Un contrato que combina lo individual con lo colectivo.

Un diccionario de política diría que la plataforma electoral es un manifiesto de la ideología partidaria. También diría que el oficialismo tiene como plataforma la gestión realizada mientras que la oposición construye desde la crítica o la opción superadora. Ahora bien, los partidos políticos tradicionales han desaparecido.
Es claro que la democracia sin partidos sería imposible, pero también es cierto estos ya no son lo que eran. Los frentes electorales los han desplazado.

Por el momento, los frentes son estructuras que cuelgan de candidatos. Esta transición del partido al frente electoral tiene una historia reciente. El neoliberalismo fue la negación de la política porque en su obstinada subordinación al mercado le quitó a la política todo poder transformador. Esta idea vació los partidos y destruyó las mediaciones sociales.

Pero, parafraseando a Sarmiento, podrán matar los partidos pero no las ideologías. La ideología se manifiesta en la identificación con demandas, causas y liderazgos.

Por ello, la plataforma hoy es una combinación entre la individualidad de los candidatos y cierta dimensión colectiva, ya que los candidatos son nada si no logran encarnar proyectos colectivos.

De esa alquimia surgen plataformas no escritas, suerte de contratos tácitos entre candidatos y electores. Pero aunque no estén escritos, no se pierde del todo la idea de contrato. Ocurre que durante el neoliberalismo, así como el Estado estuvo en coma, la sociedad tuvo que despertarse antes de caer en un sueño infinito. La despertó el horrible silencio de la pobreza y la desigualdad.

Como sociedad aprendimos que sin un grado importante de compromiso con el bien común nadie sale vivo de aquí. Eso repercute en un grado de movilización y sensibilidad social mayores, lo cual obliga a los candidatos a ser cuidadosos con el compromiso asumido.

He aquí una segunda interpretación de plataforma: el lugar desde donde podemos despegar. La sugerencia sería elaborar el duelo por la representación perdida y movernos, como sociedad, hacia otra dinámica de representación política. Una donde ni el partido, ni el candidato, ni el gobierno sean percibidos como los dueños de nuestro destino, dejándonos solo la posibilidad de decidir cada cuatro años.

Está en nuestras manos fortalecer la mediación política. Habremos despegado de la vieja política si en lugar de dejarla librada a nuestros representantes la asumimos como lo que es: nuestro derecho a transformar la realidad. Para ello, debemos hacer uso de lo que tenemos a mano como formas de participación: el voto, la protesta, las redes, la militancia, la crítica.

Según los teóricos, los políticos viven en campaña permanente. Pues bien, habrá que vivir en movilización permanente para que la plataforma no se desfonde y nos deje en el aire. Esta es la transformación que la Argentina necesita: la que politiza a la sociedad, para que ella sea la verdadera plataforma con la cual construir un futuro con libertad, justicia y equidad.

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