Los costos de un modelo que relegó las políticas sociales

El empleo precario, la inflación oculta y los planes sociales congelados impiden bajar la pobreza.
La pobreza volvió a irrumpir en el escenario social y político argentino con más fuerza que en el pasado.

Y esto ocurre por dos razones.

Por la irritación que provocan las estadísticas oficiales que registran una indigencia casi en extinción, de apenas el 4%, y un nivel de pobreza en franco descenso (13,9%).

Y por la desilusión de contar, luego de 6 años de crecimiento económico y fuertes excedentes fiscales, con más del 30% de la población -más 12 millones- viviendo en hogares pobres.

Inicialmente, a partir del descenso de la pobreza desde los altísimos niveles de la crisis de 2001/02, existió la ilusión de que el "modelo "productivo", "el crecimiento con inclusión social" o el "dólar alto", en un contexto internacional muy favorable, revertiría el cuadro social inequitativo que dejó la convertibilidad. Pocos repararon que algo similar había pasado en los primeros años de la convertibilidad: hasta 1994 la pobreza descendió bruscamente respecto de los altísimos niveles de la hiperinflación de 1989/90.

Pero así como en los "mejores años" de la convertibilidad, la pobreza descendió pero se mantuvo por encima de los niveles de la década anterior, con el "nuevo modelo" pasó lo mismo y los niveles de pobreza siguieron situándose por encima de los que hubo en la década del 90.

De este modo, después de cada crisis, hubo un proceso de recuperación que permitió revertir los niveles extraordinarios de pobreza de los momentos de crisis, pero sin corregir los indicadores sociales negativos de la década anterior. Y entonces, después de la recuperación pos-crisis, se instaló un "piso" de pobreza superior.

Las causas hay que buscarlas en el patrón distributivo, que no se alteró, mientras hubo una proliferación de empleos de baja calidad, de subsistencia, combinado con sueldos muy bajos, rozando el salario mínimo en el mercado formal, y más abajo, en la amplia franja informal.

El problema se agrava porque de las medidas fiscales y financieras anunciadas para hacer frente a la crisis global con fondos del sistema previsional (como canje de electrodomésticos o autos 0 km) no hubo ninguna medida para mejorar la situación social.

Los planes sociales instituidos en 2002 -que al comienzo ayudaban a mitigar la indigencia- se mantienen congelados en los mismos valores de hace años: oscilan entre 150 y $ 400, montos que están por debajo del valor de la canasta básica alimenticia. El seguro de desempleo, en 17 años de vigencia, tuvo un solo ajuste, y sigue con un tope de $ 400. Desde 2006, el seguro de capacitación sigue en $ 225. Las asignaciones familiares hace 13 meses que no se ajustan.

Otro indicador clave: los asalariados no registrados trepan al 36,2%, también por encima de los registros de los 90.

A todo esto se agrega el ingrediente inflacionario que el Gobierno pretendió ignorar u ocultar manipulando las estadísticas, pero que sigue carcomiendo los ingresos de las familias. Ahora, el INDEC promete modificar la metodología de cálculo de la pobreza con la vana ilusión de "esconder" el fenómeno en lugar de apuntar a erradicarlo. Si se sigue negando la realidad, más lejos se estará de modificarla.

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