A contramano

En Tucumán, el conflicto de los médicos es el tema principal de conversación en todos los sectores sociales. Para el gobierno, es sinónimo de inacción y de impotencia.
Una de las heridas más profundas de la historia tucumana se dio a principios de siglo cuando el hambre, la desnutrición y la muerte se subieron a un avión y dieron la vuelta al mundo. Es una herida que no cicatriza.

Cuando José Alperovich decidió convertirse en gobernador de Tucumán toda su estrategia se centró en la administración de la salud. Obsesivo como es el mandatario tucumano, en los primeros años de gestión, seguía las estadísticas de salud con el mismo celo con que controlaba los números de la economía. Juan Manzur (ex ministro de salud) y Jorge Jiménez (Economía) recibían llamados diarios para tener el reporte. No eran los únicos que debían atender el celular: funcionarios de segunda línea también debían dar detalles de lo recaudado y de las mejoras en la salud.

El esfuerzo dio sus frutos. Tucumán empezó a ser noticia por su transformación. A los índices positivos les sucedieron las obras y las mejoras en hospitales, los nombramientos y la capacitación. Tucumán era ejemplo.

Para entonces, Alperovich no sólo seguía las estadísticas de Salud y el movimiento de fondos sino también las encuestas. Había una verdad irrefutable. A medida que crecía la buena imagen de la administración de la salud de la provincia, el gobernador tocaba techos de popularidad inimaginables.

Los hechos corroboran este razonamiento. Juan Manzur, quien no se destacó por su juego político ni mucho menos, se convirtió en vicegobernador de la provincia y fue el bombero elegido por el gobierno nacional para apagar el incendio cuando la gripe A se instalaba como la desnutrición que desangró a Tucumán.

Pero llegó 2009. Este es el año de la parálisis. La realidad empezó a hurgar la herida y la salud tucumana se está desangrando. Un conflicto menor encontró a los funcionarios dormidos en los laureles de la gloria.

El gobernador Alperovich apostó al desgaste, subestimó el problema y ebrio de soberbia terminó mareado.

No ayudó nadie. Mientras los médicos pedían el incremento salarial, los ministros del gabinete hicieron de las suyas. No se comportaron como un equipo de trabajo. El titular de Salud, Pablo Yedlin, un experto en administración, pero un desnutrido político, jamás tuvo el respaldo correspondiente de otros ministerios. El especialista de estas lides, Edmundo Jiménez siempre miró para otro lado. El otro Jiménez a cargo de la cartera de Economía puso la cara al principio y luego evitó el desgaste personal.

A medida que la gestión Alperovich hacía agua, la protesta de los médicos iba ganando adeptos. Con la misma paciencia que el suero entra el cuerpo para curar al enfermo, la sociedad fue dando su respaldo a los médicos. Se animaron a salir a al calle no sólo los que apoyaban la causa de los galenos sino también aquellos que tienen interés en desestabilizar la hegemonía alperovichista.

Aquel gobierno de estrategas y de expertos que logró revertir el peor momento de Tucumán en vez de atacar el mal, recurrió a las mañas más increíbles y a bajezas propias de los códigos del lumpen no de políticos que además son representantes del pueblo que están obligados a dar respuestas a la sociedad.

En últimos tiempos aparecieron dos actitudes: 1) Los políticos (legisladores, intendentes y funcionarios) apretadores que fueron a decirles a los médicos que protestaban, que abandonen el reclamo porque les irá peor. Los más sutiles les recordaron que los nombramientos se los deben a ellos. 2) Los distraídos que miran para otro lado como si el problema no fuera del gobierno. Bueno sería encontrar una tercera actitud en la que se anotaría a los que quieren solucionar, pero lamentablemente no están.

En Buenos Aires ya se habla de la protesta de los estetoscopios tucumanos. La provincia, otra vez, empieza a ser noticia por sus desaciertos. Alperovich no lo dice -ni lo dirá- pero es seguro que las encuestas ya no lo miman como antes después de que la salud empieza a mostrar su enfermedad. Alperovich empieza a padecer la política que él mismo supo gestar. Como todo lo decidía sin respetar instituciones, hoy la Legislatura brilla por su ausencia. Nadie discute ni analiza el tema. Hasta la misma oposición cuyos legisladores ponen la cara en las marchas, pero no fuerzan situaciones en la Cámara. Tal vez ya están acostumbrados a que sólo prosperan las iniciativas oficialistas como lo denunció en los últimos días el legislador Carlos Canevaro.

En todo este tiempo fracasaron no sólo el Ejecutivo y la Legislatura sino también la propia Iglesia que fue convocada a mediar, pero sólo demostró su incapacidad e impericia para estas lides.

Los médicos también dejaron ver su impotencia y se quedaron mordiéndose la cola. Cada vez tienen más gente a la vuelta, pero siguen en soledad. Al actuar como autoconvocados las instancias negociadoras quedaron casi anuladas. La sociedad necesita una solución cuanto antes. Tucumán se ha vuelto "galeno-céntrica" y sólo de esto se habla.

Los líderes de los autoconvocados y el gobernador deberían encerrarse en una habitación y no salir hasta que la solución haya dado a luz. Se está perdiendo tiempo, calidad institucional, salud, prestigio. En pocos meses se tiró por la borda todo lo conseguido.

Al notar la impericia gubernativa han empezado a surgir nuevos descontentos y así en la última marcha de las antorchas se vieron panfletos de sectores de la Policía que también expresan su descontento.

El gobierno de Alperovich supo apoyarse y crecer a partir de la una caja voluminosa y de una oposición en default. En estos tiempos de cambio se muestra dormido.

En ese sopor el alperovichismo sueña con que el gobernador pueda terminar en algún proyecto nacional; sueña con que nadie se pelee y reparte en cuentagotas cuanto subsidio aparece y sueña con que los fondos para las cooperativas se conviertan realmente en un operativo antisaqueos este fin de año.

Si Alperovich revisara su propia historia política, comprendería que está circulando a contramano.

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