La crisis global reclama reformas no cosméticas

La crisis global reclama reformas no cosméticas
Por: Roberto Lavagna - EX MINISTRO DE ECONOMIA

En unas semanas, la reunión del G-20, de la que participará la Argentina, deberá encarar medidas eficaces para suturar la mayor pérdida global desde la Segunda Guerra.

La economía mundial en su conjunto perdió por la desaceleración el equivalente al 1,5 % del total de la producción mundial en el 2008 y perderá otro 3 % este año. Es la mayor pérdida global desde la II Guerra Mundial.

Claramente hacen falta reformas de fondo, además de las medidas de reflotamiento de corto plazo. Sobre eso habrá de discutir el G-20, del cual Argentina forma parte, en las próximas semanas.

Interesa por tanto y mucho qué será lo que se negocie y lo que pueda lograrse como consenso en dicha reunión. Desde ya, habrá el consabido pedido de un mayor peso del mundo en desarrollo en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Está bien pedirlo, pero no es eso lo que va a solucionar los problemas de estructura y menos aún, en el caso argentino. Por el retraso relativo de los últimos 30 años respecto de otras economías, nuestro peso, en particular, ya cayó algo en la reforma reciente y podría volver a caer.

Las ideas de fondo creo que hay que buscarlas en otro lado y personalmente las definiría como:

a) medidas que tiendan a equilibrar el ciclo económico y no a ampliarlo (políticas contracíclicas),

b) el diseño de estabilizadores automáticos,

c) regulaciones coordinadas para el conjunto de los operadores financieros.

Dentro del primer grupo, el de las políticas contracíclicas hay varios capítulos a incluir. Hoy las entidades financieras valúan las inversiones a valor de mercado (mark to market); eso significa que los valores de los balances y otros datos de inversión suben junto con la formación de la "burbuja" y se derrumban, incluso por debajo de sus valores reales, en el momento de las crisis. La valuación que hoy permite este movimiento amplificado y desestabilizante debe ser revisada.

Las calificadoras de riesgo, tres grandes en el mundo, son sesgadas hacia la exuberancia irracional en los momentos de auge y siempre llegan con retraso en los momentos de crisis. Eso significa que son responsables de calificar positivamente a sus clientes y con ello favorecer el armado de las burbujas. Cuando éstas estallan, al cambiar groseramente las calificaciones de países y empresas, profundizan la corrida.

Los modelos internos de valuación del riesgo (internal risk managment model) que los bancos usaron en buena parte de la era Greenspan en la Reserva Federal, el banco central de los Estados Unidos, también han fracasado -sobre todo en las etapas de auge- en evaluar con seriedad el riesgo de sus colocaciones. Por tanto han amplificado la fase alcista del ciclo financiero, en el momento de la formación de la burbuja. En los dos casos últimos es evidente, además, que hay un conflicto de intereses. A las calificadoras de riesgo les conviene favorecer la colocación de emisión de deuda (bonos o capital) y si cualquiera de las tres fuera más rigurosa, inmediatamente perdería buena parte de sus clientes.

A los bancos, a su vez, les resulta más fácil sesgarse hacia modelos que minimizan el riesgo sobre todo si esta conducta es más o menos generalizada en el sector.

Dentro del segundo grupo, el del diseño de estabilizadores automáticos hay que incluir, por ejemplo:

Los requisitos de capital para las entidades financieras. En los últimos años el apalancamiento de las instituciones financieras, esto es, el total de activos que mueven respecto de su capital propio, subió enormemente sobre todo en las entidades no reguladas. Esto significa que mientras la burbuja se desarrollaba, el capital propio que los bancos ponían en juego era cada vez menor. Sobre pequeños capitales montaban enormes masas de operaciones financieras. Claramente el capital mínimo de las entidades financieras debe ser ampliado en épocas de auge, de alza de los mercados, de modo de ayudar a crear incentivos contrarios al sesgo alcista.

El Fondo Monetario Internacional y su entidad hermana, el Banco Mundial, en su carácter de prestamistas han relajado sus requisitos hacia países con modelos de revaluación de la moneda, libertad al movimiento de capitales especulativos, etc. y, en cambio, han aumentado sus ¨condicionalidades¨ -los requisitos que ponen- para acordar créditos en medio de situaciones de crisis.

Está claro que debería diseñarse un mecanismo inverso en las crisis, sobre todo cuando éstas atacan al conjunto de la economía mundial o a regiones enteras, de modo de reforzar con líneas de crédito automáticas la capacidad de enfrentar corridas que sufren especialmente los mercados emergentes.

Por ultimo, veamos las regulaciones coordinadas. En la etapa de la burbuja, las entidades con mayor expansión fueron precisamente las no reguladas, a punto tal que en el mercado de Estados Unidos -como consecuencia de la crisis- han desaparecido por haber sido compradas (Merrill Lynch), cerradas (Lehman Brothers) o trasformadas en bancos (Morgan Stanley/Goldman Sachs). La regulación debe abarcar a la totalidad del sector, no deben admitirse operaciones fuera del balance central y la coordinación debe ser de carácter internacional.

La información en forma adecuada y en tiempo real, lo que puede definirse como transparencia, debe aportar un elemento adicional a los operadores, a los inversores y a quienes toman decisiones económicas en general. El sistema hoy es opaco, intrínsecamente oscuro por efecto del mal uso de modelos matemáticos y de innovaciones financieras que favorecen el movimiento en "manada" de operadores e inversores.

No se trata de acordar sólo reclamos genéricos como los de mayor participación en la toma de decisiones, ni algunas medidas aisladas.

Ante la gravedad de esta crisis, debe actuarse en forma simultánea sobre los tres frentes que se acaban de señalar.

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