La crisis económica global agrega exclusión y pobreza

Por: Marcelo Cantelmi

Los indicadores sociales de la recesión mundial obligan a relativizar el optimismo que despertó el salvataje de las grandes entidades bancarias y los signos de recuperación.

El mensaje entusiasta desde el Norte mundial respecto a que la crisis económica ha dado ya vuelta a su peor página, expresa un fascinante sistema de organización de la realidad que merece una observación atenta. El estallido de la burbuja inmobiliaria y su estela de desastres en los mercados, generó una transformación global cuyos alcances aún no se han definido. Pero es en su costado social donde se vislumbran los peores espectros. La OIT cifra en 30 millones los nuevos desocupados que provocará esta pesadilla, ampliando a 50 millones el total de personas en el mundo con problemas de empleo.

Este desafío no debería ser observado sólo como la verificación clásica sobre quiénes acaban siempre pagando los costos. Sino, en una perspectiva más amplia, sobre qué puede esperar el mundo de tal acumulación de desesperados. Hay mucho de ese escenario inquietante en el trasfondo de la batalla verbal entre Barack Obama y la derecha republicana, que le demanda mantener la mano dura en la represión del fantasma terrorista, incluyendo el mantenimiento de la tortura que legó como una "barbarie legal" el gobierno de George Bush.

Pero veamos primero qué sucede con la gran crisis. El cambio en su evolución es concreto, limitado y consecuencia de dos importantes pasos. Uno fue la cumbre del G-20 en Londres el mes pasado. Allí las mayores economías del mundo y un puñado de las emergentes encabezados por China, no crearon un nuevo sistema económico mundial como se fantaseó. Pero sí confirmaron un par de medidas prácticas ampliamente anticipadas: fortalecieron al FMI con casi un billón de dólares, cuya mayor parte será para contener la bancarrota en el Este europeo, la principal espada que pende sobre los bancos de Europa Central. Y se comprometieron a recapitalizar las entidades de crédito evitando efectos letales como los que causó el cadáver de Lehman Brothers.

El otro paso fue la evaluación (stress test) a que el gobierno de Obama sometió a los 19 bancos más grandes de su país. Ese puñado de entidades, entre ellas Citibank y Bank of America explican el 75% de los activos del sistema bancario norteamericano y la mitad de los préstamos. La sola idea del examen estremeció inicialmente a los mercados seguros de que aceleraría y no impediría las quiebras al desnudar las miserias de estos gigantes. Walter Molano, un inclaudicable analista mexicano neoliberal, llegó a plantear que "el pánico bancario no debería sorprender. Los bancos de EE.UU. están insolventes y algunos requerirían la estatización". (!)

Pero el examen dio resultados de salud tan sorprendentes como inesperados. El rojo de todas estas entidades que estuvieron balanceándose por meses en las cornisas de la quiebra, apenas llegaba a US$ 75 mil millones. Y ya, a los pocos días, los bancos habían reunido la mitad de esa suma. De modo que las cosas no eran tan graves y se podía pasar sin mayores traumas al capítulo central de este carrousel que es la compra por parte del Estado de los activos tóxicos de estas entidades; esto es, los instrumentos con que armaron el fraude de la burbuja inmobiliaria y que ahora valen tanto como nada.

¿Qué paso? No importa. Todo fue otro "ejercicio" creativo cargado de suspicacias. Sirvió para que regrese el optimismo. Al fin de cuentas son números, como, filoso, lo puso Martín Wolf en el Financial Times: "¿cuánto capital necesita un banco? ¿cuál es el largo de un elástico?". El problema como siempre es que ese no es el único problema. No se resume esta cuestión al salvataje de los bancos. Hay una serie de desafíos que no están siendo atendidos con el mismo entusiasmo. Uno es la carencia de crédito pese incluso al derrumbe de las tasas en EE.UU. y Europa. China, tercera economía mundial, segunda potencia comercial, logró un crecimiento de 6%, excepción en un páramo de gigantes en recesión. Y lo obtuvo porque concentró en cuatro bancos estatales una formidable maquinaria para estimular la economía.

De este lado del mundo las políticas de estímulo llegan lentas o no lo hacen, ello sin perder de vista la bomba inflacionaria que se ha armado con la tremenda emisión que autorizaron las potencias presionadas por la "emergencia". Pero hay más. Según el escenario más probable que proyecta la revista The Economist, habrá recuperación el año entrante aunque los números positivos no serán en absoluto parecidos a los que marcaron este lustro. Eso se traducirá en sobrante humano, y así volvemos al desafío social señalado más arriba. Un informe del FMI, fechado el 16 de abril pasado y consignado por la politóloga española María Luisa Fernandez (Crisis económica: repercusiones a la paz y la estabilidad global), advierte que "la crisis llevará a millones de personas a la pobreza, con consecuencias devastadoras". La cuestión es de gravedad tal que el jefe de la inteligencia nacional estadounidense Dennis Blair sostiene que las consecuencias de la recesión reemplazaron al terrorismo como la mayor amenaza para la seguridad del país. El planteo del funcionario tiene la lucidez de apuntar justo a la raíz de la violencia: Habrá movimientos de población y sufrimiento humano a gran escala, reducción de la actividad económica, menos comercio y crecerán los espacios ingobernados que pueden ser explotados por terroristas.

Siempre fue lícito sospechar que detrás de la guerra antiterrorista, Bush buscó reducir las libertades individuales para proteger de las amenazas sociales el sistema de acumulación concentrado, vertical y especulativo que alentó y que terminó del modo que sabemos. De esa idea podemos extraer otra vinculada a la distribución del ingreso. Si es cierto que los espacios de pobreza provocan violencia, no es cuestión de detectives adivinar cuál es el generador principal de la amenaza que se cierne en buena parte del mundo bajo la mascarilla del terrorismo. Y menos misterioso aún, determinar qué habría que hacer para poner en orden estas cuestiones.

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