Correa corre con ventajas claras en Ecuador

Para asegurarse una mayoría parlamentaria, Correa decidió hacer sus últimas apariciones públicas en el lugar más inhóspito para él, Guayaquil. Los cálculos predicen que podría alcanzar los 61 asambleístas, de un total de 118.
Las calles zigzagueantes e inagotables subidas y bajadas de la ciudad de Quito parecen no registrar que existe otro candidato presidencial que Rafael Correa. El número 35 –lista por la que se presenta el mandatario– y el color verde fluorescente del socialismo del siglo XXI ecuatoriano adornan los pocos carteles y banderas que se ven en el centro de la capital. Sus dos principales contrincantes, el ex presidente Lucio Gutiérrez y el ya cuatro veces candidato presidencial, Alvaro Noboa, son dos ausentes a tres días de las elecciones generales, que no sólo decidirán el futuro de la presidencia de Ecuador, sino el de todas las autoridades nacionales y locales del país. "¿Para qué van a venir a hacer campaña, si por primera vez no hay duda de que va a ganar Correa?", dijo, orgullosa Mónica Pantoja, una contadora de 50 años, mientras salía del trabajo y sorteaba una de las minúsculas marchas de partidos opositores que recorrieron ayer el norte de Quito aprovechando las últimas horas de campaña electoral.

Quito es del presidente y, por eso, ninguno de los principales candidatos presidenciales cerró ayer su campaña en la capital. Correa y Noboa midieron fuerzas en la costera ciudad de Guayaquil, epicentro de la oposición y feudo político del líder más popular de la oposición, el alcalde, candidato a reelegirse y amigo de Mauricio Macri, Jaime Nebot. Aunque según una encuesta de la empresa Santiago Pérez, ordenada por el gobierno ecuatoriano y a la que tuvo acceso Página/12 a pesar de la veda, Correa ganaría por más del 50 por ciento en la provincia de Guayas, su capital, Guayaquil, sigue siendo territorio de la oposición liberal y de raíz empresarial.

Según el sondeo, por primera vez en una década y media de convulsión política ininterrumpida un presidente arrasará, sin necesidad de una segunda vuelta. Además se llevaría la mayoría absoluta de las bancas del Congreso. Los cálculos predicen que podría alcanzar a los 61 asambleístas, de un total de 118. Si lo consigue tendrá margen de maniobra para realizar todas las reformas pospuestas. Cuando asumió en 2007, el presidente no había presentado ni un candidato al Legislativo, como un acto de protesta contra una institución a la que consideraba corrupta. Con la nueva Constitución, de su propia creación, la historia será otra el domingo.

Para asegurarse esa mayoría parlamentaria, Correa decidió hacer sus últimas apariciones públicas en el lugar más inhóspito para él, Guayaquil. Miles de personas se acercaron a saludar su caravana, especialmente cuando se paseó por las afueras del centro, donde los edificios vidriados y las plazas impecables se transforman en barrios bajos, sucios y ruidosos. Sin embargo, su momento de gloria, la coronación final de dos años de altísima popularidad, la tuvo en la avenida Shyris, en el centro moderno de Quito.

Una multitud lo acompañó en una marcha hasta la sede central de su partido, Alianza País. Calles y calles de personas vestidas de verde flúor aplaudieron, cantaron y bailaron al son de su discurso y de la cumbia de fondo, un himno en la campaña de todos los candidatos ecuatorianos. "Fue un gran acto, pero la verdad no fue tan emocionante como el referéndum para aprobar la nueva Constitución o las elecciones para la Asamblea Constituyente", dijo, medio a desgano, Pantoja. Aunque no le gusta admitirlo, está cansada de tantas elecciones y tantas campañas. El domingo será la quinta vez que los ecuatorianos acudan a las urnas en los últimos dos años. Todo indica que Correa mantendría el invicto.

Blanca González desea con toda el alma que las encuestas tengan razón, pero se niega a abandonarse al optimismo reinante. Ayer, junto con un grupo de 10 jubilados, salieron a marchar por la céntrica avenida Colón para poner su último granito de arena. Y lo hizo con el mejor disfraz de la jornada. Su metro cuarenta no le permite destacarse, explicó a este diario, y por eso decidió vestirse de monja. Eso sí, para no hacer enojar a los creyentes, se cosió un parche del Che Guevara, en lugar de colgarse una cruz. "No me quería burlar de la fe cristiana, así que me cosí la figura del Che. ¡Nadie va a tomarme por una monja de verdad!", dijo la mujer, estallando en risas.

Hace una hora que espera en la esquina a que arranque la marcha y no se la ve molesta. "Antes de Correa cobraba 70 dólares de jubilación; ahora cobro 200. Antes teníamos que pagar por los medicamentos, ahora los hospitales públicos te los dan gratis", gritó, intentando hablar por encima de la banda de saxos, trompetas y redoblantes, que calentaban los motores de los militantes oficialistas.

Pero, en realidad, no se trata de dinero, aseguró, sino de recuperar la dignidad. La falsa monja de 65 años fue vendida, junto con sus cinco hermanos, por sus padres cuando tenía 7 años. "En aquella época esperaban a que aprendieras medianamente a leer y escribir y te entregaban, como si fueran perritos, a una familia rica como servicio doméstico. Te humillaban y denigraban", alcanzó a decir antes de taparse la cara con un cartel de campaña de Correa que cargó durante toda la tarde.

Dos segundos después, bajo el cartón verde, levantó la mirada y dejó atrás el pasado. "Por primera vez en nuestra historia tenemos un presidente que está con los pobres, que nos ayuda dentro de lo que puede. No podemos perder eso", dijo, recuperando la sonrisa.

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