Cristina se devoró las expectativas y ahora sus desafíos son mayores

Por: Eduardo Van der Kooy

Cristina Kirchner se ha devorado en un año muchas de las expectativas que acompañaron su llegada a un Gobierno que, con cambios o sin ellos, apuntaba a afianzar al kirchnerismo como proyecto político de la post crisis en la Argentina.

La historia final, sin embargo, está todavía lejos de ser escrita porque a la Presidenta le resta la mayoría del mandato. Increíble: las apariencias, el humor social, indicarían la existencia de un veredicto difícil de torcer. Característico de los anocheceres políticos. Como si la Nación oteara en el horizonte el arribo del recambio natural en el poder.

Tal vez en ese punto radique el mayor desafío que deberá afrontar Cristina -también Néstor Kirchner- para que aquella apariencia no quede impresa como una realidad indiscutida. El desafío consiste en recrear expectativas, en estimular la confianza popular con hechos que no estén divorciados de los actos.

Los interrogantes políticos sobre por qué el matrimonio Kirchner ingresó de pronto en un tobogán que no remonta resultan múltiples. Pero la Presidenta y su marido parecieron cometer, entre varios, dos pecados que nunca alcanzaron el perdón.

Diseñaron un esquema sucesorio acorde a la precariedad de las instituciones, pero también con algún rasgo publicitario esperanzador. Carecieron del más mínimo sentido crítico cuando casi el 46% de los votos consagraron a Cristina y dejaron demasiado relegada a la oposición.

Quedó a la vista que aquel esquema fue un engaño. Resultó una maniobra de Kirchner para salir del centro de la escena ante el temor de un desgaste social que, aún en las sombras, también le terminó llegando. Pruebas: el ex presidente figura ahora en ponderación pública e intención de voto por debajo de su esposa. Aunque se trate, casi, de un cabeza a cabeza.

Felipe González, el ex premier de España, siempre había sembrado dudas sobre la eficacia del esquema sucesorio imaginado por los Kirchner. En una oportunidad le comentó a Felipe Solá, con un trago de por medio en un bar de la madrileña Puerta del Sol, que Kirchner podría cederle con facilidad a Cristina la formalidad del poder. Aunque iba a resultar muchísimo más ardua la tarea de la nueva Presidenta para construir frente a la percepción colectiva una autoridad propia.

Felipe no se equivocó pero en sus previsiones, con seguridad, no tuvo en cuenta un detalle: ni Kirchner ni Cristina hicieron nada para que esa previsión del ex líder socialista fuera desairada en los hechos.

Sucedieron dos cosas. Cristina no fue en su año en la Casa Rosada la mujer indómita e independiente que asomó siempre desde su banca en el Congreso. Tampoco fue una mujer capaz de imponer criterios. Respondió política y afectivamente, sin excepciones, a los dictados de su esposo.

Aquí es posible advertir una gruesa contradicción de su postura pública. Sobre todo al comienzo de la gestión, Cristina reivindicó su papel de mujer -de género, como le gusta decir- pero advirtió que sería un escollo adicional para el Gobierno en un país habituado a presidentes masculinos. Ella misma pareció dispararse a sus talones cuando no supo o no pudo tomar alguna distancia política de Kirchner. Su esposo es también su jefe indiscutido.

Toda moneda posee, invariablemente, dos caras. La sujeción de Cristina a Kirchner viene condicionando al Gobierno y demuestra que el laboratorio institucional no funciona bien. Pero esa misma sujeción impide ahora mismo que la Argentina sea un volcán en la punta del poder. Sólo la simbiosis del matrimonio presidencial impide que este sistema con dos cabezas políticas no derive en un escándalo de proporciones.

Tanta es aquella comunión que el matrimonio terminó canalizando el problema por otro flanco. Desde el epílogo del conflicto con el campo el combate de ambos es contra Julio Cobos.

Otro gran pecado matrimonial fue haber interpretado que el rotundo triunfo de octubre del 2007 respondió sólo a virtudes propias y no a las enormes carencias de la oposición. Ninguna elección que se dirime por una diferencia de 22 puntos refleja un equilibrio de ofertas en el universo partidario.

Cristina fue depositaria, sin dudas, de una buena corriente de ilusión de la sociedad acerca de la chance de corregir aspectos del rumbo político y económico conducido cuatro años por Kirchner. Pero hubo además un grupo social importante que la terminó eligiendo por ausencia de propuestas electorales creíbles y atractivas. Aún aquellas que tenían destellos no resultaban fiables a la hora de calibrar la gobernabilidad. Aquel núcleo le concedió a la Presidenta un crédito breve. No bien advirtió el rumbo de las cosas se apartó.

Esa parece la palabra justa. Las encuestas de opinión pública de estos días exhiben un fenómeno que marca la endeblez institucional de la Argentina: el consenso que perdió el Gobierno está en algún espacio abstracto y clandestino. Ni siquiera han logrado capitalizarlo, en términos concretos, aquellos que se vieron rociados súbitamente de popularidad. El caso más elocuente es el del vicepresidente Cobos.

La obstinación del matrimonio Kirchner para entender con un sesgo excluyente los resultados electorales condicionó todos los pasos del Gobierno de Cristina. Hubo una continuidad casi absoluta respecto de años anteriores. Hubo un encierro mayor. Se clausuraron los espacios del disenso interno, al punto que una figura clave de la maquinaria kirchnerista optó por alejarse: Alberto Fernández.

Tanto se encogieron esos espacios que el ex jefe de Gabinete se lamenta de que la posibilidad de un acuerdo con el campo, que estaba muy cerca en las primeras semanas del conflicto, se esfumó por una intervención intempestiva de Kirchner.

Después de la pelea con el campo nada resultó igual. Cristina dilapidó gran parte de su capital pero no ha sufrido tropiezos serios por un par de motivos: la oposición se volvió a desgranar luego de la batalla ganada junto al campo; el ex presidente rehizo en parte la estructura peronista que le va garantizando en el Congreso la sanción de leyes cruciales para la continuidad del Gobierno. Sólo con eso le basta para seguir de pie.

Después estalló la crisis económica y financiera internacional que puso patas para arriba al teatro político. Esa crisis pareció retraer las demandas de la sociedad, fogoneó las incertidumbres y colocó en un lugar más incómodo aún a la oposición. En tiempos difíciles la gente sólo observa a aquellos que pueden tomar decisiones y no a los que tienen de principal herramienta a la palabra.

La crisis internacional permitió a los Kirchner disfrazar la crisis doméstica. Aun así dejaron escapar ciertos indicios auspiciosos: reconocieron la existencia de futuros problemas que venían negando; lanzaron dos baterías de medidas tendientes a evitar la recesión donde se mezclan cuestiones atinadas (el incentivo al consumo) con disparates sospechosos (el blanqueo de capitales).

¿Será el comienzo de un tiempo nuevo? ¿Será al menos una insinuación duradera? ¿Habrán hecho los Kirchner, con conciencia, un barrido de la realidad?

Los antecedentes no dan lugar al optimismo. Pero tal vez sería una injusticia y un despropósito cerrarle todo crédito a un Gobierno que tiene aún un largo y sinuoso camino por recorrer.

El crédito sería ponerlos en observación, no mucho más. Para que el tiempo y sus propias conductas hablen.

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