La crisis de Wall Street vista desde adentro

Operadores e inversores, unidos en la angustia por el derrumbe de las cotizaciones accionarias. Los quebrantos de los bancos llegan a los bolsillos de los analistas. Temor al desempleo y a perderlo todo. Una pintura del colapso.

Oso. Se transformó en el ícono de Wall Street. Representa el pesimismo frente a la caída en picada de las cotizaciones.

En las cuatro cuadras de Wall Street y sus alrededores todo se divide entre dos especies zoológicas: toros y osos. En la jerga financiera, los osos son los inversores más conservadores y optan por vender todas sus acciones si surge algún peligro para su madriguera. Los toros, audaces, huelen en cambio la sangre en tiempos de crisis y compran apostando a ganancias jugosas, una vez superada la mala racha.

Por estos días, en el centro de Manhattan casi no se ven toros. Queda el de bronce, claro, el símbolo de la opulencia del mercado neoyorquino, plantado en una plazoleta siempre llena de turistas japoneses ahora también frecuentada por ruidosos opositores al salvataje de la banca con fondos públicos.

Los osos coparon la parada y la recesión en ciernes les augura un largo reinado. Lo bueno es que los yuppies, aunque siempre rubios y con trajes italianos, parecen un poco más argentinos a la luz de la crisis. Discuten, se lamentan, se estresan y hasta se permiten dudar de la honestidad –el Tío Sam no lo permita– de los banqueros y empresarios.

DE HÉROES A VILLANOS. Kenneth es un joven neoyorquino de 34 años que votó a Bush después de haberse salvado del 11-S y ahora está convencidísimo de votar a Obama. Maneja unos 100 millones de dólares en inversiones de clientes de Merrill Lynch y va a trabajar bajo los efectos de una gripe molesta, aunque sabe que sólo lo esperan los reproches de esos apostadores. Son los mismos que lo felicitaban hasta hace un año por los buenos negocios que les traía.

“Uno de ellos me pidió vender todo y sacar la plata cuando la Bolsa tocó fondo. Es lo único que no hay que hacer, porque estas cosas pasan cada seis o siete años y lo peor es entrar en pánico. Pero esta vez todos están enloquecidos”, cuenta entre toses. Desde el cubículo contiguo asiente Scott, con la misma cara seria. Se los ve muy preocupados.

En el “main floor” (piso principal) de Merrill trabajan unos 500 operadores. Tiene tres niveles y parece un anfiteatro achatado. Todos los escritorios son minúsculos pero albergan de tres a cinco monitores, dos teléfonos y un intercomunicador. Es el quinto piso de 34 del rascacielos número cuatro del World Financial Center, justo frente al agujero que dejaron las Torres Gemelas en 2001.

El símbolo de Merrill, fundado en 1914, es justamente un toro. Pero el estallido de la burbuja inmobiliaria lo obligó a bajar el copete en enero y aceptar que se le asociara un fondo soberano asiático. Y que el mes pasado lo absorbiera el Bank of America.

Los especialistas aseguran que toda la banca de inversión será absorbida en pocos meses por los bancos tradicionales.

CORRIDA DE TOROS. Típicamente taurinos, los bancos de inversión multiplicaron hasta el infinito los créditos hipotecarios subprime, otorgados a clientes insolventes y por eso mismo más caros y rentables. Como todo estaba desregulado, primero les compraron los créditos a los bancos prestamistas y luego montaron sobre ellos una montaña de bonos. Después los vendieron como muy seguros a otros bancos y a capitalistas extranjeros ávidos de ganancias rápidas. Así tomaron la mayor parte del riesgo y lo esparcieron por todo el mundo.

Los compradores de esos papeles pasaron a ser los acreedores indirectos de los estadounidenses que se endeudaban para mantener su tren de consumo. El mismo dinero se prestaba varias veces y el precio de las casas aumentaba porque el crédito seguía fluyendo. Entre mediados de 2000 y fines de 2004, según la prestigiosa revista neoyorquina Monthly Review, las familias tomaron créditos hipotecarios por tres billones (3.000.000.000.000) de dólares. Su endeudamiento pasó de representar un 71% del PBI en 2000 al 100% en 2007.

Todo iba bien hasta que hace un año alguien tuvo miedo de que las casas no se vendieran más. Otro vio que el precio de la suya había bajado y que la cuota de su hipoteca se había duplicado por los intereses variables. Así que no pagó más. Sus nuevos acreedores virtuales quisieron deshacerse de los bonos, pero ya no valían nada. Los toros se convirtieron en osos. Y cuando cayó el primer banco, la fiesta dejó lugar a la resaca.

Kenneth se ofusca cuando acusan a sus patrones (y a él mismo) de haber propiciado ese jolgorio de endeudamiento. “Nadie rechazó la plata que le ofrecían, aunque sabían que no podían pagarla”, argumenta, aunque admite que “después los bancos la prestaron diez veces más y ahí sí hay algo de culpa”.

QUE VUELVA CHARLES. Steve S. es gerente de mercados internacionales de la misma entidad y saluda a Crítica de la Argentina con todo su vocabulario porteño. “¿Qué hacés, che boludo?”, dispara sonriente. Dedicará casi diez minutos (una eternidad en plena rueda) a comentar cómo empezó su carrera en los 90 vendiendo bonos y acciones argentinas, en aquel momento atractivas.

“Hace 15 o 16 años muchos clientes nos pedían invertir en la Argentina. Teníamos una oficina de 25 personas ahí y hasta mandamos algunos de nuestros chicos para dirigirla. Era bárbaro porque las comisiones eran en dólares”, recuerda. “La cerramos en 2000 y reabrimos el año pasado. Pero con los controles de capitales, el peso débil y lo pequeño que es el mercado, nadie va a poner plata grande ahí”, agrega con cara de lástima.

–Pero el lado bueno es que la crisis de este mes nos pegó menos que a Brasil ¿no?, discrepa el cronista.

–No hay lado bueno. ¿Cómo va a ser bueno que no te presten plata? Además, esta crisis va a afectar a todo el mundo. Es algo grande, ¿okey?

¡VIVA PERÓN, CARAJOU! Los ejecutivos más encumbrados de Wall Street tienen por contrato lo que acá se llama “paracaídas de oro”. Son indemnizaciones jugosísimas como los casi u$s500 millones que cobró el mismo Paulson cuando se fue de Goldman Sachs. Pero la mayoría de los operadores no cobraría ni un peso si los despidieran.

“Acá no hay leyes que protejan a los trabajadores. Se llama ‘empleo a voluntad’. Cuando quieren, estás en la calle. Por eso la gente está todavía en estado de shock. Agradecemos mantener el empleo”, confiesa Kenneth, el de la tos.

Ante este diario, el ejecutivo admite que su sueldo bajará mucho por la crisis actual. Explica que trabaja a comisión pero elude dar precisiones. Pertenece a la “clase media” de Wall Street y dice que llegó a ganar “algo más de 300 mil dólares” por año. Pero como su mujer también hizo plata con el auge de las hipotecas –es asesora inmobiliaria–, la joven familia (con dos hijos) logró mudarse a Battery Park, uno de los barrios más nuevos y caros de Manhattan.

El semipiso no se lo van a rematar. Tampoco la TV de plasma, los palos de golf, el auto ni el abono de la NBA. Puede tener que ajustar algunos lujos, pero seguramente sufrirán más los sectores pobres que ya venían bajando posiciones por la concentración económica de la era Bush.

EL DINERO NO ES TODO. Contra lo que se piensa, en las bolsas modernas muy pocos gritan. En la de Nueva York, los casi 1.500 operadores que se agolpan parados se cruzan guiños sin hablar y sólo miran las pantallas de las paredes y de sus transmisores portátiles inalámbricos. Con ellos disparan sus órdenes de compra y venta sin emitir sonido. Algunos alzan la voz sobre el final de la rueda, cuando se insinúa una recuperación. Muchos reciben órdenes de compra de tipos como Steve, el rubio menemista de Merrill.

El patriotismo invade cada rincón. Entre los miles de monitores asoman al menos veinte vistosísimas banderas de barras y estrellas. No parece alcanzar con la que cubre la fachada. El lema de la Bolsa también apela al orgullo: “El mundo pone sus acciones en nosotros”. Los chalecos verdes, azules, rojos y bordó que usan los operadores parecen uniformes militares, pero los elige cada banco a su gusto.

Ninguno de los consultados por este diario se suicidaría por un bajón bursátil, como los desesperados que vieron esfumarse sus fortunas en 1929. “Será que ahora nadie arriesga tanto y todos sacan seguros y coberturas”, opina el guía de la Bolsa, que pide anonimato. “¿Que la plata ahora importa menos? No, eso no creo que sea”, se sincera.

Qué va a importar menos.

Pagos millonarios de los bancos

Los seis bancos más importantes de Estados Unidos pagaron a sus empleados este año más de 70 mil millones de dólares, la mayoría en bonos, a pesar de la crisis financiera. Una nota del diario británico The Guardian señala que las remuneraciones de los empleados de Morgan Stanley alcanzaron casi 10.700 millones, incluso por encima del valor en la Bolsa de la compañía. En el Citigroup, los pagos fueron de 25.900 millones en los primeros nueve meses del año. Esta última entidad fue la que recibió una capitalización como parte del paquete de salvataje instrumentado por el gobierno de Estados Unidos.

Las remuneraciones de los empleados de Goldman Sachs fueron de 11.400 millones de dólares, mientras que las de los trabajadores de Morgan Stanley sumaron 10.700 millones. En el caso del JP Morgan, los pagos alcanzaron los 6.500 millones, y los de Merril Lynch, 11.700 millones.

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