Crece el cinturón de pobreza que rodea a las grandes ciudades del país

La retracción de la actividad industrial y del consumo y la persistente suba de los precios de los alimentos golpean a los más pobres. Los diferentes "conurbanos" que rodean a las principales ciudades del país son un espejo de la crisis social.
Rosario más demanda de asistencia social

La demanda de asistencia social en el Gran Rosario creció en el último año un 30 por ciento. Ese indicador, y la proyecciones de cuatro consultoras privadas, permiten al Gobierno de Santa Fe establecer que el índice de pobreza que registra Rosario y las ciudades que la rodean duplica las estimaciones oficiales.

El número de pobres crece en esta zona del sur provincial de los 169.670 censados por el Indec a los 369.065 —29,8 por ciento de la población— que estiman los estudios privados. "La situación de la pobreza en la provincia ha crecido un diez por ciento en este último año y medio", precisó a Clarín Pablo Farías, ministro de Desarrollo Social. La inflación y la pérdida de empleos son dos de los indicadores que multiplicaron el flagelo. El cordón industrial es una de las zonas más castigadas a partir de la retracción que se observa en el entramado de industrias que rodean a Rosario.

Aun siendo la ciudad con mayor cantidad de habitantes, Rosario no es capital de la provincia y la incidencia del empleo público en la zona es menor. Ese dato, explican en el Gobierno, genera un alto impacto en tiempos de crisis. "Eso caracteriza a Rosario sobre otras grandes ciudades, que en general son capitales y que por sus empleados públicos son mucho más estables frente a fluctuaciones de la economía", subrayó Farías.

En pocos lugares se debe advertir tanto la pobreza como en Villa Gobernador Gálvez, una de las ciudades que conforma el Gran Rosario. Se trata de la tercera mayor población de la provincia. De sus 120 mil habitantes, 10 mil son empleados por los frigoríficos de la zona, castigadas por la crisis. La desocupación trepa al 20 por ciento. Y la demora en la extensión de los servicios básicos agrava el cuadro: sólo el 5 por ciento de la ciudad cuenta con cloacas. Por aquí no pasó la prosperidad de la soja.

CORDOBA. CORRESPONSAL

Mar del Plata por encima del promedio nacional

Las industrias locales atravesaron los años 90 y luego la crisis de 2001, y aunque sobrevino luego un período de sostenido crecimiento, aquellos golpes dejaron su estela: hoy la ciudad tiene una desocupación del 8,7% según los datos oficiales, que se ubica sobre el promedio del país y un índice de pobreza por arriba del 30 por ciento de la población.

Datos recogidos por la Consultora Ayala & Asociados en febrero de este año revelan índices que se ubican algunos puntos por encima de las estadísticas oficiales y que se acercan más a la realidad de una ciudad con 700 mil habitantes, que tiene 200 asentamientos irregulares con familias que viven bajo la línea de pobreza.

Difícilmente la cifra haya descendido en estos días desde febrero, cuando la encuestadora avaló un índice de pobreza del 30,8% y de indigencia del 9,5%.

Del último censo se desprende que en Mar del Plata unas 25 mil viviendas son casillas, ranchos o que tiene piso de cemento o tierra, que albergaban entonces (el censo ocurrió en 2001) a 125 mil personas. No hay número censal que sostenga en qué medida ha variado la situación a estos días, pero recientemente el Banco de Tierras de la municipalidad informó que existen en la ciudad 200 asentamientos que contienen de 5 a 80 familias cada uno.

La pobreza se ve y se encuentra en la periferia, con una Gran Mar del Plata que rodea toda la ciudad y continúa en expansión. Más de 30 mil personas en General Pueyrredón, con diferentes planes de asistencia, aún cobran planes sociales.

Mar del Plata sufre el bajón económico por dos vías. La retracción industrial le pega al sector textil y pesquero. Y el turismo, que tuvo una temporada con menor brillo (tanto en el verano como en Semana Santa) dejó menos dinero en la perla del atlántico.

MAR DEL PLATA. CORRESPONSAL

Córdoba familias que un día comen y otro no

El viento arrasa todo en el patio de tierra. Por eso Laura Monzón, de 32 años, no duda en usar el alambre de púas para retener la ropa a falta de broches. Y de soga. Ayer lavó "todo" lo de la más chiquita de los cinco hijos que tiene con Rufino Armando Villagra, un albañil cordobés de 40 años. Desde hace un año viven en el barrio Aeronáutico, en el conurbano norte de esta capital.

Un sector donde muchas familias sobreviven como los Villagra: con changas, y donde el trabajo fijo es una bendición que pocos conocen.

Laura cuenta que tiene dos nenas, una de 14 y otra de 5 años, y tres varones de 12, 10 y 8 años. Que Rufino "a veces, cuando hay trabajo, cuando el día es bueno, ha sabido traer hasta 90 pesos", pero que se van "en sobrevivir, en las cosas de los chicos, en pagar la luz, la garrafa, en la comida. Son muchas bocas". Que una vez tuvo un "Plan jefes", de "150 pesos", pero que ya no.

La comida es el tema.

—Los mando a todos a la escuela, menos a la más grande que se queda conmigo. Ahí les dan de comer al mediodía. Eso me soluciona algo. A la noche los arreglo con un guiso de fideos, de arroz. A veces con un poco de carne, si hay. Con un té. Pero yo sé que acá y en otros lados la gente a veces ni come". Dice que si hay, comen, pero "cuando no hay, no hay".

El diálogo se corta por un momento. La mirada de Laura se endurece como toda su cara. Está por retirarse cuando la más pequeña de sus hijas sale de la casa de bloques grises, sin persianas. "Mire, cuando no hay trabajo en la construcción, con mi marido hacemos jaulas para pájaros. Con eso nos defendemos. 20 pesos las grandes y 15 las chicas. No le andamos pidiendo nada a nadie. Además, usted sabe: los gobiernos andan mirando para otro lado y nunca ven lo que le pasa a la gente".

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