Cortinas de humo

Por: Ricardo Kirschbaum

Todo, al extremo. El oficialismo más duro no conoce otro método que el de las opciones finales: ganar o, si no puede, causar el mayor daño al enemigo.

Como si la democracia fuera eso, un campo de batalla medieval en el que la razón cede paso a la fuerza para buscar imponerse de cualquier forma. En ese cuerpo a cuerpo, con patéticas consignas fanáticas de otras épocas, la institucionalidad cada vez pierde más terreno, se hace más tenue y su calidad es menor. El objetivo que anima esa épica está presentado como tan cercano al paraíso, que los medios para alcanzarlos no importan casi nada. Son molestos, retardatarios de ese fin trascendente

El desprecio militante a la institucionalidad democrática, la real y la simbólica, explica que el abuso de poder no haya sido todavía condenado y que ni siquiera se haya aplicado la responsabilidad de comando para atenuar la grosería. Apenas, un disparate del jefe de Gabinete, después de que el jefe de la AFIP haya dejado a todos estupefactos al decir que no había ordenado el operativo contra Clarín.Si hay alguien que sí sabía de todo esto es Kirchner, que ha ordenado el acoso y hostigamiento a los medios críticos. El ex presidente tiene información precisa de todo cuanto acontece y se hace en el Gobierno, de los contactos de sus funcionarios, como lo revela hoy Eduardo van der Kooy. Nadie habría hecho esto sin su visto bueno. Las sanciones anunciadas son una cortina de humo.

La creencia de que todo se consigue con demostraciones de fuerza tácitas o explícitas, con presiones y amenazas, usando para ello ilimitadamente los recursos estatales, está despertando justificadas alarmas aquí y en el exterior. Trae angustiosos recuerdos de las épocas del todo o nada, de violencia, intolerancia y desprecio, a las que nadie debiera querer volver.

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