La crisis y sus consecuencias

La relación entre crisis económicas y crisis políticas es un tema recurrente en la historiografía. Las preguntas acerca de qué hubiera pasado en Alemania entre 1930 y 1933, de no mediar el impacto de la crisis abierta en Wall Street en 1929, siempre vuelven a la mesa del debate acerca de un pasado concebido no sólo como explicación, sino también como signo de advertencia.

Este ejemplo canónico sobre los vínculos entre economía, desocupación y ascenso de la dominación totalitaria hoy parece quedar relegado al estudio del desenvolvimiento del último siglo. Nadie imagina que podría repetirse. No obstante, la cuestión de la crisis económica y sus consecuencias políticas sigue planeando sobre la actualidad.

Si observamos el mundo de las democracias consolidadas, principalmente en los Estados Unidos y Europa, las maniobras suscitadas por la crisis están produciendo un profundo cambio de orientación. Las democracias se internan en una etapa en la cual las voces de orden son las de regulación y coordinación.

Con este nuevo rumbo, tal vez Europa podría recuperar el espíritu integracionista, muy apagado en el último quinquenio, y los Estados Unidos estarían en el umbral de elaborar otros proyectos en cuanto al gobierno de la economía. A no dudarlo, una pesada incertidumbre representa aquí un papel relevante. Quebrar la desconfianza es uno de los retos más trascendentes de la política.

Empero, no sólo las democracias afrontan estos desafíos. En realidad, la prosperidad que marcó los primeros años de este siglo en la economía globalizada impulsó asimismo el desarrollo de un nuevo tipo de régimen con mayores o menores improntas autoritarias. De China a Rusia y Venezuela, estas formas de dominación reúnen juntas la característica de abandonar las antiguas ideologías totalitarias, conservando, sin embargo, el núcleo duro del poder político sin las limitaciones propias de las democracias en relación con la competencia partidaria y las libertades públicas.

Muchos interrogantes

China presentaría, en este sentido, el ejemplo más acabado: un régimen de partido único, con un método de sucesión normalizado dentro de esa organización, que se ha lanzado en pos de una inédita mudanza capitalista comportándose, según el concepto de John Rawls, como un Estado "decente" en la arena internacional. China abre, de este modo, el interrogante de saber si la apertura económica, mediante una masiva reforma agraria que otorgaría derechos de propiedad a la población rural, podrá ir generando las bases para una futura apertura política. Esta administración gradualista de la economía ha tenido resultados que asombran al mundo. Menos asombro ha producido la rigidez de las estructuras políticas. Volvemos, pues, a la pregunta por ahora sin respuesta: ¿conducen, necesariamente, las libertades económicas a las libertades políticas?

No ha sido el caso de Rusia, donde la prosperidad derivada de los aumentos de los precios de exportación (petróleo y gas), lejos de alentar la liberalización política del régimen, lo inclinó hacia un ejercicio más autoritario del poder bajo la égida de Vladimir Putin. Esta paradoja del éxito merece subrayarse: la prosperidad no genera directamente, como un virtuoso derrame, la vigencia de las libertades políticas.

En Venezuela, la dialéctica entre la riqueza petrolera y la hegemonía instaurada a través de la institución dominante del Poder Ejecutivo ha dado a luz un recurrente conflicto entre gobierno y oposición (por otra parte, Chávez ha sido derrotado en una elección). En Rusia, en cambio, esas tensiones son más soterradas debido al control del gobierno de Putin sobre los medios y la oposición. Como han mostrado Boris Nemtsov y Vladimir Milov en un informe indispensable según consigna Amy Knight ("The Truth About Putin and Medvedev", The New York Review of Books, 15/5/08), solamente hay tres diarios independientes en Rusia. El resto de los medios está sujeto a los dictados del gobierno.

Putin, de este modo ?concluyen estos autores?, ha fijado el contorno de un contrato invisible con el pueblo por medio del cual se toleran la corrupción, la coacción sobre los medios y el aumento exponencial de la criminalidad en la medida en que sigan mejorando las pésimas condiciones de vida heredadas de los años noventa.

Recordarán los lectores que éste fue el corto período que sucedió al colapso del orden totalitario de la Unión Soviética con la puesta en marcha de un capitalismo bajo el comando de un grupo de supermillonarios denominados oligarcas. Las cifras son contundentes: el precio del petróleo, que estaba a 16 dólares el barril durante la presidencia de Boris Yeltsin, se multiplicó casi siete veces. De tal suerte, el PBI tuvo un 70 por ciento de aumento en el curso de la presidencia de Putin. Estos índices de prosperidad no fueron tan espectaculares en Venezuela. Ello no impidió, por cierto, la proyección de un liderazgo que, sin embargo, actúa, no sin tensiones, en el marco de las instituciones regionales.

La riqueza energética como instrumento de la política exterior: en vista del sacudón recesivo que provoca esta crisis, la atmósfera de la prosperidad está hoy seriamente nublada. Si tal hipótesis fuese plausible, habrá que seguir bien de cerca la evolución de estos nuevos autoritarismos en el contexto de la escasez y de la retracción del consumo en los países centrales.

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