Crecieron las bajas de EE.UU.

Cientos de militantes talibán les apuntaron a dos puestos militares estadounidenses. Fue el ataque más sangriento desde que diez soldados franceses fueran asesinados en una emboscada en agosto del 2008.
Cientos de militantes talibán atacaron dos remotos puestos militares estadounidenses en la provincia oriental afgana de Nuristán. Sufrieron numerosas bajas. Mataron, sin embargo, a ocho soldados norteamericanos, en lo que fue el ataque más sangriento en más de un año. Además, otro estadounidense murió ayer a causa de heridas producidas por una bomba y dos soldados afganos fueron asesinados en medio de los combates que, acompañados por el bombardeo constante por parte de los aviones y los helicópteros Apache, duraron toda la jornada.

Los insurgentes atacaron a primera hora en la mañana del sábado. Los grupos de milicianos se coordinaron y mientras unos salieron de una mezquita ubicada sobre uno de los lados de la montaña, los otros llegaron desde una de las aldeas sobre la otra ladera: en el medio estaban las posiciones sostenidas por las tropas estadounidenses y afganas. Tras tomar la estación de policía local, se dirigieron hacia las bases de los marines. "Les disparamos con todo lo que teníamos", señaló una vocera del ejército norteamericano. "Nuestros compañeros en los puestos de control estaban bajo fuego intenso y sabíamos que la presencia insurgente era lo suficientemente importante como para justificar el apoyo aéreo", agregó la militar.

La OTAN aseguró que había inflingido serias pérdidas entre las filas de los talibán, mientras que éstos, a su turno, aseguran haber matado a 30 soldados, entre tropas extranjeras y locales. Zabiullah Mujahed, vocero talibán, explicó que el ataque incluyó atacantes suicidas y que, luego de asaltar la estación de policía, tomaron como rehenes a 35 uniformados, entre ellos, el jefe policial del distrito, un oficial de inteligencia. "Un Consejo talibán decidirá su destino", afirmó Mujahed.

"Fue un ataque complejo en un área difícil", señaló, a su turno, el coronel Randy George, comandante estadounidense en el área. Este fue el ataque más sangriento desde que diez soldados franceses fueran asesinados en una emboscada en agosto del 2008.

La batalla tuvo lugar en el distrito Kamdesh, provincia de Nuristán. Lugar de casas de piedra al lado de escaleras empinadas en las laderas de las montañas, las rutas, de tierra o asfaltadas, son pocas, y cualquier comunicación con el mundo exterior se realiza a través de radios. Según los altos mandos de Washington, el lugar es un santuario de Al Qaida y la población desconfía en extremo de las tropas extranjeras.

El alto mando norteamericano aseguró ayer que lo ocurrido no cambiaba en absoluto los planes de una retirada del área, a pesar de los ruegos del actual gobernador que asegura que no son suficientes.

El general Stanley McChrystal quiere retirar a sus tropas de las áreas montañosas y concentrarlas en zonas más densamente pobladas. "Debemos redefinir nuestra lucha", señaló McChrystal la semana pasada. "El nuevo objetivo es proteger a las grandes poblaciones, descartando las locaciones remotas", definió el general.

Los comentarios de McChrystal se dan en momentos en que la administración Obama está reevaluando por completo la situación en Afganistán. El general, a pesar de contar con más de cien mil hombres sobre el terreno, dejó en claro que quiere más, ya que, de lo contrario, según él, Estados Unidos corre el riesgo de perder la guerra.

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