Cristina decidió alimentar con soja la lealtad de los gobernadores

Por: Julio Blanck

Eduardo Buzzi, el presidente de la Federación Agraria, dijo: "Van a usar la plata de la soja para la campaña". Alfredo De Angeli, su sombra negra, disparó: "Nos quieren enfrentar con el resto de la sociedad". Fue la primera reacción tras la sorpresa que ayer ofreció la Presidenta, con su decisión de coparticipar con las provincias el 30% del dinero de las retenciones a la soja.

Las afirmaciones de Buzzi y de De Angeli admiten matices, explicaciones, contextos. Pero tienen el valor de enfocar dos aspectos esenciales de la nueva medida.

Primero, supone que alrededor de 500 millones de pesos por mes se destinen cuanto antes a obras en provincias y municipios. Es el combustible que cualquier gobernante pide para poner en marcha el motor de una campaña. De hecho, este fue el primer acto fuerte de Gobierno desde que se lanzó hace una semana el anticipo de las elecciones para junio.

Segundo, la devolución de dinero de la soja al interior del país mete una cuña en lo que hasta ahora funcionó como un todo armónico y sin dudas efectivo. Con más o menos énfasis, muchos gobernadores e intendentes peronistas fueron solidarios con los reclamos del campo porque eran sus propias economías las que sufrían. Salía dinero producido en las provincias con destino a la caja nacional kirchnerista, y de allí no volvía. Ahora, ese frente político-agropecuario podría resquebrajarse.

Anoche, después de que Cristina decidiera alimentar con soja la lealtad electoral de los gobernadores, despuntaban algunos cortes de ruta impulsados por sectores radicalizados del ruralismo. La sensación es que no habrá otra cosa que recelos y rencor entre el Gobierno y el campo de aquí a las elecciones.

Los políticos que tienen acceso a Cristina y Néstor Kirchner, al menos los que no son obsecuentes ni fundamentalistas, vienen recomendando de mil maneras posibles al matrimonio que desactiven el conflicto con el campo. Argumentan, con sensatez, que es preciso generar un espacio de cierta tranquilidad social para transitar hacia las elecciones. La inquietud y la conmoción son siempre mala noticia para cualquier oficialismo.

Pero la realidad no siempre se pone de acuerdo con la lógica del kirchnerismo. El Gobierno levantó ayer una frontera de hierro con la Mesa de Enlace, después de especulaciones sobre medidas algo más generosas, que terminaron pareciéndose demasiado a la expresión de deseos de algún funcionario.

Kirchner y Cristina perciben a la Mesa de Enlace agropecuaria como un enemigo. Esa percepción les es retribuida por los ruralistas con igual intensidad. Entre ellos puede haber negociaciones públicas o privadas, acuerdos fugaces o imposibles, pero nunca habrá concordia verdadera. Está escrito y así será hasta que este ciclo termine.

Pero es bueno tener en cuenta que la herida sangrante que les dejó la derrota contra el campo por la Resolución 125 enseñó a los Kirchner a manejarse con mucha más prudencia en este conflicto. Los ayuda el desgaste social del reclamo ruralista y la indudable politización de sus dirigentes: varios de ellos que parecen actuar como precandidatos de alguna de las formaciones opositoras.

La oposición, a su vez, se colgó del campo para progresar en su batalla contra el oficialismo. Campo y oposición política aparecen hoy como dos caras de una misma moneda. Es una ecuación en la que el campo parece salir ganando porque sus intereses están unificados. En cambio, los opositores van a terminar compitiendo entre sí tratando de mostrarse como el mejor canal para captar la fortísima corriente antikirchnerista que se preanuncia en buena parte del electorado.

El miércoles, 109 diputados votaron en contra del adelantamiento electoral y perdieron la votación. Ayer, 106 diputados se reunieron para debatir en minoría, sin lograr quórum y al solo efecto testimonial, un proyecto apuntado a bajar las retenciones. Ese es hoy el límite que tiene la oposición en el Congreso. Puede hacerle fuerza al kirchnerismo, pero no le alcanza para ganar. Sin embargo, este escenario no será necesariamente inmutable por mucho tiempo más.

La elección que Cristina anticipa para junio, ganándole terreno al desgaste político, el malhumor social y el desgajamiento peronista, terminará alumbrando cuanto menos una nueva relación de fuerzas en el Congreso, en la que el kirchnerismo podría tener muy duras dificultades para mantener su condición mayoritaria.

Por cierto, en la elección apurada para junio se votará más que el recambio parlamentario. Estará en juego, de modo plebiscitario como ya se ha dicho y propone Kirchner, el destino del proyecto político dominante desde hace seis años.

En términos más prácticos, se definirá cuánto poder consigue retener Kirchner para sentarse, en condiciones ventajosas o al menos aceptables, en la mesa donde se va a diseñar su propia sucesión.

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