La crisis es la nueva enemiga

Por César González-Calero

CARACAS.- Espoleado por los seis millones de votos logrados en el referéndum de anteayer, Hugo Chávez respira otra vez tranquilo.

Después de sufrir, en 2007, su primera derrota electoral tras nueve años en el poder, el presidente ahora promete "redoblar la construcción del verdadero socialismo", es decir, la profundización de ese capitalismo de Estado que practica desde 1999.

Nadie discute en Venezuela el carisma de Chávez ni su capacidad para conectar con las clases más desfavorecidas.

Una década en el poder no ha minado su popularidad, cercana al 57%, y el contundente respaldo electoral a la enmienda constitucional sobre la reelección ilimitada alimenta, sin duda, su creencia de que su presencia en el poder se hace ineludible.

La llamada "política de las 3R" (revisión, rectificación y reimpulso revolucionario) será la hoja de ruta para seguir por Chávez a partir de ahora. Las dos primeras erres tienen mucho que ver con la corrupción que atenaza a su administración.

Incontables son los ministros que han pasado por Miraflores en 10 años. En el circo presidencial de Chávez los enanos crecen como las flores en el campo. Y la apatía de un sector del chavismo tiene mucho que ver con ese séquito de funcionarios del gobierno que se ha enriquecido al calor de los ingresos petroleros, la llamada "boliburguesía", a la que Chávez fustiga, pero sin mucho éxito.

Ahora, sin una verdadera redistribución de la inmensa riqueza del país y con una política social que pone parches aquí y allá, pero no resuelve los problemas estructurales que el país sufre desde hace décadas, la tercera erre de Chávez, el reimpulso revolucionario, suscita mucha más incertidumbre.

"Esa profundización del proyecto socialista podría llevar a una involución del Estado, a un golpe a los cimientos democráticos del país, por la concentración de poderes en manos del Ejecutivo que representa", explica a LA NACION el analista en relaciones internacionales Carlos Romero.

La crisis está cerca

Asegurado ya su futuro político y con el horizonte despejado hasta 2019 (si vence en las elecciones de 2012), Chávez se enfrentará ahora a un gran desafío: que cierren las cuentas del Estado en un contexto de crisis económica internacional.

A pesar de la caída de los precios del petróleo, el líder bolivariano confía en que el barril repunte hasta los 60 dólares a finales de año (ahora está por debajo de los 40). De no ser así, la tijera del gasto penderá sobre las "misiones" sociales y sobre recursos destinados a otros países.

Una de las razones de las prisas de Chávez para celebrar un referéndum exprés tres meses después de los comicios regionales fue precisamente el miedo a que esa crisis en ciernes afectara sus índices de popularidad. "La crisis no ha impactado tanto en el referéndum porque todavía no se percibe, no se asocia con la figura de Chávez; al contrario, la relación telúrica del presidente con su electorado se mantiene, no ha habido un cortocircuito", explica Romero.

Será en los próximos meses cuando pueda producirse un choque entre la profundización del modelo revolucionario que quiere el presidente y el impacto de un barril de petróleo barato, asegura el experto.

Cuanto mayor sea ese impacto, más repercutirá en la aceptación popular de Chávez. "Si reduce el presupuesto de las misiones, habrá descontento social, lo que a su vez podría desencadenar represión y un mayor autoritarismo presidencial", comenta Romero.

El pasado de la oposición

El candidato Chávez no tiene, sin embargo, la victoria asegurada en 2012. Al probable desgaste con el que concurrirá tras 14 años en el poder, se suma el hecho de que la oposición buscará un candidato único con gancho suficiente para arañar ese millón de votos que lo separa del oficialismo.

Para enfrentar a la poderosa maquinaria del Partido Socialista Unido de Venezuela, el abanico de partidos opositores no tiene una tarea fácil por delante.

Hay algunos dirigentes que despuntan, como el alcalde de Maracaibo, Manuel Rosales; el dirigente de Primero Justicia, Julio Borges, o los jóvenes políticos caraqueños Carlos Ocariz y Leopoldo López. Pero la engorrosa sombra del pasado es una espada de Damocles sobre la cabeza de la oposición. El tragicómico intento de golpe cívico-militar contra Chávez, en abril de 2002, o la ridícula retirada de las elecciones legislativas de 2005, que dejó la Asamblea Nacional (el Parlamento) en manos del oficialismo, son lastres que siembran más dudas que certezas en la alternativa al chavismo.

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