Cristina "bochó" la tarjeta del transporte

Todo comenzó la primera semana de febrero. El 4, para más precisión, la Presidenta Cristina Fernández anunció el lanzamiento del Sistema Único de Boleto Electrónico (SUBE) para viajar en micros, subtes y trenes de Capital y el conurbano. Prometió que estaría listo para ser usado en 90 días, y hasta hubo precisiones de costos: cada máquina de lectura cuesta unos 4000 dólares, y las tarjetas que se entregarán a los usuarios alrededor de 1,5 dólares cada una, contabilizando una inversión total de 200 millones de pesos.
El secretario de Transporte, Ricardo Jaime, bajo cuya órbita debe instrumentarse el sistema, se lanzó entonces a conseguir el diseño de la tarjeta. "Mi reino por un diseño" fue la idea que les llegó a sus colaboradores de un shakesperiano Jaime, y enseguida tomaron nota de su voluntad de cumplir con el plazo imaginado por la Presidenta, la mitad de lo que creen los empresarios del sector que demandará poner a punto el nuevo sistema.

Y fue así como en su entorno acercaron un diseño de tarjeta, cumpliendo el cortísimo plazo que les había dado. El secretario lo vio y lo aprobó de inmediato.

No era feo. En la tarjeta predominaban las líneas curvas y el celeste y blanco de la bandera. Jaime incluso la había aceptado con todo su equipo y hasta con miembros de alguna otra dependencia, que siempre cuatro ojos ven más que dos. La reacción fue unánime: aprobación total. Hasta acordaron con el estudio elegido algún tipo de "compensación" por su veloz labor: no trascendieron cifras.

Sólo faltaba una mini reunión con la Presidenta para cumplir con la formalidad de su aprobación. Pero no. En esa mini reunión se supo que Cristina ya había hecho su elección de tarjeta. Y no es la que Jaime había aprobado con entusiasmo. Es otra. Sólo resta esperar el anuncio oficial, pero por los pasillos de Transporte no están muy contentos con la decisión.

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