Crisis global: 'el liberalismo redescubre la solidaridad?

Lo sucedido en esta semana de pánico económico está reclamando un esfuerzo internacional concertado, que empezó ayer con las decisiones adoptadas por el G7.
En particular la evidencia de que la contracción monetaria fue una causa de la (Gran) Depresión (.) ha sido reafirmada". Esta observación corresponde al presidente de la Reserva Federal, Ben S. Bernanke y no, no fue hecha en las últimas horas. Está incluida entre las conclusiones de un artículo ("La Macroeconomía de la Gran Depresión: un enfoque comparativo") publicado en 1995 en una revista especializada. 'Estamos hoy en el mismo punto que en 1929?

Es difícil saber porque Bernanke no le pasó esta grajea de sabiduría al secretario del Tesoro Henry Paulson. Ni siquiera parece haberla recordado en su último testimonio ante el Congreso ya que -junto a Paulson- se opuso a la idea de emplear el dinero del rescate estatal para permitir la continuidad de las operaciones financieras. "Poner dinero en las instituciones es una receta para el fracaso", aseguró Bernanke apenas el 23 de septiembre y Paulson bailó al son de esa música. Cuando llegó el momento de votar la ley de rescate los legisladores incluyeron en su texto una autorización que los responsables de la iniciativa no pedían ni deseaban. Precisamente la de invertir parte de os 700 mil millones del paquete en la inyección directa.

Una semana después de que el dinero estuviera disponible, aun no se ha colocado un dólar, ni en la colocación de dinero en los bancos ni en la compra de los llamados "préstamos tóxicos" que están en el inicio de la presente crisis. Y esta semana que pasó la economía global, no solo la estadounidense, han pagado el precio de esa inacción.

En todo caso, las cosas no serán como lo pensaron Paulson, Bernanke y sus equipos porque el deterioro general es tan intenso y rápido que la Casa Blanca parecen haber decidido la compra de acciones preferenciales de bancos como modo de colocar el dinero en el circuito del modo más directo y rápido. Aún resta saber si llegará a tiempo. Nouriel Roubini, el economista que parece tener hoy la bola de cristal sobre la crisis que previó en el 2006, asegura que se precisa "una masiva e ilimitada provisión de liquidez a las instituciones financieras solventes".

Entre las amargas opciones que parecen a mano para detener el derrumbe está la inyección de dinero en el sistema bancario asegurando a los depositantes y estimulando a los bancos a regresar al crédito entre ellos. En cualquier caso el costo de la crisis caerá sobre los inocentes, pero a esta altura lo que todo el mundo desea es despertar de la pesadilla antes que se parezca más a la del 29. Aquella Gran Depresión se vio agravada por la incapacidad de los gobiernos de entonces de coordinar respuestas a los problemas comunes.

Paulson quedó esta semana en la vitrina del desastre ofreciendo el espectáculo de arrastrar los pies en medio de la tormenta y habilitando la pregunta 'saben los que conducen qué hacer? En el fondo lo que hay en esto es también una disputa ideológica con sordina. Si Washington se inclina finalmente por la compra de acciones preferenciales de los bancos la medida será vista como, al menos, una nacionalización parcial del sistema financiero.

Hasta último momento la Casa Blanca evitó modificar la estructura de la propiedad; desde oponerse a la captura de acciones de las firmas a ser rescatadas como modo de respaldar la inversión de los contribuyentes hasta la eliminación de las indemnizaciones llamadas "paracaídas dorados" que se garantizaban a los ejecutivos de las instituciones financieras que iniciaron el presente juego suicida. No, el capitalismo no está por desaparecer pero está, sí, a punto de sufrir serios y postergados cambios.

Es difícil, por ejemplo, anticipar como la sociedad estadounidense va a volver de su largo ensueño con la vida endeudada. Como nación debe más de 10.000 millones de dólares y las estadísticas revelan que solo durante dos años desde 1965 los estadounidenses han gastado menos que el anterior. La deuda en tarjeta de crédito ha crecido más del 50% desde el 2000.

El Instituto de Valores Americanos advirtió en su informe de mayo que la familia promedio en Estados Unidos estaba gastando (la cifra es del 2004) el 18% de su ingreso en el pago de deuda. Este estilo de vida es algo que el sistema capitalista no cubre más, al menos eso es evidente.

Lo sucedido en esta semana de pánico económico y extrañas maravillas (ejemplo: las acciones de General Motors cayeron a niveles de 1950 dejándolas con menos valor que el que tenían en 1929) está pidiendo un esfuerzo internacional concertado que, quizás, se verifique hoy cuando los ministros de finanzas del G7 -las naciones desarrolladas- se reúnan en Washington a invitación de Bush.

Una acción internacional solidaria no es sencilla pero, a esta altura de las cosas, sí deseable. En los años 90 Peter Drucker -uno de los gurúes del liberalismo- invitaba a abandonar el precepto de que la propia salvación dependía de la del conjunto. Quizá haya que volver a aprenderla.

Comentá la nota