¿Crédito hipotecario o alquiler?: el ahorro nos lleva antes a concretar el sueño de la casa propia

Por Julián Guarino

Hay que decirlo (o mejor escribirlo) con todas las letras: aún hoy, en la Argentina, el crédito hipotecario se las arregla para tener mejor prensa que el ahorro.

En general, la libido de los virtuales tomadores de crédito sigue puesta al servicio de los avances que puedan hallarse en la reactivación del mercado del crédito hipotecario, como si este fuera el único salvoconducto para llegar al bautismo del título de propiedad. Provoca ilusión la idea de la casa propia. Se cifra esta expectativa en la (in)disponibilidad de los créditos. En este terreno, hay algunos mitos que han subsistido: muchas personas solventan la idea de que con un ingreso promedio aceptable, pero sin crédito hipotecario, es utópico pensar en poner un pie en su propia baldosa, un reputado caso de "árbol-que-no-deja-ver-el-bosque".

Esto genera desesperanza y, muchos de ellos, se entregan entonces al mediático y consumista "no dejes para mañana lo que puedas gastar hoy", un slogan al que, sabemos, también ha adherido el Gobierno.

Y sin embargo, bajo el inexorable escenario actual, es el combo Alquiler + Ahorro –y no el crédito hipotecario–, la llave financiera a seguir, mientras se aguarda la llegada de tasas de interés más racionales, que reclamaran a su vez depósitos bancarios con plazos más racionales, que vendrán de tiempos más racionales, conductas, gestiones, políticas, en fin, un verdadero hacinamiento de sensatez difícil de imaginar en el imbricado escenario del corto plazo.

En este sentido sería imperdonable crear y recrear falsas expectativas –para ello ya hay verdaderos profesionales abocados día y noche a esos menesteres– pues a nadie escapa el espinoso teatro que dibuja el mapa del mercado inmobiliario en la Argentina.

Con más de 3 millones de viviendas de déficit, la mala (diabólica, infernal, virulenta) relación cuota-ingreso, el fantasma de las tasas variables en tiempos inflacionarios, la persistente devaluación en marcha, los precios dolarizados, y la incertidumbre generalizada (por mencionar sólo algunas), atentan contra esas raquíticas expectativas.

A eso se agrega la suma de todos los bemoles: la casa no es una mercancía: en rigor, es un bien cuyo carácter social implica un paso trascendente en la vida de cualquier persona y familia.

Es cierto que el mercado de créditos hoy no está como para endeudarse. Sacar una hipoteca implicará, en el mejor de los casos, comprometer parte del futuro económico del que se nutre una familia.

Con tasas de interés que van desde el 15% anual, pero que llegan a superar el 25% sin contar los gastos de seguro y otorgamiento del crédito, resulta una operación muy onerosa que implicará un desembolso gigantesco en el balance doméstico.

Al pensar en un departamento de 2 ambientes en un barrio de Buenos Aires, –uno que no adhiera a la galáctica tarifa de m2 de Puerto Madero, ni se embandera en las maduradas etiquetas como Palermo Guefilte Fish (Villa Crespo) o el Náutico Palermo Village (mismo barrio pero zona Arroyo Maldonado)–, este inmueble de dos ambientes tendría un valor de

u$s 60.000, que a $3,84 por dólar, equivale a $ 230.400.

Por el mismo inmueble, podría pagarse un alquiler que hoy ronda los $ 1.100, gastos de expensas, agua, ¡y gas! all inclusive. Esto conformaría un gasto anual de

$ 13.200, es decir, 5,73% del valor total del inmueble. A priori, ya resulta una alícuota muy inferior al costo financiero total del 25% anual de un crédito.

Suponiendo que las cuentas del hogar guiñen saldo neutro al jefe de familia, y que se puedan demostrar ingresos suficientes para pretender un crédito, esa financiación cubrirá hasta el 70% del valor del inmueble. Hablamos de $ 161.200, un monto que arrojaría una cuota mensual de $ 3.600. De haber obtenido un crédito a 10 años, en esos 120 meses se pagará un total de $ 443.000, donde $ 281.700 serán intereses y el resto será capital.

La opción a esta ecuación reside en que, en lugar de convalidar este desembolso, con los $ 3.600 de cuota que se destinaría a un crédito, se podría asumir el ejercicio de pagar $ 1.100 de alquiler, al tiempo que el resto, unos $ 2.500, podrían ahorrarse.

Sin contar el rendimiento financiero que ese dinero puede dar a lo largo del tiempo, será siempre preferible mantener una conducta de ahorro, incorporarse al credo del cocodrilus in bolsillum, y ahorrar la diferencia entre el valor del alquiler y el valor de la cuota del crédito. Se llega más rápido. Por ejemplo, se demora 5 años (y no 10) en juntar los $ 161.200.

Bajo las condiciones crediticias actuales (acuérdese del árbol y el bosque) resulta conveniente contraer la menor cantidad de deuda posible. Vendrán tiempos mejores para los créditos, y llegarán también tasas más bajas. Mientras tanto, bien vale el esfuerzo de darse una vuelta por el bosque del ahorro. Saldrá ganando.

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