expandir el gasto –a través de un plan de 71 mil millones en obras públicas– cuando en aquel entonces Cavallo lo redujo. Pero el problema es que con un dólar barato faltan dólares en la economía por menores exportaciones y se deteriora la solvencia fiscal. Así se estrecha también el margen de financiar el plan de obras públicas en el futuro.

El anuncio del blanqueo de capitales fugados es una forma de buscar dólares para compensar la fuga del último año y los menores ingresos por exportaciones debido a la caída de los precios internacionales. Es una política que compra tiempo y sólo tiene sentido si se estima que la crisis internacional y los precios deprimidos de las commodities duran poco. Es una apuesta riesgosa a la luz de la profundidad de la crisis. El fondo de la cuestión es que el atraso cambiario pone en riesgo los “superávits gemelos” (superávit fiscal y comercial), las verdaderas murallas anticrisis.

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