Craso error

Una paciente vivió diez años creyendo que tenía SIDA debido a un diagnóstico erróneo del médico Alejandro Ferro, hoy secretario de Salud de la Municipalidad de General Pueyrredon. Inicia demanda a él y al Hospital Interzonal por haber deshecho su vida laboral, psíquica y familiar. Para ellos fue sólo un error.
Los errores existen, y también los mecanismos de cuidado que las instituciones prevén para confirmar sus dictámenes, cuando en ellos va la vida de la gente. Es posible imaginar que existan posibilidades de equivocarse, cuando en un procedimiento se involucran personas, aparatos y reactivos. Por eso los profesionales de todas las actividades establecen procedimientos que ayudan a minimizar estos márgenes: las interconsultas, los chequeos de información, los trámites de confirmación y demás. Nadie se basa únicamente en un resultado cuando se trata de tomar decisiones que involucran la vida. Nadie que piense en lo que está en juego.

Es dable imaginar qué sucedería con la vida de cualquiera ante un diagnóstico equivocado de una enfermedad terminal que no estuviera debidamente chequeado, y el resultado recuerda inevitablemente a los errores cometidos en la identificación de personas, de culpables, de firmas, de análisis de ADN. La falta de confirmación externa no es más que una muestra de desidia y de soberbia.

Esto es lo que aconteció con la vida de Patricia Beatriz Basílico, una mujer que se desempeñaba como auxiliar de portería en un consorcio de calle Las Heras, y que realizó una consulta preventiva en el Hospital Interzonal de Agudos, ocasión en la que se le realizó un examen de HIV bastante rutinario. Por el método de aglutinación de partículas, enzimoinmunoensayo y electroinmunotransferencia, el resultado fue positivo, el 14 de octubre de 1993. El responsable de la evaluación fue el doctor Alejandro Ferro.

A partir de allí, su vida se convirtió en un infierno, sobre todo teniendo en cuenta que a la fecha, Patricia era madre de tres hijos. Contrariamente a lo esperado, y presa de la desesperación, la paciente no pudo aferrarse a la vida y cayó en una profunda depresión: ya no resistió procurarse cuidados, porque la idea de la muerte era para ella más fuerte que ninguna otra.

La primera consecuencia nefasta fue que, por ser portadora del virus, fue despedida de su trabajo y ya no encontró forma de mantener a sus hijos. Nunca más volvió a conseguir un empleo permanente. Su depresión se agravaba, y eso la llevó a la marginación, al delito y al desprecio por la vida que la retenía en conductas de riesgo que antes no había experimentado. Sabía que a la larga iba a morirse y que nada tenía sentido para ella.

No obstante, varios síntomas inciertos la volvieron a llevar al HIGA y al INE, donde fue atendida: descenso de peso inexplicable, sudoración excesiva, diarreas y vómitos, pero nunca se encontró en ella la presencia de ninguna infección intercurrente, a pesar de las reiteradas búsquedas del bacilo de Koch que produce la tuberculosis. Los exámenes se repitieron desde el año ‘95 hasta el 2000.

Pero Patricia ya no quería mantenerse con vida, porque el deterioro de su estado psíquico y laboral había hecho que perdiera la tenencia de sus hijas, y la depresión no hacía más que aumentar: rechazaba los antiretrovirales, ante lo cual los médicos solamente registraron la resistencia de la paciente a la medicación.

En el ‘96 ingresó al HIREMI a dar a luz a su cuarto hijo, pero el sistema la separó de él durante más de treinta días: era una mujer marginal portadora de SIDA que se negaba además a tomar AZT. Por supuesto que las dudas crecían en Patricia, ya que veía que su cuerpo no daba señales del avance de la enfermedad, y que pasada casi una década no se presentaban en ella las infecciones asociadas y previsibles.

En 2002 insistió en que se le realizaran nuevamente los estudios para determinar su enfermedad. Allí surgió el nuevo documento: el 13 de diciembre de 2002, Ferro firmó en la historia clínica que la carga viral era menor a 50 copias: "en la historia clínica no figura WB (el método usado para confirmar la infección de HIV) y tiene un Elisa positivo y otro negativo". Indica allí que su plan es repetir el estudio de HIV, y en caso de que resulte positivo, realizar el análisis de carga viral y CD4 (recuento de linfocitos). Ya en febrero de 2003, Ferro vuelve a escribir que el estudio resulta negativo por segunda vez.

Palabra santa

Sabemos que el diagnóstico resulta un acto de vital importancia en la actividad médica curativa, pues a partir de él es que se elabora cualquier plan de trabajo posterior, es decir el tratamiento. Patricia carecía de un diagnóstico correcto, pues hubo un error insalvable que la tuvo durante diez años sin proyecto de vida, y sin siquiera un tratamiento. Ferro simplemente le dijo que nunca había tenido HIV.

Hoy el médico es considerado una autoridad en infectología, aunque tuvo una paciente que durante estos años arrastró una supuesta enfermedad no medicada y sin embargo no incrementó sus síntomas. Ante la evidencia del error –destacando que no es él mismo quien realiza los análisis– dice: "se podrían presumir problemas en la identidad de la persona de la que se extrajo sangre en esas oportunidades (…) además de que la identidad de esas muestras no puede ser acreditada. Se explica a la familia sobre los resultados recientes negativos de fecha 24 de febrero de 2003". Es decir que Ferro trata de exculpar su responsabilidad en los hechos diciendo que se trata de otra persona, portadora de SIDA, que vino en lugar de Basílico y se sacó sangre. Pero durante los diez años en que la tuvo como paciente debió haberse dado cuenta de que no estaba infectada, dado que, incluso no tomando la medicación indicada, no desarrollaba otras enfermedades asociadas. Incluso el estudio de CD4 –linfocitos, que es el que Ferro invoca como fuente de información que le hizo pensar que la paciente tenía SIDA- no se había realizado por citometría de flujo (es decir con un aparato) sino manualmente, es decir a ojo, un método que obviamente puede ser erróneo. Él debió procurar los medios para que se repitiera en otro centro de salud, si es que el HIGA no disponía de precisiones para el caso.

Hoy la demanda de Patricia Basílico se dirige al médico responsable del diagnóstico y tratamiento, funcionario de la comuna, y con algunas pretensiones de ser candidato a concejal por Acción Marplatense. Y también contra el HIGA, ya que según la normativa vigente, las instituciones médicas deben acompañar la responsabilidad de la decisiones tomadas por los profesionales actuantes.

¿Y qué es lo que se pide como resarcimiento económico? No es fácil pagar una vida partida en dos que ha cercenado una familia, una posibilidad laboral de quien fue una vez una madre trabajando en un servicio de consorcio de un edificio, y es hoy una víctima de la depresión que sobrevive de la venta de ropa usada. Su letrado sostiene que ese resarcimiento debe permitirle, en primer lugar, realizar un tratamiento psicológico de por vida, ya que la atención psiquiátrica estatal a la cual Ferro la transfirió no la ha ayudado demasiado. A esto se suma el daño moral y a su proyecto de vida, ya que ha protagonizado numerosos intentos de suicidio por depresión y ha perdido a sus hijos.

Patricia ha concurrido en numerosas ocasiones al sector de Calidad de Vida de la municipalidad a pedir trabajo y materiales para levantar una casa precaria, y no ha conseguido nada. No es posible reparar este craso error de ninguna forma. No es posible reunir a esta familia cuyos hijos crecieron alejados, saldar las deudas con una estructura psicológica devastada, con una economía partida en dos.

No es posible desdecirse frente a los vecinos que se apartaron de ella porque tenía SIDA, ni a las amistades que dejaron de verla. Solamente es posible que quienes tienen la responsabilidad del error se hagan cargo de él. Porque no se trata de una prenda de vestir mal confeccionada o de una factura mal sumada. Ni siquiera de los errores graves que devienen de una construcción mal diseñada. Es una vida completa desmembrada desde la base. Y un médico que sigue hablando a los medios de su impecable vocación profesional.

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