El control de la calle, la pieza más sensible del esquema kirchnerista

Por: Julio Blanck

Lo diagnosticó ayer uno de los tres dirigentes con más peso de las organizaciones sociales kirchneristas: "La calle está complicada y la van a complicar todavía más".

Alrededor, en el centro de la Capital, en los accesos y avenidas, caía la tarde de otro día agitado, tenso, atravesado por la mezcla de reclamo social, batalla sindical y movida política que promete aumentar más la irritación colectiva y enrarecer el aire en las últimas semanas del año.

Con la iniciativa política recuperada, según muestra su despliegue avasallador en el Congreso, el kirchnerismo está lejos de ser una víctima de ese estado de inquietud que detectan sus dirigentes más vinculados a la base social. En verdad, ese estado de cosas es también consecuencia de su estrategia de concentrar el poder del peronismo, presionar sobre los medios de comunicación independientes y garantizarse el control de la calle, para asegurarse una acción de gobierno sin contrapesos por los próximos dos años y apostar a la permanencia más allá de 2011.

El control de la calle y del conflicto social es lo que está siendo desafiado en estos días, por lo general desde sectores ubicados a la izquierda del poder. Y esto tiene que ver con los progresos que han tenido esas corrientes en la representación sindical de base, por la defección sistemática de la dirigencia tradicional, y por la persistencia de los indicadores preocupantes de desempleo, pobreza y marginalidad.

Frente a ello, el kirchnerismo se apoya en los intendentes, a quienes puso definitivamente en el centro del manejo de la ayuda social; en la estructura sindical que Hugo Moyano comanda con mano de hierro, ayudado por una asignación generosa de fondos y constantes concesiones oficiales; y en las organizaciones sociales adictas, los piqueteros K, quizás llamados a funcionar como elementos de control y disuasión si las circunstancias lo requieren.

En esta línea, el plan de asignación por hijo le trajo al kirchnerismo un beneficio adicional al efecto político buscado, que fue presentar y ejecutar como propio algo que la oposición y la Iglesia le venían reclamando.

Hace un par de días los referentes "sociales" del oficialismo le llevaron la buena nueva a Néstor Kirchner, que los recibió como cada semana en Olivos: la asignación a los chicos, al absorber otras iniciativas ya existentes de ayuda social directa a madres y familias, deja a la intemperie a grupos piqueteros opositores que basan parte de su inserción en las capas más humildes de la sociedad en su capacidad para conseguirles planes y comida.

Algunos de esos grupos, que orbitan desde hace tiempo en la periferia kirchnerista, fueron los que acamparon durante un día y medio en la avenida 9 de Julio, frente al Ministerio de Desarrollo Social. Son los que se habían quedado afuera del reparto de los planes de trabajo canalizados a través de cooperativas, que es la nueva forma en que van a fluir fondos hacia las franjas más desprotegidas.

Una línea propuesta por funcionarios de Desarrollo Social fue proceder al desalojo violento e inmediato de los acampantes, como un modo de reafirmar casi de modo militar la autoridad kirchnerista y marcarles la cancha a los díscolos.

Al final se impuso una variante más política, negociadora, que terminó consiguiendo la promesa de incluir a esos grupos filo-kirchneristas en el reparto que viene. Esa gestión estuvo encabezada por Emilio Pérsico, jefe del Movimiento Evita, la más poderosa de las organizaciones del kirchnerismo, que se va convirtiendo ya en una corriente política con legisladores y funcionarios sembrados en casi todo el país.

Los kirchneristas del Movimiento Evita estiman que la nueva realidad en la distribución de la ayuda social, más concentrada que nunca en los amigos del Gobierno, va a desplazar del trabajo territorial a organizaciones de izquierda que no tienen el suficiente desarrollo y logística para sostener emprendimientos productivos como herrerías, panaderías, talleres textiles y de carpintería, con el que se fueron asentando en los barrios más humildes.

De hecho, los kirchneristas aseguran que organizaciones piqueteras de izquierda como el Polo Obrero (rama social y sindical del Partido Obrero) están reorientando a sus cuadros y militantes hacia el frente gremial, donde tienen un campo de acción más propicio. En aparente confirmación de esta hipótesis, ayer el Movimiento Teresa Vive, vinculado al MST de Vilma Ripoll, anunció que lanzará un "plan de lucha nacional por el trabajo", junto con el PO, Barrios de Pie y otras organizaciones que intentan darle pelea al kirchnerismo. También es notoria la articulación de la izquierda entre sus formaciones sindicales y estudiantiles, como ya se vio antes en el conflicto de Kraft y ayer en el del subte porteño, que recibió la solidaridad del centro de estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA.

Fuera del órbita kirchnerista, con poder territorial muy extendido y una organización preparada para resistir el ahogo que desde el poder se empieza a ejercer sobre los piqueteros no disciplinados, la Corriente Clasista Combativa se planta como el mayor desafío al aparato de control social que está perfeccionando el oficialismo.

Con Juan Carlos Alderete como dirigente más notorio, la CCC reconoce inspiración maoísta aunque trabaja en la base social con un discurso poco ideologizado. Tienen buena relación con Elisa Carrió, Margarita Stolbizer y Felipe Solá, y una apreciable inserción en la Federación Agraria que los enfrentó con el Gobierno durante el conflicto con el campo.

La CCC no recibe un caudal apreciable de ayuda social oficial, aunque su gente está insertada en cooperativas a las que se adjudican pequeñas obras públicas en muchos municipios del país. También desarrollaron una red de delegados sindicales apreciable y hoy dicen estar en condiciones de reproducir conflictos duros como el de Kraft en casi un centenar de empresas. Nacida como organización de trabajadores desocupados en los años 90, defiende la existencia de una conducción centralizada del movimiento obrero, y se propone llegar a la disputa por esa conducción.

En eso también se diferencia del Movimiento Evita, que aunque viene de un peronismo que hace tres décadas cuestionó con violencia a la "burocracia sindical", hoy propone el apoyo a Moyano porque "en esta etapa lo principal no es quién conduce a los trabajadores, sino avanzar en la lucha por empleo y salarios".

Los dirigentes de la CCC hablan, cada vez con menos reparos, de su presunción de un fin de año agitado. Y mencionan su preocupación por la creciente dotación de armamento que, dicen, tienen en su poder las organizaciones kirchneristas.

Desde el Movimiento Evita, coincidiendo en el diagnóstico de "una calle complicada" en los tiempos que vienen, aseguran que la respuesta desde el Gobierno y sus organizaciones afines debe seguir siendo "negociación política, contención social y la policía sin armas".

Sería todo más tranquilizador si nadie estuviese invocando al Demonio.

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