Cristina Kirchner, entre el corazón y el bolsillo

Por Fernando Laborda

Herederos de la tradición peronista, los Kirchner han dado muestras de una peculiar facilidad para girar de izquierda a derecha o al revés.

Hacia fines de 1991, a poco de asumir por primera vez la gobernación de Santa Cruz, Néstor Kirchner descubrió que las cuentas fiscales exhibían un rojo profundo. No dudó, entonces, en decretar una importante rebaja de los sueldos en la administración pública, tendiente a equilibrar las finanzas provinciales. Un año después, con una economía en mejores condiciones, les devolvió a los empleados lo que les había sacado.

¿Qué hay en común entre aquella vieja decisión, la frustrada resolución 125 contra el campo, el manotazo a los fondos administrados por las AFJP, el proyecto de blanqueo de capitales no declarados y el festejado anuncio de eliminación de la "tablita de Machinea"? Que, en la concepción kirchnerista del poder, gobernar no es otra cosa que distribuir recursos con la mayor discrecionalidad posible. A veces para hacer frente a las necesidades financieras del Estado, otras para beneficiar a determinado sector o a los amigos, y otras para enfrentar coyunturas electorales. En otras palabras, la gobernabilidad, para los Kirchner, siempre estará indisolublemente ligada a la caja .

Con milimétrica visión, el Gobierno advirtió que, de cara a un año electoral, no se puede gobernar en medio de un creciente desencanto de la clase media y del peligroso avance de las presiones sindicales y de las luchas facciosas.

La eliminación de la "tablita"unirá en los festejos a los sectores medios y altos de la pirámide social, los más golpeados por el ataque a las AFJP, y al líder de la CGT y de los camioneros, Hugo Moyano, principal vocero del reclamo para que se alivie la presión que ejerce el impuesto a las ganancias en los bolsillos de los asalariados.

De Menem a Kirchner

A lo largo de cuatro años y medio, Néstor Kirchner estuvo mal acostumbrado a gobernar en una situación casi soñada, sólo comparable, en los últimos 25 años de democracia, con la que gozó Carlos Menem en los primeros tiempos de la convertibilidad, hasta 1995.

En aquellos años de Kirchner, como en los de Menem, los escándalos de corrupción se sucedían uno tras otro con particular velocidad. Pero ni la vergonzosa venta ilegal de armas impidió la reelección de Menem, ni la valija de Antonini o la bolsa de Felisa Miceli obstaculizaron la exitosa sucesión en el kirchnerismo.

En ambas épocas, el debate sobre la calidad institucional (variable esencial que mide cualquier inversor serio antes de apostar por un país) estaba instalado en no pocos círculos intelectuales, pero no en el conjunto de la sociedad. Cuando la economía crece a niveles elevados o cuando existe la sensación de que se están dejando atrás graves terremotos, como la hiperinflación de 1989 o la crisis de 2001, en la opinión pública argentina suele prevalecer un llamativo criterio: no hay que ponerle piedras en el camino al p residente, hay que dejarlo trabajar; después de todo, la economía está mejorando.

Ese estado de ánimo nos impide ver debajo de la superficie y nos llama a hacer la vista gorda ante la corrupción y los avances del Ejecutivo sobre el Congreso o la Justicia, haciendo de cuenta que los procedimientos republicanos son simples mecanismos burocráticos, casi siempre molestos, que dificultan gobernar.

El kirchnerismo siempre recurrió al mesianismo para justificar estos atropellos. Mientras otros gobernantes utilizaron los superpoderes o las facultades legislativas delegadas para meterle las manos en el bolsillo a la gente, nosotros los utilizamos para aumentar jubilaciones y para proteger a la gente , señalaron conspicuos representantes del oficialismo. Ante un argumento semejante, alguien podría pensar en otorgarles la suma del poder público, puesto que no habría legislador o juez que se le comparara en bondad y en ecuanimidad.

No obstante, los controles y la división de poderes se basan en el supuesto de que el pueblo no puede contentarse con que sus gobiernos obren bien, sino que debe aspirar a que nunca puedan obrar mal.

El cumpleaños de Cristina

El humor de la opinión pública en tiempos de Cristina Kirchner no es el mismo que durante el gobierno de su esposo. Con una economía que ya no volverá a crecer a tasas del 8 o del 9 por ciento, con un desempleo que amenaza con volver a los dos dígitos el año próximo y con todas las consecuencias de un riesgo país que es hoy casi diez veces mayor que el de principios de 2007, la tolerancia de la gente no será igual que antes.

Cuando asumió la presidencia de la Nación, Cristina Kirchner ostentaba una imagen positiva que rondaba el 55 por ciento. Hoy, según datos de la consultora Poliarquía, se ubica en el 28 por ciento, con el agravante de que su imagen negativa (39%) supera a la positiva, algo que su marido nunca había experimentado como presidente.

A poco de comenzar su gobierno, del que días atrás se cumplió el primer aniversario, la primera mandataria pareció desbordada por los problemas heredados de la gestión de su esposo. Frente a la crisis derivada del valijagate, mostró falta de reflejos y buscó un enemigo, los Estados Unidos, en lugar de una solución; así convirtió una cuestión de política doméstica en un problema de política exterior.

Y frente a la crisis de financiamiento, hizo lo mismo: buscó un nuevo enemigo, el campo, hasta que se estrelló con el inesperado muro que le tendió Julio Cobos en el Senado. En el medio, quedaron cuatro meses que minaron la confianza en el Gobierno y dejaron la sensación de que las actuales autoridades eran capaces de todo.

Atrás quedó la apuesta de quienes auguraban un gobierno con mayor vocación por la inserción internacional. Hoy el país está mucho más aislado que hace un año, con el agravante de que el escenario mundial es mucho más complejo y de que nos alejamos de cualquier posibilidad de financiamiento externo. A menos que alguien pueda pensar que el acercamiento con Rusia, incluido el apoyo al ingreso de la petrolera Lukoil en el directorio de YPF, será la solución a nuestros problemas.

Las últimas semanas muestran a un gobierno mucho más débil que hace un año, que soporta y soportará rebeldías y grietas en sus bloques legislativos, al igual que en las provincias, y al que no pocos sectores sindicales y empresariales le han perdido el miedo.

La Casa Rosada tiene sus propios miedos. El mayor no pasa por aquellas rebeldías internas, sino por lo que ocurriría si se agotara el combustible del superávit fiscal, que permitió alimentar la máquina de los subsidios, alinear a gobernadores e intendentes, y disciplinar a sindicalistas y piqueteros.

Frente a la crisis, el sistema de toma de decisiones del kirchnerismo también entró en crisis. De allí que un día se castigue a un sector con una medida y al otro día se lo premie con otra. Estamos ante un gobierno que deja la sensación de empezar todos los días. Paradójicamente, es un gobierno que ha recuperado la iniciativa.

Pero mientras Cristina Kirchner recurre a la anunciocracia para sostener el consumo e incentivar la producción, la economía real le responde igual que al recordado ministro de Economía Juan Carlos Pugliese. Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo, les dijo éste a los empresarios en las postrimerías de la gestión de Raúl Alfonsín.Pueden dar fe de ese pesimismo quienes días atrás escucharon al número uno de Techint, Paolo Rocca, anunciar la postergación de proyectos de inversión.

Comentá la nota