Por la crisis

Por Martín Caparrós.

La crisis no se esconde; al contrario, le gusta pavonearse. Camino por Nueva York y se muestra de todos los colores todo el tiempo.

La crisis no se esconde; al contrario, le gusta pavonearse. Camino por Nueva York –momentos libres de un trabajo– y se muestra de todos los colores todo el tiempo, y en las reuniones no hay quien no la nombre con puteada, suspiro, sonrisita, mirada en las alturas. Cuando hablan de crisis no hablan –lo dijo el otro día Noam Chomsky– de los 900 millones de personas que ya no comían cuando las hipotecas todavía se pagaban y Wall Street chorreaba oro con grasa; hablan del fracaso del negocio, y de eso hablan todo el tiempo.

Esa crisis está por todas partes y su mayor virtud es que, como cada relato que realmente importa, da sentido: provee una causa y una explicación generales para una multitud de hechos particulares. El año pasado estos tres locales vacíos con carteles de se alquila –una ex vinería, una ex peluquería, un ex restorán en la misma cuadra de Broadway– habrían sido tres historias de comerciantes que no supieron manejar sus negocios; hoy son síntomas y efectos de la famosa crisis. Lo mismo pasa a escala mundial: todo –una migración en China, una huelga en Alemania, una protesta por hambre en Filipinas, un gobierno que cae en Budapest, un polaco que se queda sin trabajo en Sevilla, un sevillano que se queda sin trabajo en Sevilla, la cárcel de un banquero, el suicidio de otro, la muerte de un policía, la locura de un inmigrante mexicano, la cola en la puerta de una fábrica, el paro general en Francia, la cancelación de la muestra anual de la Sociedad de Criadores de Orquídeas de Manhattan, el adelantamiento de unas elecciones– se convierte de pronto en parte del todo: la crisis se manifiesta en todas partes, de todas las maneras.

No hay nada más tranquilizador que esos relatos que unifican sentido, aunque sea para explicar catástrofes: también una catástrofe duele menos si viene con su causa explicativa, su justificación –y esa justificación es general, ajena. Para eso se les ocurrió, hace miles de años, a algunos genios anónimos inventar unas cosas que llamaron dioses, y les fue mejor que al Citibank.

Ahora, lo que vuelve con la crisis es la idea de una causa central, social, para cada historia personal. Puede ser, de algún modo, un cambio de época. La que se acaba empezó cuando Thatcher, Reagan y sus Banqueros Incansables nos convencieron de que todo era responsabilidad individual. "¿Qué es la sociedad? La sociedad no existe", explicaba, precisa, lady Margaret. "Lo que existe son los individuos, hombres y mujeres, y las familias, y el gobierno trabaja con ellos, y ellos se ocupan más que nada de sí mismos". Los neoliberales impusieron un modelo del mundo –que algunos llaman, con retintín, "ideología"– en el que cada cual era la razón de sus triunfos y fracasos: la apoteosis del individuo se cargó las ideas de sociedad, tejido social, responsabilidad colectiva, y las redes que esas ideas habían construido. Eran pavadas: los ricos eran ricos porque eran más vivos y más activos que los pobres, y los pobres eran tontos o haraganes así que, si había desigualdades extremas, los únicos culpables eran los que no conseguían tener tanto como los que sí. El darwinismo social era una explicación interesante, interesada: si los más ricos son más ricos porque son mejores, su posición está justificada.

Ahora la crisis trae de vuelta la idea de sociedad: estamos en el mismo barco, si se hunde no se salvan ni González ni Soros –y, además, es probable que Soros y el capitán de turno tengan más culpa que González. La idea de destino común tiene una versión fácil, argentina: la culpa siempre es de los otros. Y una más interesante: la culpa es de todos y, sobre todo, de cómo nos relacionamos –y conviene, entonces, cambiar esa manera. Pero falta una idea.

Una antigua superstición suponía que las crisis servían para algo. Eran, decía, una oportunidad para revisar a fondo todo lo que se ha hecho y buscar las formas de cambiarlo. Los argentinos corregimos, entre tantos, ese error, y aprendimos a pasar crisis tras crisis sin que ninguna nos sirviera para corregir nada. Ahora el mundo, una vez más, está aprendiendo lo que le enseñamos: esta crisis es un fantasma que lo recorre sin saber qué decir o, dicho de otro modo: es la primera vez en la historia moderna que se produce una crisis de esta magnitud sin que haya un modelo alternativo.

Una forma de pensar el mundo –lo que importa es que yo gane cada vez más plata para comprar cada vez más cosas y el resto ya veremos– se fue al carajo con ruido, olor, grititos. Todos están de acuerdo en que la culpa fue de los ricos, los bancos, los gobiernos pero, sin una alternativa a la vista, la crisis parece solamente el final de una aventura exagerada: "Es el fracaso de un modelo anglosajón, el intento de basar todo el mecanismo en la sola idea de beneficio a corto plazo", escribió hace poco en Le Monde el director francés de un banco. No seamos brutos: vayamos por el beneficio a mediano plazo, volvamos a llamar al Estado para que nos modere y retrotraigamos la situación al tiempo en que tampoco funcionaba. (Es el modelo Obama: últimamente la res americana se había ido tan al carajo que festejamos como gran novedad la vuelta a una situación que suponíamos mala hace diez años: un clintonismo levemente teñido.)

Sin oposición, el capitalismo presenta su crisis como un inconveniente o moderada piedra en el camino. "Cuando el crecimiento económico inevitablemente resurja…", decía ayer un analista económico en la tele. Confían en que esta crisis sólo va a costarles mucha plata; no, en todo caso, su hegemonía. Y parece que así será, por la pobreza de ideas: solemos creer que este universo no se acaba nunca porque para pensar que se acaba hay que poder imaginar qué habría más allá. En Francia, en estos días, un partido de realmente izquierda avanza mucho en las encuestas y en la calle; unas mediciones dicen que lo apoya la misma cantidad de franceses que a Sarkozy –un tercio– y el otro día estuvo muy presente en la gran huelga contra los despidos. Lo encabeza un cartero de 39 años, Olivier Besancenot, y es una metamorfosis de la vieja Liga Comunista Revolucionaria trotskista. Lo duro es que hace unos meses, en su primer congreso, cuando pensaron qué nombre le pondrían, lo mejor que se les ocurrió fue Nuevo Partido Anticapitalista. Sabían muy bien contra qué peleaban; parece que no sabían a favor de qué o, al menos, cómo podrían llamarlo.

Por eso la gran crisis del capitalismo no es, por primera vez en su historia, una oportunidad para que un modelo diferente exponga la debilidad del dominante e intente suplantarlo. Es una pena. Pero las aguas igual están revueltas, la confusión abunda y, por más que no haya alternativas claras, de esas confusiones salen cosas. Hace unos días un articulito muy menor decía, por ejemplo, que en Estados Unidos habría, por primera vez, más trabajadoras que trabajadores; anteayer el gobierno chino propuso dejar atrás al dólar como moneda global. Es el tipo de dato que va a estar en los manuales del siglo XXII –si es que hay manuales, si es que hay siglo XXII–, y van a seguir apareciendo.

Lo que está en crisis es un modelo tan poderoso que ni siquiera le aparecen alternativas; una crisis así es una gran oportunidad para vaya a saber qué. Muchas cosas se mueven, mucha gente se mueve, las respuestas no sirven, saltan las preguntas; aunque no sepamos dónde vamos, aunque no haya metas prefijadas –y, quizá, porque no hay metas prefijadas–, el mundo se ha puesto interesante. Salvo en casa, por supuesto, donde lo que importa es si Néstor diputa o Cristina disputa o Lilita computa o Felipe y Francisco se fueron al río.

Comentá la nota