Hay que correr los riesgos de aceptar el diálogo

Por Fernando Gonzalez

La gran pregunta que en estos días se hace la dirigencia argentina es si resulta sincero y bien intencionado el llamado al diálogo que hizo el Gobierno después del cachetazo electoral del 28 de junio. Es que los Kirchner ofrecen motivos para desconfiar: de repente tienen ganas de debatir sobre una reforma política que llevaba seis años guardada en los cajones de la Casa Rosada.

Si los dirigentes opositores se preguntan hasta dónde llega la intención de transparentar la política por parte de quienes inventaron las candidaturas testimoniales para oscurecerla, los empresarios se preguntan hasta dónde llega la intención de hacer más creíble el Indec de parte de quienes acaban de ratificar a Guillermo Moreno. Y los productores agropecuarios se preguntan si es posible que se reduzcan las retenciones a la exportación de granos en un Gobierno que considera al campo como un enemigo político.

Pero todas estas preguntas tienen una sola respuesta posible. Y consiste en aceptar la invitación del Gobierno para comprobar si se trata de dialogar para mejorar la debilitada gestión de Cristina, o si es simplemente una estrategia de los Kirchner para ganar tiempo mientras se les ocurre alguna idea que los saque del fango en el que ellos solos se han metido.

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