Los ex de Cristina, entre el descanso y las ganas de tomarse revancha

Alberto F. se alejó de Kirchner y da charlas. Lousteau se acercó a Solá y Abad, a Duhalde.
El 2008 fue una montaña rusa para estos abnegados servidores públicos. Lo comenzaron con despacho propio, secretarias, choferes y celulares a cargo del Estado. Y terminaron lejos de las mieles del poder, brindando por un 2009 con menos sobresaltos y una vida más apacible en el llano.La mayoría llevaba un largo trajinar como funcionarios de Néstor Kirchner e incluso algunos venían de los tiempos de Eduardo Duhalde. Casi no percibieron el cambio de timonel porque Cristina Fernández privilegió la confianza probada por su esposo cuando conformó su Gabinete. Pero el desgaste acumulado, las tensiones larvadas y los conflictos propios de un año turbulento hicieron eclosión en algunos sillones.

El largo conflicto con el campo se cargó nada menos que al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, pieza fundacional del proyecto kirchnerista, el secretario de Agricultura, Javier De Urquiza, y al joven Martín Lousteau, que había aterrizado en Economía como la cara de una renovación generacional y fue de los primeros en decolar.No fue todo. Como consecuencia del quiebre de la relación de la Presidenta con su vice, volaron los pocos radicales que Julio Cobos había logrado ubicar.Además, la caída de Fernández dejó a muchos funcionarios sin respaldo en la vieja disputa palaciega con los pingüinos. Al superintendente de Servicios de Salud, Héctor Capaccioli, y la secretaria de Ambiente, Romina Picolotti, les llegó la hora de pagar viejas facturas y debieron dar las hurras. En la AFIP, la cuenta se dividió a medias: a Alberto Abad se la cobraron a principio de año y a Claudio Moroni, al final.

Las investigaciones judiciales también produjeron bajas. Dos funcionarios de la Cancillería pagaron por el escándalo de los autos truchos. El jefe del Ejército, Roberto Bendini, debió marcharse, procesado por malversación de fondos públicos; y el de la Prefectura, Carlos Fernández, fue echado por la muerte del represor Héctor Febres en una de sus dependencias. Eso sí, contra todos los pronósticos, Guillermo Moreno y Ricardo Jaime sobrevivieron a todas las turbulencias.

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