La crisis

Por Jorge Fontevecchia

Mientras esta semana Alemania hacía su oficial ingreso a la recesión (lo mismo hicieron Inglaterra y España), el libro que en ese país se mantiene desde hace nueve semanas en la lista de best sellers es El capital de Marx.

Mientras esta semana Alemania hacía su oficial ingreso a la recesión (lo mismo hicieron Inglaterra y España), el libro que en ese país se mantiene desde hace nueve semanas en la lista de best sellers es El capital de Marx. Pero no se trata del libro escrito por Karl Marx en el siglo XIX sino del escrito por Reinhard Marx, arzobispo de Munich y secretario de la Conferencia Episcopal Alemana. Siendo uno de los teólogos más respetados por el Vaticano, el cardenal Reinhard Marx se pregunta si Karl Marx no tendría razón y el capitalismo es un episodio más en la historia de la humanidad. El libro comienza con una carta suya dirigida al mismísimo Karl Marx (a quien se dirige como “querido tocayo”), donde separa sus ideas, que “no están muertas y hay que tomarlas en serio”, de las “insensateces y atrocidades cometidas en su nombre en el siglo XX”. Y, tomando de base la Doctrina Social de la Iglesia, sostiene que “el catolicismo debe aportar una visión ética y social para una reforma sensata de los sistemas financieros”. Concluye su carta pidiéndole a Karl Marx que reconozca ahora su error sobre la inexistencia de Dios.

La Iglesia (como también el peronismo, salvando las distancias) permite que el Papa rehabilite a un obispo nazi y simultáneamente el arzobispo de donde nació el propio Benedicto XVI o Joseph Ratzinger (Munich es la capital de Baviera), defienda al fundador del comunismo.

Klaus Peter Kisker, economista de la Universidad Libre de Berlín, unifica a ambos Marx en un punto: “La Iglesia Católica, igual que muchos actores sociales, se ha apuntado a criticar el capitalismo y la globalización pero no cuestiona las verdaderas causas de las crisis y de las desigualdades sociales”. El problema de la Iglesia y otros críticos del capitalismo –según Kisler– no proviene de su falta de formación marxista, sino de su falta de conocimiento sobre el capitalismo. Para paliar esa “ignorancia”, Kisker recomienda un curso semestral en su universidad titulado Marx Reloaded, que se ha convertido en el éxito de Berlín.

Un punto interesante a la hora de analizar qué se debe corregir del capitalismo es observar que en el capitalismo moderno cada vez quedan menos empresarios conduciendo las grandes empresas. Entendiendo por empresarios a aquellos que son dueños del capital de la empresa o de una parte determinante de ella.

Las grandes empresas de todo el mundo, que comenzaron hace varias décadas impulsadas y conducidas por un empresario (que hasta colocó su nombre en ella, como Ford, Disney, Hewlett-Packard, Nestlé, Kellogs, Peugeot, Dunlop, Campbell y tantas otras), para crecer y desarrollarse abrieron su capital al público en forma de acciones que cotizan en las Bolsas mundiales. Primero los herederos del fundador se aseguran el control de la empresa manteniendo una suficiente cantidad de acciones, pero casi inevitablemente, con el transcurso de las generaciones, la participación accionaria se va atomizando hasta llegar a que no exista ningún capitalista que tenga el control de la empresa. En ese punto, en el que se encuentran muchas de las más grandes empresas del mundo, quienes deciden por ellas no son el o los dueños del capital sino los ejecutivos que las conducen.

Cuando se llega a ese estadio, se reproduce en el ámbito privado lo que muy habitualmente sucede en el público: los políticos no toman decisiones sobre el dinero del Estado con el mismo esmero que lo hacen con su dinero personal. La jerga gerencial acuñó la expresión en inglés others people many para indicar la falta de alineamiento entre los intereses de la empresa y los de sus ejecutivos cuando éstos pueden “maximizar su beneficio” sin importarles qué le suceda al dueño del capital.

Los altos ejecutivos sólo están algunos años al frente de determinadas empresas y qué pueda suceder con ellas cuando esos ejecutivos ya no están al frente de ellas sólo será una preocupación de los más éticos, porque no pocas decisiones que son beneficiosas en el corto plazo perjudican en el largo plazo.

La solución no residiría en erradicar la codicia (que es “un pecado”, según recordó el cardenal Reinhard Marx en su libro) porque, como explicaba Adam Smith, no hay sistema que funcione apelando sólo a personas éticas y morales, sino en prestar atención a que, por primera vez desde el surgimiento del capitalismo, en las empresas más grandes la codicia no la ejercen los dueños del capital.

El mejor ejemplo fue la noticia que anteayer reveló Tim Geithner, secretario del Tesoro estadounidense. Mientras se atraviesa la mayor crisis financiera de la historia, las empresas financieras de Wall Street pagaron 18.400 millones de dólares en bonus a sus ejecutivos durante 2008. Es la mitad de lo que se autorretribuyeron los ejecutivos en 2007 pero es igual al bonus de 2004, que representó el sexto mayor de la historia de Wall Street. De ese total, cuatro mil millones de dólares habrían sido para los ejecutivos de Merill Lynch, empresa que tuvo que ser absorbida por Bank of America gracias al aporte de veinte mil millones del gobierno de los Estados Unidos por el Programa de Alivio de Activos Problemáticos (TARP).

En esta disociación entre los capitalistas y quienes manejan las empresas (y supuestamente los representan) reside una parte del problema. Volviendo a Marx, la economía de la ex Unión Soviética colapsó porque, al no haber dueños del capital en la conducción de las empresas, los directores de las mismas se quedaban con una parte de la producción para venderla en el mercado negro y otras formas de estafa. No cobraban bonus, pero el problema era el mismo.

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